Opinión

UMBRAL Cuba, EE.UU y la realidad global

Los presidentes de Cuba, Raúl Castro, y de EE.UU, Barack Obama, anunciaron por separado el inicio de conversaciones para restablecer las relaciones diplomáticas entre ambas naciones, rotas en 1961 cuando la definida “Revolución Humanista” se fue dibujando como una de liberación nacional que quisieron quebrar desde su comienzo con el bloqueo económico, comercial y financiero que había iniciado el presidente Eisenhower en 1960 y la invasión de Bahía de Cochinos que llevó a Fidel Castro a declarar el carácter socialista de su revolución.

El embargo, la invasión, el cerco del mundo occidental durante todo el período de la Guerra Fría; el colapso de la Unión Soviética que trajo como consecuencia el llamado “Periodo Espacial”, los atentados terroristas y desestabilizadores armados por la CIA, muchas veces en coordinación con la USAID, como ocurrió en muchas partes del mundo incluyendo a la República Dominicana, no pudieron vencer al régimen que se comenzó a construir a partir del primero de enero de 1959 cuando los guerrilleros de la Sierra Maestra entraron a la Habana para terminar con la dictadura de Fulgencio Batista.

Sorteando todas las dificultades, la Revolución Cubana, que sufrió las consecuencias del derrumbe del socialismo europeo, asistió como espectador a la fiesta montada por la Thatcher y Reagan; una fiesta en la que Occidente comenzó a ahogar al Estado para poner todo el oxígeno a disposición del mercado, y con ello dejar desprotegidos a los que con su fuerza de trabajo producen las riquezas. La política comenzó a ponerse al servicio del marcado, entonces las reformas estructurales arroparon los congresos, y los ejecutivos pusieron en marcha la ola que comenzó a alimentar la naturaleza del capital: reproducirse a toda costa, saltando obstáculos y rompiendo diques, cuestión que terminó por profundizar las desigualdades que se combatían en el mundo bipolar.

Latinoamérica era la región más desigual del planeta y las desigualdades se agravaron con la imposición de las políticas neoliberales que comenzaron a ensayarse tras el derrocamiento de Salvador Allende. La pobreza inició su expansión y el neoliberalismo empezó a asustar a nuestros pueblos que, de pronto, pusieron sus oídos en el discurso progresista hasta descubrir que la Revolución de Liberación Nacional, en el nuevo contexto internacional de descredito y asomo de crisis estructural en Occidente, tenía una vía electoral para ser alcanzada.

En medio de esta realidad, y como producto de ella, llega Chávez al poder en Venezuela, y luego llegarían Lula, Tabaré, Néstor, Correa, Evo y Lugo; Ortega retorna y el FMLN triunfa; en fin, en Latinoamérica se inicia un proceso de liberación nacional donde los embajadores estadounidenses no ordenan y las multinacionales no están por encima de nuestros intereses. Y así nace la CELAC, sin EE.UU ni Canadá, y Latinoamérica, actuando como un puño, atrae a China, Rusia y otras naciones hacia nuestro gran mercado. Sin alternativa, Obama actuó para no quedarse fuera de la obra en el nuevo teatro latinoamericano y Cuba finalmente, con paciencia, triunfó.

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