Opinión

Los temas bíblicos de Juan Bosch: (Ponencia en la IV Feria del Libro, en Orlando, Florida, EE.UU.)

Para muchos lectores e investigadores que dentro y fuera de la República Dominicana han seguido con particular interés la fecunda labor literaria y política de Juan Bosch, resulta enigmática la atención que prestó el laureado escritor caribeño al estudio de las Sagradas Escrituras, hasta llegar a producir obras de tanta profundidad como los polémicos ensayos David: Biografía de un Rey, basado en lecturas del Antiguo Testamento, y Judas Iscariote: El Calumniado, sobre los incidentes que rodearon la muerte de Jesús de Nazaret, reconocido por el mundo cristiano como el Salvador de la Humanidad. En la misma temática puede incluirse el extenso relato Cuento de Navidad, que aparece en uno de los volúmenes del género escritos en el exilio.

Ocurre que Bosch, ni en su patria dominicana ni y en las diferentes naciones en las que vivió en sus largos años de exilio durante la dictadura trujillista, fue reconocido como devoto de alguna corriente religiosa, pero tampoco partidario de filosofías que por rigor doctrinario debieran conocerse de manera exhaustiva los escritos que componen el Libro de los Libros.

Antes de que pasemos a comentar los textos mencionados, creemos de justicia resaltar que Bosch tampoco se preocupó por referirse de manera abundante sobre su gran interés en la temática bíblica, actuando muchas veces a la defensiva por las críticas que de sus obras hicieron muchos de sus adversarios, que buscaban sacar ventajas políticas presentándolo como un cuestionador de los fundamentos teológicos de la religión tradicional.

Sin embargo, en nuestras pesquisas sobre los escritos bíblicos de Juan Bosch, nos encontramos con la respuesta que, en una entrevista, da al crítico literario Bruno Rosario Candelier, hoy presidente de la Academia Dominicana de la Lengua, quien al igual que muchos, se interesó por conocer los orígenes del interés del indiscutible maestro del cuento latinoamericano por la lectura de La Biblia. Fue, según sus palabras, producto de su labor escudriñadora de la literatura que “leyó la Biblia, donde encontró temas para sus narraciones”.

Las palabras textuales de Bosch fueron las siguientes: “Yo era un lector de la Biblia porque me parecía que era una joya literaria. Esa lengua tan hermosa, tan potencial y al mismo tiempo tan recia y tan poética, me cautivaba. Sí, yo leía mucho la Biblia, la leía como un ejercicio literario; pero en medio del ejercicio literario encontré temas para otras cosas”.

En las mismas declaraciones a Rosario Candelier, recogidas en el libro Juan Bosch: un texto, un análisis y una entrevista, revela que su primer proyecto literario sobre el tema fue Judas Iscariote: el Calumniado que inició mientras se encontraba en Santiago de Chile, terminándolo a mediados del 1955 (Ver: Bruno Rosario Candelier: Senda de Cultura y Humanismo, de Gisela Hernández, Ateneo Insular, Moca, 2015).

Desde 1955, cuando fue publicado en Chile por la editorial Prensa Latinoamericana, Judas Iscariote: el Calumniado no vio una nueva edición hasta el 1977, después que la dictadura de Augusto Pinochet que sucedió al asesinado Presidente Salvador Allende proscribió al Partido Socialista, propietario de la empresa bibliográfica, y que a su vez había adquirido el derecho de autor de la obra.

Sobre David: Biografía de un Rey, se sabe que también fue escrito en el exilio, pero tal como se precisa en la contraportada de la décima edición hecha en 1994 por la editora Alfa y Omega de Santo Domingo, “se publicó por vez primera en la República Dominicana, donde la Librería Dominicana hizo dos ediciones, ambas en el año de 1963”. Recuérdese que fue ese mismo año que Bosch asumió la Presidencia de la República tras ganar las primeras elecciones libres celebradas en el país después de la dictadura, siendo derrocado tras siete meses de gobierno por las fuerzas más atrasadas políticamente de la nación.

En la citada edición se refiere que “dos años después, en 1965, apareció una edición inglesa, hecha en Londres por Chatto and Windus, y en 1967 se publicó una edición española que salió bajo el sello de Ediciones Cid”, y que desde entonces, “su autor se había negado a permitir nuevas ediciones y el libro sobre la figura bíblica de David dejó de figurar en los estantes de las librerías dominicanas”.

Podría llamar la atención el hecho de que tanto el ensayo sobre el Rey David como el escrito en torno a la figura del prototipo occidental de la traición permanecieron por razones diversas en una prolongada sequía publicitaria. Los trágicos acontecimientos políticos de los que su autor fue protagonista durante la pesadilla vivida por América Latina en ese oscuro período que la Historia conoce como la Guerra Fría, probablemente tuvieron que ver con la pobre acogida de los estudios bíblicos de Juan Bosch.

El Cuento de Navidad, en tanto, queda como uno más en la vasta producción narrativa de Bosch, sin que su difusión y análisis pueda competir con otros emblemáticos como La Mujer, Los Amos y La Nochebuena de Encarnación Mendoza. Estimamos que el momento histórico, político, científico y filosófico que vive el mundo hace propicio que se retorne al estudio de los textos bíblicos de Juan Bosch, en los que muchas enseñanzas que probablemente no fueron observadas en los tiempos en que vieron la luz, hoy podrían captarse con claridad meridiana, para una mejor comprensión de la condición humana, cuya esencia apenas se va acomodando a las circunstancias de los tiempos.

(Otros autores de temas libros en la época: Sigmund Freud, Moisés y la religión Monoteísta, austríaco; Par Lagervist, Sueco, Barrabás; Luego en el país, Marcio Veloz Maggiolo y Luis Emilio Reyes, El Buen Ladrón y Testimonio).

Dialéctica del poder en David: Biografía de un Rey

El personaje bíblico de David, como señala Bosch, surge justamente en el momento de la transición entre el modelo de gobierno teocrático y el monárquico en el Israel Antiguo, conocido como el Pueblo de Dios. Desde los tiempos en que el patriarca Moisés sacó a los descendientes de Abrahán de Egipto, donde eran esclavizados bajo el imperio de los Faraones, Israel era gobernado por un régimen teocrático, es decir por sacerdote que regían los destinos de la nación por mandato divino.

El sacerdote era líder religioso, estadista y juez. Elí, ya anciano, gobernaba a Israel cuando muere por el impacto que le produjo la muerte en combate de sus hijos desobedientes, siendo sustituido en el mando por su pupilo Samuel, quien pese a sus evidentes dotes de líder se ve compelido a facilitar la transición del régimen teocrático al monárquico, que era el sistema que comenzaba a estilarse en todo el mundo antiguo.

El pueblo, cansado de las derrotas que le asestaban los vecinos enemigos que cercaban a Israel en esa zona del Oriente, pidieron la elección de un rey. Samuel, según el estudio, no era partidario de la monarquía, “pero cuando los ancianos le pidieron un rey y lo adujeron que lo necesitaban para que los encabezara en la lucha contra los filisteos, el probo juez se plegó a esa demanda y sirvió a la nueva causa con lealtad, sin perder por eso su independencia de juicio”.

Junto a la lucha por la preservación de su soberanía, Israel luchaba entonces por la unificación de sus doce tribus, por lo que la mayoría entendió imprescindible la elección de un jefe que además de dirigir la guerra pudiera organizar el Estado, con instituciones que pudieran permanecer en el tiempo. “La monarquía era un paso de avance para la historia de Israel, un paso necesario que debía darse sin demora”, argumenta Bosch.

La figura enérgica, paciente y tenaz de Samuel, según el autor, fue determinante en la vida de David. Pero fue necesario, sin embargo, que el pueblo viviera la experiencia de un primer Rey, Saúl, de la tribu de Benjamín, quien fue ungido o proclamado por el sacerdote, complaciendo el reclamo de sus contemporáneos que abogaban por una monarquía.

Pero como ocurre en todas las transiciones, siempre se producen inconvenientes que muchas veces llegan a ser traumáticos. Samuel siguió siendo un líder espiritual de gran veneración para los hijos de Israel, mientras el rey Saúl emergía, dice Bosch, como una figura ambiciosa, agresiva y dura. “Cuando los años pasaron y entraron otras generaciones a juzgar, ¿Cuál de los dos quedó victorioso en el alma del pueblo? Samuel”, resalta Bosch.

Afirma a continuación que “los personajes que aspiran al poder o lo alcanzan solo valen cuando salen indemnes del juicio histórico”, debido a que “para los hombres de poder, el triunfo no está en alcanzarlo, sino en merecerlo”. Por lo que representó el poder en sus respectivas funciones, sostiene Bosch, “Saúl no lo merecía; Samuel sí. Este es el juicio de la Historia, tres mil años después de aquella lucha”, comenta.

En medio de victorias y derrotas, el distanciamiento entre el líder religioso y el político facilitó el surgimiento de David como caudillo de Israel, quien asumió el reinado a la muerte del primer monarca hebreo. Bosch logra describir los sentimientos humanos expresados en las luchas por el poder que se dieron entre Samuel, Saúl y David. Pero también destaca la participación señera de Jonatan, hijo de Saúl, quien cultivara una amistad de leyenda con pastor, músico y poeta de quien los textos bíblicos afirman que venció con una onda al gigante filisteo Goliat.

Amor, odio, celos, envidia, egoísmo, amistad, fraternidad, soberbia, encono y solidaridad son sentimientos que se rebelan en la lucha por el poder en aquellos tiempos del Israel antiguo, fenómenos que siguen presentes en toda actividad humana hasta la época presente. De las consignas elogiando las hazañas del guerrero David es precisamente que nace el odio de Saúl a su persona, luego que fuera su músico terapista, primero y su capitán militar, después. No hay que olvidar que también fue su yerno y el amigo entrañable de su hijo Jonatan.

En David: Biografía de un Rey, Bosch argumenta de manera reiterada que la grandeza del biografiado estuvo en que supo conjugar su condición de hombre de Estado, diestro guerrero y comandante, con el cultivo del arte y la poesía, mostrándose humilde y respetuoso de las creencias de su pueblo, sobre todo en lo que tenía que ver con el culto y la veneración a Yavé, con un respeto proverbial a la amonestación de sus profetas y sacerdotes, aún después de sus grandes errores como fue su debilidad ante los encantos carnales de Betsabé, la mujer de Urías, a quien envió a la muerte mediante subterfugios propios del poder.

El David biografiado por Bosch es un hombre forjado en medio de las más grandes adversidades sin jamás claudicar a sus principios y sin renunciar a la amistad, aunque esta proviniera del hijo del rey que por celos y envidias pretende cortarle la cabeza con su espada.

Destaca que además de sus cualidades de hombre de acción, también daba rienda suelta a sus sueños, “el don del poeta, con el cual podía vencer la soledad, más dura y a la vez más hermosa cuando crece bajo el sol, entre arenas pardas y tierras rojizas”.

Bosch insiste en que a “un mismo tiempo crecían en David el hombre de acción y el poeta. La suma de esas dos personalidades daría en él un caudillo excepcional, un rey que abatía a sus enemigos en las batallas, lloraba la muerte de sus hijos con acentos desgarradores y cantaba a sus amigos muertos; un rey que expandía su reino con brazo fuerte e imaginación rica”.

Probablemente, a muchos lectores y estudiosos de David: Biografía de un Rey, el prurito de la curiosidad podría llevarle a concluir en que Bosch, poeta y artista de la palabra, pero también hombre de acción política, pudo reconocerse en el hombre de cuyo linaje venía Jesús, como un tipo de David latinoamericano del siglo XX. Y más cuando afirma que lo que le abrió la puerta de la historia fue, antes que su destreza de guerrero, “su don de poeta”.

Fundamentos éticos en la defensa de Judas Iscariote

Entre los Diez Mandamientos consagrados en el Antiguo Testamento, código ético asumido por el cristianismo, hay un que reza: “no levantará falso testimonio”. Este mandamiento es respetado en todo sistema de justicia en donde su busca el predominio de la verdad con el castigo ejemplar a quienes hacen daño al prójimo y a la sociedad en su conjunto.

Es precisamente lo que procura Bosch con su polémico ensayo Judas Iscariote: el calumniado, según lo expresa en el mismo texto cuando afirma que el objetivo no es afirmar ni negar que el acusado traicionó a Jesús, sino que se respeten los procedimientos universalmente aceptados para la demostración de una premisa o la confirmación de una hipótesis. Para el autor, una afirmación por sí sola no tiene valor científico, y menos tras la aceptación del método cartesiano que aconseja a “no afirmar nada que no se pueda probar”.

La tradición cristiana repite que Judas vendió a Jesús por 30 monedas de plata. El asunto es que la acusación no fue probada en un juicio público, oral y contradictorio, debido a que el imputado no tuvo oportunidad de ser escuchado.

No hay dudas que el gran mérito de la defensa de Bosch al Iscariote es que sus argumentos son válidos para todos los calumniados del mundo, en toda sociedad y toda época. Y el lector termina preguntándose, ¿Cuántos hombres y mujeres han vivido y muerto bajo el estima de dudas sin encontrar un analista con la calidad de Bosch con la valentía de arrojar luz sobre sambenito, enfrentando el riesgo de correr la misma suerte del defendido.

Bosch advierte: “nuestro fin es solo ser justos. Si el Iscariote vendió a Jesús, merece el estigma que agobia su nombre, pero si no lo vendió, devolvámosle su dignidad de ser humano y su alta categoría como discípulo de aquel que a sí mismo se llamó el Hijo del Hombre”.

Con apego a la duda metódica tan en boga en los tiempos de su formación intelectual, a Bosch le resultaba curioso el hecho de que el personaje Judas se pusiera en relieve al final de la vida de Jesús, sin que en ninguno de los versículos de los evangelios se relatara el episodio de su ingreso al grupo de los doce, como sí ocurrió con todos demás, incluyendo a los de último ingreso, como fue el caso de Mateo, convertido desde su condición de cobrador de impuestos.

“No podemos precisar en qué momento Judas entró a formar parte del conjunto de los discípulos, pero sí sabemos con certeza que fue antes que Mateo”, advierte Bosch, para avalar su tesis de que por no ser de Galilea, poblado de sus compañeros, el Iscariote provocaba un recelo difícil de ocultar en sus relaciones con el Maestro.

“Judas Iscariote empieza en verdad a nacer para la Historia solo durante la última cena, esto es cuando se inicia el gran drama en el que él ha de figurar como Encarnación de la villanía”, destaca Bosch, aunque reconoce que había sido acusado de ladrón, en la referencia a su protesta porque una dama de nombre María había enjugado los pies de Jesús con un perfume de alabastro. Del incidente afloran versiones diversas.

Debilitan las acusaciones de traidor que se le formulan a Judas, apunta Bosch, las diferentes versiones que aparecen en el Nuevo Testamento, cuando hablan del final de su existencia, después que Jesús fuera condenado por la traición que se le atribuye. “Ni siquiera en el final de Judas podemos hallar claridad”, indica Bosch. Y añade: “Mateo informa que se arrepintió, devolvió el dinero y se ahorcó; Pedro, que usó el dinero de la venta en comprar un campo, que reventó y todas sus entrañas se derramaron”.

Por las mismas informaciones que aparecen en los evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, el autor defiende la teoría de que Judas, como no era de Galilea y viendo la suerte que había corrido su maestro decidió retornar a Keriot, la ciudad de su nacimiento.

Bosch refiere el acto en el que se escogió entre dos candidatos al sustituto de Judas, saliendo electo Matías, y en el que ciento veinte miembros de la iglesia primitiva oraron a Dios para que les iluminara en la selección. “Luego, Judas no se ahorcó. Ni murió al precipitarse, porque los ciento veinte hermanos que se reunieron para elegir al sucesor, Pedro entre ellos, orando dijeron: tú señor, que conoce los corazones de todos, muestra a cuál de estos dos escoges para ocupar el lugar de que prevaricó Judas para irse a su lugar”.

Fue la última vez que se mencionó a Judas, ya sustituido por Matías, resalta Bosch, porque ni “Marcos ni Lucas ni Juan nos hablarán de lo que hizo, una vez preso Jesús; no se referirán a él jamás. Para estos evangelistas, Judas se pierde en el polvo del olvido”.

Por eso afirma que lo “único que podemos sacar en claro de tantas tinieblas en torno a Judas es que desapareció, una vez hecho preso Jesús en el olivar. Cuando ya ha desaparecido, reunidos en conjunto unos ciento veinte adeptos, Pedro le acusa de ser guía de los que prendieron a Jesús”.

Uno de los argumentos más contundentes en la desmitificación de la especie contra Judas es el hecho de que ninguno de los acusadores de Judas dice quién fue que le pagó por traicionar al maestro. “Todo es posible, más solo posible. Ningún documento nos ayuda a disipar la duda”, señala el escritor.

Pero como a Judas le persiguieron las paradojas, a Bosch le provocó su perspicaz curiosidad el hecho de que juntos “con él recorrieron la Galilea y la Judea siguiendo al predicador del amor y del perdón afirmaron después que estuvo en el huerto, porque fue traidor y que se ahorcó o desapareció comido por el remordimiento”.

Pero lo que arrojó un saldo tan desfavorable para Judas frente a la posteridad, tal como lo demuestra Bosch fue que él no dijo nada frente a las acusaciones de traidor. “Los otros hablaron. El cayó”, parece lamentarse Bosch.

“Callar es como morir. Y Jesús lo había dicho: donde está el cadáver, allí se reúnen los buitres”.

Cuento de Navidad: la reconciliación de Dios-Hombre

Con imágenes cándidas propias de la literatura infantil, Bosch toma escenas del Nuevo Testamento para producir su Cuento de Navidad, en el que narra, con su imaginación propia de un escritor de ficción, el momento cumbre en que Dios decide reconciliarse con su creación humana, rota por el pecado que se inició en el huerto del Edén.

En ensayo del diluvio, donde gracias al arca solo se salvó Noé con su familia, había resultado un rotundo fracaso. El escarmiento sirvió de poco y los hombres volvieron a caer en el pecado, expresado en odio, egoísmo, envidia, guerras, lujurias y afanes de lucro. Es por eso que el Creador concluye en que solo un hijo suyo, pero encarnado en un hombre, podría servir de instrumento para rescatar la especie formada a su imagen y semejanza.

Es así como escoge a una pobre muchacha judía para concebir el salvador de la Humanidad. El mismo arcángel Gabriel, mensajero de las buenas nuevas, se extraña de que la escogida perteneciera a las capas más humildes del marginado pueblito de Belén. El autor pone al arcángel a cavilar sobre por qué no habría escogido a la madre de su hijo entre los poderosos de la tierra.

Pero el señor Dios quería un mundo donde “todos trabajaran a fin de que ocuparan su tiempo en algo útil y a fin de que cada quien tuviera lo necesario para vivir y con la claridad del sol hizo el día para que se vieran entre si, y vieran a sus animales y sus sembrados y sus casas y vieran sus hijos y a sus padres y comprendieran que los otros tenían también sembrados y animales y casas, hijos y padres a quienes querer y cuidar”.

Virtudes como las deseadas por el creador se encuentran con más facilidad en lugares donde, pese a la pobreza materia, predominen los valores espirituales.

Ese mensaje, llevado al discurso literario en Cuento de Navidad, era el que traía al mundo el hijo de Dios, nacido de la campesina de Belén casada con un pobre carpintero. El salvador, provenía terrenalmente del linaje de David, del que Bosch escribiera una biografía basada en lecturas del Antiguo Testamento, en tanto que tuvo a Judas, el calumniado defendido por Bosch, como uno de sus más cercanos colaboradores.

Concluimos en que los enfoques de Bosch a los temas bíblicos podrían conducir a una seria reflexión sobre la condición humana, en todo lugar y todo tiempo, con sus flaquezas y virtudes, pero que siempre en esencia es la misma, en la perenne búsqueda de un horizonte que mientras más se avanza en su objetivo, se va alejando en la misma proporción hasta el infinito, por los siglos de los siglos, amén.

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