Hablan los hechos

Impasse Turquía – Unión Europea

En la Unión Europea vienen experimentándose sentimientos encontrados durante la última semana, que les han vuelto nuevamente en el foco de atención dentro del convulso y poco predecible escenario geopolítico internacional.

Para comenzar, es preciso citar el respiro de la clase política tradicional europea, la cual ha recibido con beneplácito y alivio la victoria del oficialista Partido Liberal de Holanda, por encima del nacionalista y xenófobo Partido de la Libertad y su candidato, Geert Wilders. Dicho resultado cierra favorablemente un primer capítulo dentro de los procesos electivos que tendrán lugar este año en Europa, y que han puesto en vilo a la mancomunidad a raíz del auge de candidatos populistas, con agendas claramente autoritarias, proteccionistas y retrogradas.

Contando con un alto nivel de participación por parte de los ciudadanos holandeses (82%), el actual primer ministro, Mark Rutte, se alzó con la victoria al obtener 33 escaños parlamentarios, frente a su polémico adversario quien solo logró unos 20. Hay que recordar que Geert Wilders, comparados por algunos como “el Donald Trump holandés”, ha abogado por la salida de Holanda de la Unión Europea y prescindir de la moneda común, además de ser un gran crítico del Islam, al punto de proponer el cierre de las mezquitas y su libro sagrado “El Corán”.

Estas propuestas, las cuales van muy acorde con la agenda externada por otros candidatos en Francia, Alemania, Italia e incluso Austria (donde el candidato populista también fue derrotado), han polarizado el debate social y político dentro de la Unión, al punto de plantear un dilema para las autoridades de turno en un tema neurálgico, su relación con gobiernos y ciudadanos musulmanes.

Sucede que durante los últimos años, además de la crisis económica y la evidente desigualdad social, las tensiones vividas en las capitales europeas a raíz de ataques terroristas, han supuesto un aumento del temor generalizado hacia los perfiles sospechosos, que a la vez sirve a líderes populistas que de modo irresponsable alimentan los prejuicios y rechazo hacia toda forma de Islam. Esto nos lleva al segundo escenario que tuvo lugar la semana pasada, el cual ha enfrentado a los gobiernos de Alemania, Austria y Holanda con Turquía, por unas actividades proselitistas que el gobierno de Recep Tayyip Erdogan se ha propuesto efectuar en suelo europeo.

Para ponernos en perspectiva, comencemos por destacar que Turquía está próxima a la celebración de un referendo el 16 de abril, que busca dotar de más poderes al mandatario, además de abrirle la posibilidad de presentarse durante dos periodos más, lo cual le permitiría mantenerse al frente del gobierno de Ankara hasta finales de la década del 20. Sin embargo, a pesar de no existir encuestas oficiales, todo indica que los resultados serán bien reñidos, lo que supone una inquietud para el ejecutivo que tras las purgas oficiales después del fallido golpe de Estado, busca consolidar aún más su poder.

Para tales fines el gobierno requiere de la participación de la población turca, que actualmente ronda los casi 75 millones de personas y unos 5.5 millones forman parte de la diáspora internacional, siendo el 90% estos últimos (4.6 millones) residentes en suelo europeo. El derecho de los turcos residentes en el exterior a ejercer el voto, ha movilizado al gobierno de Erdogan a propiciar mítines en busca de recabar apoyo, eligiendo a Alemania y Holanda como principales objetivos por ser las naciones con más nacionales turcos en su territorio.

El conflicto respecto a Holanda, nación que se encontraba en víspera de unas elecciones determinantes, se da cuando el gobierno de Países Bajos prohibió la entrada a su territorio del ministro de Relaciones Exteriores turco, a quien no se le permitió aterrizar en el país para encabezar un acto proselitista. Lo propio sucedió con la ministra turca de la Familia, a quien se le impidió acudir al consulado de Turquía en Holanda, siendo expulsada vía la frontera Alemana por escoltas oficiales. Por igual, se le impidió realizar un mitin en Alemania al ministro de Justicia Turco, Bekir Bozdag, alegándose que el lugar no contaba con suficiente espacios para recibir la cantidad de personas que asistirían.

Dicha decisión generó malestar entre los nacionales turcos residentes en Holanda, quienes protestaron en las inmediaciones del Consulado, pero sería el propio gobierno de Turquía el que haría sentir su ira e indignación ante tal negativa holandesa, profiriendo ataques verbales denigrantes. Por su parte, el primer ministro holandés, Mark Rutte, buscaba mantener el control de la situación a la vez que mostraba su rechazo a las declaraciones de Erdogan, las cuales consideró inaceptables.

Ahora bien, para poner la situación en contexto sería preciso partir de las siguientes variables: por un lado tenemos dos naciones (Alemania y Holanda), las cuales presentan grandes índices de polarización política en torno a la xenofobia, en especial hacia los inmigrantes y gobiernos musulmanes. Esto provoca que, en el caso del ejecutivo holandés, la decisión de no aceptar la celebración de mítines del gobierno turco en su territorio tenga sentido, a sabiendas de que la alta presencia de musulmanes en víspera de elección podría ser capitalizado por la oposición populista, cuyo discurso nacionalista y xenófobo se vería potenciado al señalar la capacidad de movilización de un gobierno externo en su territorio.

Además, se debe recordar que los valores de la Unión Europea se ven trastocados en Turquía, nación que hasta hace unos años tenía serias posibilidades de pertenecer a la mancomunidad, pero que eventualmente se iría distanciando y a raíz del fallido golpe de Estado en julio, Ankara sería receptor de sendas críticas de Europa por su régimen autoritario.

Por otra parte, y contrario a la lógica a la que apelarían muchos analistas, en el sentido de que las características autoritarias del régimen turco podrían bien no encontrar suficiente apoyo entre una diáspora radicada en Europa y acostumbrada a un modelo de gobierno democrático, lo cierto es que la actual movida de Erdogan podría estar generando los frutos deseados. Este mandatario ya había tenido buenos resultados en las elecciones del 2015 entre los turcos residentes en las citadas naciones Europas, apoyo que se consolidó tras el intento de derrocamiento del cual salió airoso, a la vez que hacia énfasis en que los turcos no podían confiar en gobiernos europeos.

Sin lugar a dudas, Recep Tayyip Erdogan podría haber hecho una movida magistral al pescar en rio revuelto, impulsando mítines turcos en naciones europeas con claros problemas de polarización social y a elecciones próximas. Esto por un lado podría favorecer a los partidos de agenda populista, y por otro lado el gobierno turco vender ante sus votantes la idea de que Europa no es tan democrática y tolerante en el papel, usando como pretexto la indignación por la expulsión de sus ministros.

Es un hecho que esto alimentará el sentimiento nacionalista de la diáspora turca, las cuales verán en el actual gobierno un ente unificador del orgullo y sentimiento nacional. De esta forma, el cerrado margen de diferencia que aparentaba proyectar el futuro referéndum, podría en lo adelante ir abriendo una brecha a favor del actual mandatario, y en consecuencia, ampliar aún más su mandato y poder.

Al final es notable que los gobiernos de Holanda y Alemania supieron manejar la situación, acciones que de cara al público resultaban confusas, pero que guardaban su lógica de preservar la gobernabilidad y estabilidad social. En cuanto a Turquía, aún está por verse que tantos réditos sacará Erdogan de su reciente movida, pero se puede ir dando como un hecho que su astucia ha sido clave a la hora de proyectarse en Turquía como el prototipo de prohombre nacional.

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