Hablan los hechos

Elecciones en Ecuador: Un voto de confianza al progresismo

Los dos últimos años han significado un pronunciado retroceso para el progresismo latinoamericano, especialmente en la región de Suramérica, donde tras el fin de un ciclo económico favorable a los gobiernos de turno, la izquierda del siglo XXI lucha por preservar su impronta, a la vez que renueva sus votos con una sociedad en pleno cambio.

Es por ello que los relevos gubernamentales evidenciados en Argentina y Brasil, así como la grave crisis de gobernabilidad que padece la República Bolivariana de Venezuela tras las elecciones congresuales, suponen un reto para las demás organizaciones progresistas de la región, que como Alianza País en Ecuador, procuran seguir impulsando sendas reivindicaciones sociales en sus respectivos países. Políticas estas últimas de naturaleza popular, que el presidente Rafael Correa bautizaría con el nombre de “Revolución Ciudadana”.

Ponderando la situación ecuatoriana, tras dos vueltas electorales y meses de incertidumbre en torno al futuro político del país como resultado de la frágil situación económica tras la caída de los precios del crudo, finalmente el pasado 2 de abril el Consejo Nacional Electoral emitiría los resultados de las elecciones presidenciales de Ecuador. De acuerdo con las declaraciones oficiales, el candidato de Alianza País, Lenín Moreno, resultó ganador con el 51.16% de los sufragios a favor, frente a un 48.84% que obtuvo el candidato opositor del partido CREO, Guillermo Lasso.

Estos resultados, los cuales pasan a ser “oficiales e irreversibles” en palabras del propio presidente del CNE, Juan Pablo Pozo, fueron ofrecidos tras el escrutinio del 99.65% de las actas, cuyas cifras indican que el candidato oficialista obtuvo 5,060,424 votos, frente a unos 4,833,828 del opositor Guillermo Lasso. Dicha información sería corroborada por la misión de observadores de la Organización de Estados Americanos, quienes no encontraron irregularidades.

Lejos de ser un candidato desconocido, Lenin Moreno, goza de notoriedad y prestigio público en su calidad de vicepresidente de Rafael Correa en el periodo comprendido entre los años 2007-2013. A su vez, Moreno ha sido un connotado activista social, siendo reconocido como exponente de los derechos de las personas con discapacidades físicas gracias a programas de carácter solidario implementados en Ecuador, tales como el programa “Joaquin Gallegos Lara” el cual se fundamentó en la asignación especial de recursos a personas con discapacidad; y el segundo es el programa “Manuela Espejo” destinada a la localización y atención de personas con iguales características.Todo esto le valió la nominación al Premio Nobel de la Paz en 2012; la designación como Presidente del Comité para la Eliminación de todas formas de Discriminación por discapacidad; y Enviado Especial de la ONU en temas de Discapacidad y Accesibilidad.

Hasta el momento existe cierto consenso al momento de inferir que el próximo presidente de Ecuador, el cual asumirá los destinos de la nación a partir del próximo 24 de mayo, ha de enfrentar cierta polarización a lo interno del país. Sin embargo, este cuenta con un exitoso marco de referencia que, en términos de políticas públicas, pasa a heredar del saliente presidente Rafael Correa.

Resulta destacable que, no obstante los altos precios del crudo (principal fuente de ingresos de Ecuador), que permitieron al presente gobierno llevar a cabo ambiciosos proyectos de infraestructura, y mejoras en los sistemas de salud y educación, el actual gobierno también logró avanzar en materia tributaria. Esto último permitiría reducir durante 10 años de gestión correísta la desigualdad social y la extrema pobreza entre los ecuatorianos, partiendo de indicadores como el coeficiente de Gini, que se mantienen prácticamente estables a pesar de la evidente contracción económica que en términos del PIB actualmente atraviesa la nación.

La ponderable estabilidad social y económica que ha caracterizado al gobierno progresista de Rafael Correa en el marco de la “Revolución Ciudadana” que impulsó, contrasta con la inestabilidad política que por años padeciera Ecuador, donde tras la vuelta al régimen democrático en 1978 la nación suramericana vio desfilar a unos 12 presidentes, entre los que hubo una junta militar.

Con la victoria de Lenín Moreno se brinda un espaldarazo a un sistema de gobierno con vocación de justicia social, el cual salvando las singularidades de cada nación, forma parte de una tendencia iniciada a principios de milenio con el advenimiento del PSUV en Venezuela, el PT en Brasil, el Kichnerismo en Argentina, así como los gobiernos de Uruguay y Bolivia. Estos gobiernos se constituyeron en una especie de cambio de paradigma, que resultaron de una reacción a los excesos de un modelo neoliberal implantado a lo largo de la década de los noventa, que apoyándose en la globalización fue favorable a los sectores conservadores y clases dominantes, mas no al común de la sociedad.

Quizás uno de los puntos a ejercitar con cierta urgencia por parte de los partidos progresistas en Latinoamérica, sea la necesidad de homogenizar sus agendas y discurso, formando así un pensamiento coherente en torno a la relación Gobierno, Estado, Sociedad. De este modo podrían plantearse nuevas formas de tejer relaciones con las fuerzas sociales, que permitan impulsar agendas nacionales constructivas y propiciar la gobernabilidad a pesar de la indefectible coexistencia con poderes económicos y medios de comunicación opositores (el 85% de la información a nivel mundial es controlada por 10 conglomerados mediáticos).

En términos prácticos cabe recordar que el progresismo, conocido como doctrina que propugna un avance en materia social (las libertades, derechos y justicia), a la vez de que contraría al conservadurismo, nace como una respuesta al autoritarismo de los siglos XVII y XVIII, teniendo entre uno de sus máximos exponentes a Jean Jacques Rousseau, quien basado en una lúcida critica al sistema imperante propuso la necesidad de un “Contrato Social”. Durante el siglo XX esta corriente tuvo notables ejemplos prácticos en la América Latina, entre los cuales nos circunscribimos a destacar el gobierno del profesor Juan Bosch, en cuya Constitución votada y aprobada en 1963, dotó al país del más revolucionario marco legal luego de décadas de injusticias y opresión.

En la actualidad, contrario a lo que sucedió tras la crisis económica de finales de la década del 1920, mejor conocida como “el crack del 29”, la cual dio paso a agendas progresistas como la del mandatario estadounidense Franklin Delano Roosevel, con el “New Deal”, y en Europa con la constitución de un “Estado de Bienestar”, la burbuja financiera que estalló con la crisis del 2008 ha favorecido a partidos de derechas, que apoyados en una agenda populista, procuran lastrar los avances sociales que en el caso de Latinoamérica la izquierda logró impulsar.

Resulta oportuno que la izquierda regional utilice el voto de confianza en Ecuador para reevaluar sus programas de gobierno, asumir las responsabilidades de su accionar durante la última década, y de actualizar el discurso acorde con las realidades imperantes.

Bien decía don Juan que “Si la economía marcha bien, la política también lo hará”, lo que explica que el cambio de gobierno en algunas de las naciones latinoamericanas va más allá de un giro ideológico en las preferencias del electorado. En definitiva, no cabe dudas de que lejos de un mundo regido por la lucha de clases, son las brechas sociales propias de una distribución desigual de las riquezas el desafío más acuciante del progresismo en la democracia occidental.

Desde República Dominicana saludamos la elección de Lenín Moreno, en el entendido de que encarna la continuación de un programa de gobierno inclusivo, justo y renovador, todo lo cual se sostiene sobre los pilares de un gobierno progresista cuyo protagonista, Rafael Correa, sentó las bases para el desarrollo sostenible de esta admirada nación.

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