Economía

¿Cuál es el futuro de la economía europea?

La economía europea consolida su recuperación, sin que se despejen las dudas sobre su futuro. A corto plazo, la mayoría de los indicadores apuntan en sentido favorable. La actividad crece más de lo esperado. Para este año, se prevé un crecimiento del 1,7%, una décima más que en la anterior previsión. Y ese crecimiento se mantendría en el 2018. España se confirma como una de las más dinámicas de Europa. Es la que más crece de las grandes economías europeas, y la que más ha sorprendido a los analistas de Bruselas.

En los próximos dos años, se espera que se generen más de cuatro millones de puestos de trabajo en la Unión Europea, y que la tasa de desempleo descienda hasta recuperar el nivel alcanzado en 2008

En los próximos dos años, se espera que se generen más de cuatro millones de puestos de trabajo en la Unión Europea, y que la tasa de desempleo descienda hasta recuperar el nivel alcanzado en 2008. El déficit público disminuye en el conjunto de la Eurozona, este año 2017, sólo España tendría un déficit excesivo, es decir superior al umbral del 3%. Y en 2018, Francia se quedaría sola en esta posición poco envidiable. No hay verdaderas importantes presiones inflacionistas, pese al repunte de los precios de los productos energéticos. Ni tampoco parece que la recuperación genere desequilibrios externos. Por el contrario, los europeos exportan más de lo que compran en otros países, y se prevé que la balanza externa arroje un superávit que rondaría los 350.000 millones de euros durante los próximos dos años. Sin embargo, las perspectivas a medio plazo son menos halagüeñas. Las familias están gastando a un ritmo que no es sostenible. Prueba de ello es que se prevé que el consumo se incremente más que los ingresos de que disponen las familias.

Esto provoca una caída del ahorro en la mayoría de los países europeos. Para este año, en España se anticipa que la tasa de ahorro de los hogares alcance el mínimo registrado en la última década, y el segundo nivel más bajo de la serie histórica. Por otra parte, la inversión privada evoluciona de forma moderada. Algo sorprendente, teniendo en cuenta los sólidos márgenes empresariales y el abaratamiento del crédito bancario, y que sin duda es debido a que muchas empresas todavía prefieren desendeudarse, antes que renovar su capacidad productiva o ampliar el negocio. La propia Comisión reconoce que el principal escollo es que las empresas se enfrentan a unas perspectivas de demanda inciertas.

Las familias están gastando a un ritmo que no es sostenible. Prueba de ello es que se prevé que el consumo se incremente más que los ingresos de que disponen las familias.

El poder adquisitivo apenas aumenta entre las clases medias europeas, menoscabando el potencial de expansión de los mercados nacionales, y el repunte del comercio internacional no logra compensar las debilidades internas. La inversión pública se resiente de los esfuerzos de consolidación fiscal, que han limitado la capacidad de las administraciones para mejorar las infraestructuras, ampliar las capacidades tecnológicas, y asentar las bases del crecimiento económico…

Pero tarda en producir resultandos concretos y sirve de poco si los gobiernos reducen sus inversiones, a la vez que Europa aumenta las suyas. La consecuencia es un paupérrimo crecimiento de la productividad, al que se añade el declive demográfico. Los expertos de la Comisión estiman que, cuando acabe la fase de recuperación, a partir del 2018, Europa se enfrentará a un crecimiento potencial del 1,2%. Sin medidas adicionales, el objetivo del pleno empleo parece difícil de alcanzar para la mayoría de los países.

El caso de Italia es especialmente preocupante. Desde que existe el euro, el país ha entrado en una larga fase de estancamiento económico

El caso de Italia es especialmente preocupante. Desde que existe el euro, el país ha entrado en una larga fase de estancamiento económico. Además tiene que financiar una deuda pública elevada y a la vez hacer frente a un sector bancario frágil, que no consigue completar su saneamiento. La tarea es colosal y amenaza la cohesión de la zona euro.

Con todo, lo que ponen de relieve las nuevas previsiones de la Comisión es la necesidad de un mayor protagonismo de la política fiscal, en particular en materia de inversión pública. Más audacia en las reformas orientadas a la productividad, y un mayor equilibrio en la distribución de la renta a favor de las rentas del trabajo.

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