Hablan los hechos

“Macron presidente” ¿Qué nos muestra Francia?

A propósito de los resultados de la segunda vuelta electoral en las elecciones francesas, tuve la oportunidad de leer una sucinta pero precisa reflexión del famoso lingüista y filósofo de izquierda, Noam Chomsky, quien dijo: “El caso de Macron es un buen ejemplo del colapso de las grandes instituciones. Es un candidato independiente y los que votaron por él lo hicieron, sustancialmente, contra Le Pen. Ella sí que es un serio peligro”.

Esta postura, compartida en gran medida por los principales analistas internacionales, encuentra su fundamento en varias particularidades a destacar, como por ejemplo: la propia candidatura de Macron, donde bastaron 13 meses y una coyuntura política atípica, para crear el escenario propicio para el gran salto de este joven a la cumbre del poder francés.

Habiendo creado su movimiento político “En Marche!” en abril del año pasado, mientras aun fungía como Ministro de Economía del ya decadente expresidente, François Hollande, Macron basó su propuesta en marcar un punto de equilibrio entre la izquierda y derecha. A su vez, entre sus propuestas estuvo la promesa de reducir la tasa de desempleo a menos de un 7%; recortar el gasto público en por lo menos unos 60,000 millones de euros; entre otras medidas que esconden su formación claramente neoliberal.

Tras lograr sortear el primer gran reto que comprendió las elecciones generales del 23 de abril, en las cuales resultó ser el candidato más votado, Emmanuel Macron tendría que pasar a la prueba del “ballotage”, como le llaman los franceses a la segunda ronda electoral que define entre los dos candidatos más votados al próximo presidente. En este segundo round se vio enfrentado a la líder eurofoba y ultranacionalista del Frente Nacional, Marine Le Pen, a quien vencería por un amplio margen. En efecto, según los datos arrojados, Macron obtuvo el 66,06% de los votos escrutados, contra un 33,94% de Marine Le Pen, la diferencia porcentual más amplia desde la victoria de Chirac a Le Pen padre en el 2002. No obstante, esto dejaría al descubierto una preocupante realidad (la cada vez más baja participación electoral), puesto que el total de votos recibidos se dividiría en 20.7 millones para Macron y 10.6 millones para Le Pen.

Con su victoria, se ha destacado que el nuevo mandatario se convierte en el hombre más joven en gobernar en Francia en la historia contemporánea, y el segundo después de Napoleón Bonaparte, quien asumió como emperador a los 35 años. Por otra parte, pasa a ser el primer presidente que asume sin pertenecer a las fuerzas políticas tradicionales.

Luego de plantear esta breve trivia, nos sumergimos nueva vez en el análisis de los datos, a fin de comprender la realidad del electorado francés. Tal como expresamos con anterioridad, el total de votos recibidos por los candidatos refleja una inquietante realidad, puesto que se calcula que la abstención llegó a un 25,4%, que serían aproximadamente 25 millones de personas; hubo a su vez unos 4 millones de votos en blanco o nulos, equivalentes al 11,47% del electorado. Si sumamos porcentualmente ambas partidas, nos daremos cuenta que un 34% de los franceses no se decantó por ninguno de los dos candidatos, siendo solo valido el 66% de los votos sobre el universo de ciudadanos aptos para ejercer el sufragio.

En lo adelante, el nuevo presidente, quien asumió en el acto de investidura celebrado este pasado domingo 14, tiene que nombrar oficialmente a quien será su brazo operativo y número dos del gobierno, conocido como Primer Ministro (se comenta que puede ser una mujer), a la vez de disolver la Asamblea que sesionó por última vez el 22 de febrero de este año.

Al no poseer una estructura partidaria, Macron no cuenta con representantes electos en el Parlamento, por lo que de cara a las próximas elecciones legislativas en junio, tendrá que buscar la forma de granjearse el apoyo de diputados de distintas formaciones políticas, mientras da forma a las candidaturas que ha de presentar su organización.

De partida ha comenzado a recibir el apoyo de políticos de otras organizaciones, como es el caso de Manuel Valls, el hasta hace poco Primer Ministro francés y ahora ex miembro del Partido Socialista, al cual renunció para formar fila en “En Marche!”. Justificando su salida de la formación centro izquierda francesa, Valls sentenció: “El Partido Socialista ha muerto”, tras lo cual anunció que optará por un escaño parlamentario en la formación de Macron.

Las elecciones pautadas para junio han de decidir los nuevos representantes en la Cámara Baja, la cual cuenta con 577 escaños que constituyen el siguiente reto para el naciente gobierno. Sucede que los partidarios de Macron en su gran mayoría carecen de experiencia gubernamental, muchos de los cuales serán caras nuevas e irreconocibles para el electorado, por lo que ante una prudente proyección que toma en cuenta esta realidad, se prevé que la nueva formación política consiga como mucho un 26% de los escaños. De ahí la necesidad de poner en práctica las habilidades negociadoras del nuevo presidente.

En el escenario internacional, Macron encuentra una Europa envuelta en un evidente letargo económico, a la vez de un caldeado panorama geopolítico que plantea retos dantescos para la Mancomunidad. El contexto en que asume la presidencia no es favorable a la utopía del sueño europeo, mientras lejos de contar con un Estados Unidos protector, Francia tiene en el actual inquilino de la Casa Blanca uno de los mayores peligros para el equilibrio de esta región. Esto sin tomar en cuenta que está en proceso de perder a un aliado europeo de décadas, al tiempo que el Reino Unido ejecuta el BREXIT.

Consciente de esta realidad, Macron aboga por una Francia que medie como potencia de equilibrio y dialogo, postura parecida a la empleada por Chirac y Mitterrand, quienes veían en las amenazas externas la posibilidad de encontrar oportunidades de crecimiento y concertación. Sin embargo, los retos hoy en día son muy diversos, pues van desde terrorismo, refugiados, crisis económica, desempleo, retroceso de la industria, e incluso la puja con la potencia rectora de la Unión. Nos referimos justamente a Alemania, nación que tras saludar la elección de Macron, no ha escatimado esfuerzos en dejar clara su postura en torno al statu quo imperante en Europa, el cual no permitirán sea alterado por el nuevo mandatario. En efecto, no cabe dudas de que Berlín buscará preservar su liderazgo en la eurozona, rol que se ha visto consolidado con la salida del Reino Unido, lo que deja a Francia en una evidente posición de desventaja, a pesar de preservar su peso histórico en términos teóricos, mas no prácticos.

En fin, Francia nos muestra las evidencias de un desgaste progresivo en el seno de los partidos políticos europeos, donde el espectro ideológico no representa un punto de referencia para identificar las inclinaciones del electorado. Los partidos tradicionales se han visto forzados a ceder protagonismo a nuevas formaciones que, por un lado parecen simbolizar al capitalismo puro, mientras por otro son la negación de todo el progreso de la globalización.

“Macron no es Obama”, se oye decir a muchos, describiendo así la falta de ese júbilo que se esperaba ver tras la derrota de quien se consideraba la principal amenaza, no solo para Francia, sino del proyecto europeo, Marine Le Pen.

En pocas palabras, entre ambos aspirantes a la presidencia, los ciudadanos eligieron al que consideraron menos lesivo a su ya mellado orgullo nacional. Pero a fin de cuentas, según dejaría entrever el filósofo y crítico cultural, Slavoj Zizek, el “extremismo de Le Pen solo dotó de cierta sutileza la imagen de “hombre del sistema” de Macron”.

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