Opinión

Juan Bosch, donante de podios

Entre los años 30 y 61 del pasado siglo XX República Dominicana vivió los horrores de la más larga y despiadada dictadura de su historia. Muchos intelectuales jóvenes eligieron el camino corto y cómodo de colaborar con el celoso, cruel y astuto dictador. Trujillo no estaba exento, si queremos ser objetivos, de habilidades dignas de buena causa. Qué lástima que no la tuvo.

Otros jóvenes luchadores eligieron el largo y duro camino del exilio, en el cual dejaron hacienda y en muchos casos la propia vida, como sucedió con el dirigente obrero Mauricio Báez y con Manuel de Jesús Pipi Hernández, asesinados ambos en La Habana por esbirros trujillistas en complicidad con testaferros de la caverna cubana; el hacendado Juan Rodríguez, forzado al suicidio en Venezuela, y otros exiliados notables y aguerridos. En el campo intelectual y de la capacidad organizativa de ese exilio descolló por su talento y por la asombrosa objetividad de sus juicios políticos la figura señera de Juan Bosch.

Para que no se piense que le regalamos a nuestro maestro y líder Juan Bosch la valoración de analista objetivo cuando emitía juicios políticos, tómese por favor nota de que hablamos del líder que trató en Caracas en el año 1959 de convencer al valiente comandante Enrique Jiménez Moya de la temeridad de una empresa patriótica llevada a cabo a despecho de las condiciones objetivas que podrían conducirla a feliz término. Al mencionar a Juan Bosch, nos referimos además al mismo líder que 17 años más tarde hiciera esfuerzos denodados por convencer al patriota coronel Caamaño para que abandonara sus planes guerrilleros y se preservara como reserva moral y política de nuestro país.

En eso empleó siempre Juan Bosch su prodigiosa capacidad analítica que tanto desesperó a los enemigos de la democracia y del progreso de nuestro pueblo. La democracia de otros pueblos también le adeuda a Juan Bosch buenos oficios. Hay calles, plazas, cátedras y escuelas que se honran a sí mismas con el nombre de Juan Bosch, en distintos países de América y más allá. A solo 17 años de su muerte física se le reconoce en España donde una calle lleva su nombre; y se le reconoce en Nueva York, donde lo lleva una plaza del Alto Manhattan que espera del ayuntamiento la autorización para que se instale ella el busto ya esculpido del inmortal estadista dominicano; se le reconoce en Chile, en Costa Rica, en Cuba, en Puerto Rico, en Venezuela, en México, en Bolivia. Se le estudia alrededor del mundo. Con un ejemplar de Composición social dominicana en sus manos trémulas de emoción, el mariscal Tito recibió hace casi medio siglo a Juan Bosch en Belgrado: “Si nosotros hubiéramos contado desde el principio con un estudio como este de la sociedad yugoslava, otro habría sido el curso de nuestra revolución”, le dijo. La historia ha demostrado que si el deseo de Tito hubiera materializado, tal vez el sustantivo balcanización no tendría hoy en política el matiz aterrador que tiene.

En octubre del año 1989, en ocasión de la visita de Juan Bosch a la Biblioteca del Congreso de EEUU, el destacado cientista político y especialista en relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica Cole Blasier, encargado por la Biblioteca para que hiciera la presentación del líder dominicano, al inicio de su alocución dijo de manera enfática: “He dedicado años de estudios a la historia de República Dominicana, y una cosa tengo por cierta: Juan Bosch es un caballero de honor, de dignidad y de independencia”. El compañero Norge Botello, comensal a la misma mesa que yo, dibujó el panel de bienvenida a nuestro maestro y líder en una servilleta de papel de estraza que con la insignia de la Biblioteca del Congreso estaba colocada debajo de su plato. Tuvo conmigo la delicadeza de dedicarme el dibujo que conservo hasta siempre.

Al hablar Juan Bosch en el Instituto de Estudios Latinoamericanos que a la sazón presidía doña Isabel Letelier, la sicóloga Carolyn S. Mackenzie se nos acercó con la intención de que don Juan le dedicara un pequeño poster con su efigie. Antes de tramitar su pedido hasta el compañero presidente, quisimos saber los motivos que la tenían en la audiencia: “Aquí tiene usted mi tarjeta de presentación. Soy sicóloga con más de 20 años de ejercicio profesional, y todo lo que ese hombre ha dicho hoy aquí, le ha salido del fondo de su corazón”.

Así se cuidan las relaciones de un país con otro: Se toca con delicadeza y aplomo, con talento, con honor, con dignidad y con independencia el corazón de los anfitriones que no venden su patria, y que no desean en consecuencia comprar la patria ajena.

En esa misma ocasión, al término de nuestra visita al Instituto Demócrata, entonces localizado en la Avda. Massachusetts de Washington, DC, yo había olvidado mi maletín en la sala de recepción de dicho instituto. Con el sentido de la responsabilidad y el respeto que por el tiempo ajeno siempre tuvo Juan Bosch, nos desplazábamos a toda marcha hacia la próxima reunión con el director de una revista política. Le pedí al compañero al volante que por favor me permitiera desmontarme del vehículo en la esquina para poder devolverme en pos de mi olvidado maletín. Me oyó Juan Bosch. Ordenó en el lapso de un latido del corazón que nos devolviéramos todos en solidaridad con mi involuntario olvido. Con Juan Bosch y los demás compañeros detenidos por cuenta mía en la Avda. Massachusetts, yo subí a toda pastilla las gradas de aquel edificio y aceleré con la electricidad del apuro la velocidad del ascensor. Cuando regresé al vehículo Juan Bosch me pasó a lo largo de una sola oración el importe de su recibo: “¿Qué tú tienes en ese maletín?”, me preguntó.

Y como quien preguntas hace respuestas escucha, se tragó la mía:

—El manubrio que empuño, Maestro. Las demás cosas son de Juan Bosch.

En fecha no muy lejana he afirmado, sin que nadie haya tenido hasta el presente asidero histórico para negarlo, que el Panteón Nacional puesto a mirar hacia la turbulenta y cruel segunda mitad del siglo XX dominicano, cierra puertas y ventanas con pestillos de cilindro y fallebas de acero a todo el que no cayera a la sombra de las ideas libertarias que defendió Juan Bosch. Sólo cuatro veces menos una abre el Panteón Nacional sus puertas con vistas al siglo XX: Las abrirían de buen grado las generaciones recién pasadas, presentes y futuras para Manuel Aurelio Manolo Tavárez Justo, el día que decidan llevarlo. Asesinado Manolo en Las Manaclas mientras defendía de manera heroica la restitución del gobierno constitucional que encabezara Juan Bosch. Por las mismas puertas entraría lleno de gloria la figura egregia del coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, caído en defensa del gobierno que encabezó Juan Bosch. Abre con igual presteza el Panteón Nacional sus puertas para el coronel Francisco Alberto Caamaño Deño, puertas que abrió él de su puño y letra con su pecho expuesto a las balas fratricidas el 27 de abril de 1965 en contra del gobierno golpista y entreguista que había depuesto al presidente moral de los dominicanos. Y como quien besa la peana que sostiene al santo, al santo besa: Por su puestísimo que se abren solícitas las puertas del Panteón Nacional para Juan Bosch, que con su deseo expreso de ser sepultado en su lar nativo nos ha forzado a dijéramos: “Cuatro veces menos una”. La vez que falta es la del propio Bosch, y seguro que el porvenir no muy remoto subsanará dicha ausencia.

Sería la rotundidad más acabada del absurdo que abriera el Panteón Nacional sus puertas para los tres ilustrísimos héroes, mártires y mensajeros de la causa arriba indicada, y que no las abriera de par en par para el remitente grande y glorioso del mensaje que portaban.

La carrera de dirigente político de Juan Bosch, inventariada a partir de la fundación del PRD en La Habana en enero de 1939 hasta la muerte física del prócer vegano ocurrida el uno de noviembre de 2001, se extiende por 62 años, contados en contra del fundador y guía del PLD porque todos sabemos que en sus tempranos 20 ya había sido prisionero político en la Torre del Homenaje y en la oprobiosa cárcel de Nigua. Si somos justos debemos reconocer que en esa época Juan Bosch no formaba parte de una fuerza organizada que se opusiera a Trujillo.

Pero el astuto dictador sabía ya que ese joven escritor sería un hombre de consecuencias en la vida política de la nación dominicana: “El único de mis enemigos en el exilio que será presidente de este país es Juan Bosch”, llegó a decir el tirano Trujillo. A partir del año 1939 militaría en política todos los días de su vida. Si no tiene un récord mundial, tiene una puntuación muy por encima del promedio. Otros líderes lo igualan, pero con un largo ejercicio del Poder. De los 62 años que mencionamos, Juan Bosch sólo gobernó 7 meses: “Nunca actuaré guiado por la ambición desmedida para ser presidente de la República, pues a Juan Bosch le bastaron 7 meses en el Poder para ser líder eterno de nuestro país”, me confesó en NYC el presidente Leonel Fernández en pleno ejercicio de su tercera presidencia.

Es Juan Bosch el único dominicano de todos los tiempos que ha vivido 62 años consecutivos sin haberse ido una noche a la cama sin ser miembro activo y militante de un proyecto patriótico. He ahí la razón más inmarcesible de su grandeza política. De esos 62 años de militancia política ininterrumpida, la caverna dominicana lo confinó casi la mitad de ellos al exilio, pues al cuarto de siglo de su destierro por razones de antitrujillismo habría que sumarle los dos exilios posteriores: Luego del golpe de Estado en contra de su gobierno; y luego de la invasión militar estadounidense posterior a la epopeya histórica de que el pueblo en armas restableciera en horas su gobierno constitucional.

Qué pena que todavía haya intelectuales dominicanos que acechen como lobo en celo la oportunidad de echar lodo sobre la figura histórica de Juan Bosch. No podrán sobrevivirle a su propia mezquindad quienes lo intenten. No podrán siquiera ocupar un cargo público bajo la égida de un presidente dominicano que no se quite el sombrero frente a la figura histórica de Juan Bosch. No ha existido ese presidente desde finales del siglo XX, y muchísimo menos en el siglo XXI. No se vislumbra en el panorama nacional un candidato de partido alguno capaz de irrespetar de manera pública el irrepetible sacrificio político de Juan Bosch.

Claro, el que no necesite un podio para dirigirse al pueblo siempre podrá desdecir a sus anchas de Juan Bosch; pero al hacerlo se encerrará a sí mismo en el reducto estrecho de la élite en cuyo nombre habla. La historia da de manera invariable con el aporte de cada hombre público a la felicidad de su pueblo. Asignada a un destacado intelectual dominicano la honrosa tarea de darle la bienvenida a suelo patrio a los restos inmortales de Juan Pablo Duarte, llegó a preguntarse de manera retórica frente a un amigo de su intimidad: “¿Y qué podré decir yo acerca de este pobre hombre?” La cándida pregunta retórica de aquel intelectual ha sobrevivido sólo para que la posteridad le diera mil y una respuestas a la indigencia patriótica de su perecedera intelectualidad.

La contemporaneidad nunca ha sido aliada de los grandes hombres; pero gracias a ello los adora la posteridad. Muertos quien hayan defendido la patria y quien hayan atacado de manera viciosa al patriota: Una flor y una lámpara votiva adornarán en La Vega o dondequiera que esté una tumba; y el olvido total de un pueblo abonará la maleza sobre una sepultura efímera, condenada si mucho sólo a la sobrevivencia de sus deudos más íntimos.

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