Opinión

Compositores y bandas sonoras; Los listados

Si el tema de las infaustas listas ya es odioso cuando nos referimos a películas, actores y directores, mucho peor es cuando nos adentramos en los dominios de la música. Para la mayoría de los fanáticos de ésta, música es sinónimo de temas acaramelados con los que un Disney suele martirizarnos de cuando en cuando.

Encontrarse con una selección de 15 bandas sonoras de todos los tiempos, que incluye a Saturday Night Fever, Ghost y como no podía faltar, de acuerdo al estricto criterio de sesudos musicólogos de las redes, la número 1 es nada más y nada menos que la del film de James Cameron, el lacrimoso y empalagoso Titanic. No encontramos ni rastros de los “soundtracks” emblemáticos de todas las épocas.

Parece ser que para incluir un tema o un compositor este debe pertenecer a la familia de los “blockbusters”, con melodías pegajosas interpretadas por los cantantes de moda, encajados a la fuerza en la película, sin tomar en cuenta la dramaturgia ni la coherencia. Aquí la música funciona como la zanahoria para atrapar a los espectadores-conejos.

La imaginación de estos sabuesos del pentagrama se nutre de los lugares usuales como las melodías populistas, los “top-ten” o “forty”, y las recomendaciones de expertos en mercadeo y afines. Fuentes primarias, entre otras, para elaborar esas listas, un reflejo de los intereses de estos consumidores que pretenden representar al gusto popular.

Es notoria la ausencia de compositores o canciones que no pertenezcan a la corriente de un cine contemporáneo porque su memoria es tan corta como la de Dorys. Y si no es un éxito de masas o muy reciente, normalmente no es incorporada a ese parnaso de bandas sonoras. Los clásicos, los alternativos de regiones distintas a las corrientes industriales de gran envergadura, no cuentan para ellos.

Músicos y músicas del cine

Un fanático de estos listados apócrifos jamás incluirá en su selección la banda sonora de Solaris (1972), que Eduard Artemiev compuso para este filme de Andrei Tarkovski, en donde logró una completa fusión de música electrónica, sonidos y silencios que ayudaron a reforzar los componentes dramáticos, usando la música como un elemento que se articula con la narrativa sin sobresalir ni desentonar.

La probabilidad de que el maestro Ennio Morricone aparezca mencionado por las sonoridades de los filmes de Sergio Leone, incluyendo El Bueno, El Malo y El Feo (1966) o La Misión (1986) de Roland Joffé, es bastante escasa por la aludida cortedad de miras de los seleccionadores, aunque quizás lo harían por Los odiosos Ocho (The Hateful Eight -2015- ) dirigida por Quentin Tarantino, ya que ésta le significo un Oscar a Morricone.

Taxi Driver (1976) no sería lo mismo sin la música de Bernard Herrmann. Y todo ello gracias a la insistencia de Scorsese para que este gran compositor vertiera su sabiduría en este film, convirtiendo sus melodías en un prefecto ejercicio de sincretismo en el último trabajo de este gigante de la composición de bandas sonoras.

He dicho que los listadistas de las redes poseen recuerdos de tiempos muy cercanos, y también digo que no tienen la paciencia, los conocimientos ni interés en gente como Herrmann, lo cual sería mucho pedir, ni tampoco en músicos como los Daft Punk que elaboraron los interesantes temas de Tron Legacy (2010), música electrónica al servicio de la ciencia ficción.

La ignorancia es tan atrevida como vaga, y por eso no se atreven a cruzar sus limitados espacios para deleitarse con las conceptualizaciones y las sonoridades de los instrumentos típicos japoneses que aplicó Toru Takemitsu para obras tan complejas como Ran (1985) de Akira Kurosawa. Sus cerca de cien composiciones para cine incluyen a La Mujer de Arena (Suna no onna, 1964) de Hiroshi Tehigahara y Black Rain (1989) de Shohei Imamura.

Las comparaciones son de por sí lo suficientemente complejas como para no ser reconocidas por la totalidad de especialistas en bandas sonoras o los compositores incluidos o excluidos. Las artes son unas de las manifestaciones humanas basadas en apreciaciones en las que normalmente existe menos consenso. El concepto de competencia o superioridad puede por ejemplo, funcionar bien los deportes, pero no en la cultura.

Ser el compositor de la música de El Tigre y el Dragón (2000) de Ang Lee o de Hero (2002) de Zhang Yimou, y ganar un Oscar o un Bafta por la expresiva sutileza de estas obras, no le han garantizado al chino Tan Dun el privilegio de ser incluido en los lugares preferenciales que otorgan los “Fan Boys” en las redes, sin importar que resida en New York y no en una remota ciudad de la China continental.

Los compositores de bandas sonoras que no son incluidos en los listados fabricados por los grupies de los “blockbusters” no incluyen a figuras que ya ocupan un lugar importante en la historia del cine, lo que demuestra un profundo desconocimiento de todo lo que no sea populista por parte de estos entusiastas, pero ignorantes personajes del entorno digital.

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