Opinión

Memorias de una cinefilia eterna

El gran actor Marcello Mastroianni titulaba su autobiografía “Recuerdo Yo Recuerdo”, y es exactamente lo que puede pasar en un determinado momento, los recuerdos llegan en una cascada de imágenes, sonidos o situaciones conectadas al amor y la práctica del arte cinematográfico.

La pasión por las imágenes en movimiento se desatan por un afiche, una escena o esa foto deslumbrante de aquel actor o actriz, pues son múltiples los factores que provocan esa atracción por el cine, desatando la enfermedad incurable que se padecerá por la vida entera y para la cual solo existe un alivio: Consumir regularmente una dosis de películas.

Todo niño es un gran soñador. Más o menos como el personaje de Mafalda, ese Felipe de imaginación desbordada que vive aventuras en su cabeza de las cuales la gente no se entera. Si usted no salió tirando patadas después de una película de karate o disparando a mansalva al salir de una vaquerada, es recomendable una visita al sicólogo o siquiatra más cercano.

Muchos de los que vimos Toy Story I y II en una determinada etapa de nuestras vidas, quedamos enganchados a Woody, Andy y Mr. Potato Head porque eran muy parecidos al proceso normal de crecimiento de cualquiera de nosotros. En Toy Story III, los primeros 15 minutos son de una nostalgia tremenda para los amantes de las partes anteriores, y si usted logró verlos con los ojos secos, felicidades.

El cinéfilo atesora esos preciosos momentos que se van dando a lo largo del recorrido por el mundo del cine, recuerdos de un universo mágico poblados de imágenes que se funden con las de la vida cotidiana. El reel de momentos especiales para los amantes de las películas no es tan largo como suele creerse. A veces dura un pestañear de ojos, y otro, algunos minutos, pero todo es muy breve.

Fotogramas de una pasión

Corrían los tiempos de mis estudios en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en los que la entonces Cinemateca Nacional, hoy Cinemateca Dominicana, era un sitio de visita frecuente para mí. Allí me encontré con Sonata Otoñal (1978), el soberbio film de Ingmar Bergman con la actuación de Liv Ullmann e Ingrid Bergman. Fui golpeado por esa relación madre-hija tan tensa y desgarrante, siendo tal la impresión que caminé desde la Plaza de la Cultura hasta mi casa en el Ensanche La Fe, para reflexionar sobre la película.

El impacto de algunas obras cinematográficas es tal, que la metodología de irme a caminar para digerir el choque emocional e intelectual se convirtió en habitual para mí. El arte es un instrumento, que cuando pulsa las cuerdas correctas, provoca una catarsis liberadora en nosotros.

Algunas películas están construidas como bombas de acción retardada porque explotan dentro de ti, no en el momento de verlas sino poco tiempo después de salir de la sala, como es el caso del documental animado Vals con Bashir (2008) de Ari Forlman. Es como si el espectador, o sea yo, funcionara como el mismo director\personaje Forlman que encuentra la explicación de sus pesadillas y olvidos al final.

El proceso para constituirse en un cinéfilo con gustos definidos y una conciencia estética rigurosa, es largo y lleno de dificultades, es un viaje lleno de altas y bajas, de tropiezos y de búsquedas, que pueden dar en callejones sin salidas. La cinefilia admite, como las artes, muchas contradicciones. Porque contra gustos y elecciones personales no hay disputas válidas. Chuck Norris y Manchester By the Sea caben en la misma sala.

En algún instante afirmé que no me gustaba Marilyn Monroe hasta que me tropecé en La Comezón del Séptimo Año (1955) de Billy Wilder en la Filmoteca Española, quedando en un estado catatónico ante la rubia actriz. Esa noche, cuando miraba a las chicas en la calle, todas me parecían muy lejanas en sensualidad y belleza al compararlas con Marilyn.

El mismo prejuicio tenía con los musicales, los cuales me parecían sosos y aburridos. Cambié de parecer al encontrarme con Pennies From Heaven (1981) de Herbert Ross, un musical ambientado en la gran depresión que unía la música a una realidad social importante. A partir de ahí me acerque a este género fílmico sin prejuzgarlo.

La evolución, o en todo caso, mi evolución, desde ese niño que asistía a los matinées los domingos para ver las vaqueradas o las fantasiosas aventuras de sus héroes en una sala de la ciudad de Montecristi en la línea noroeste de la Republica Dominicana, hasta ese conmovido espectador del documental City of Ghosts (2017) en el Festival de Cine Fine Arts, me llevan al mismo lugar por diferentes vías: al amor al cine.

El cinéfilo entra al cine como un caminante extraviado en un bosque neblinoso, sin reconocer nada ni a nadie. Entramos, como decía el maestro Buñuel, a un mundo hipnótico, amable, doloroso y a veces cruel, del que seremos prisioneros eternos -como aquel sujeto de la cueva de Platón-, envuelto en sombras e incertidumbres.

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