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Singapur: Cambios drásticos de un pueblo con una nueva visión política

Hablar de Singapur en la actualidad, es adentrarse en uno de los más exitosos y fascinantes modelos estatales de desarrollo, disciplina, visión y perseverancia. En términos llanos, su estudio nos pone de frente a una ciudad Estado moderna, que en el transcurso de cinco décadas pasó de ser un territorio sumido en la pobreza y retraso, a ser una de las naciones más ricas y prestigiosas del mundo.

Para evidenciar el progreso alcanzado desde su independencia a la fecha, solo bastaría contrastar que para el 1965 el PIB per cápita de los singapurenses era de unos US$500.00 dólares, ascendiendo a unos US $90,000 para este 2017, es decir, unas 180 veces superior. La actual escala de ingresos ubica a Singapur en el tercer puesto del ranking mundial, solo detrás de Qatar (US $129,112.00) y Luxemburgo (US $107,736.00), según las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Por si fuera poco, en este pequeño país de apenas unos 697km2, compuesto por 64 islas y poco más de 5.4 millones de habitantes, un 10% de la población posee fortunas de más de 1 millón de dólares, ubicándolo en el quinto puesto dentro de las naciones con más millonarios. Dicha calificación puede variar en los próximos años, debido a que Singapur es la nación con mayor producción de millonarios en la actualidad.

Sin embargo, para poder comprender este éxito y poner en contexto las actuales bondades que en términos económicos exhibe esta nación asiática, es necesario resaltar la figura de Lee Kuan Yew, quien gobernara el país desde la independencia en 1965 hasta el año 1990. Considerado como un “autócrata bueno”, en palabras del prestigioso analista político Robert Kaplan. Aún en nuestros días, Yew es sindicado como el verdadero arquitecto del “milagro singapurense”, además de ser venerado como padre de la patria.

Entre sus virtudes destaca el haber logrado que esta nación, por demás excolonia británica (para 1819 era un puerto comercial), sin recursos naturales, carente de tierras agrícolas y sin capacidad militar, pasara a ser una potencia económica regional. Lee Kuan Yew fue el artífice del fin del dominio británico y el posterior rompimiento con la efímera federación con Malasia, encaminando al país hacia su autonomía.

Al principio las condiciones no eran las más halagadoras, pues los singapurenses llegaron incluso a verse en la necesidad de importar el agua que consumían, evidenciando una situación que el propio mandatario llegó a describir como “un pozo negro de la miseria y la degradación”. De hecho, una de sus primeras medidas para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos fue la inversión en viviendas populares, construcciones de bajo costo que aun en nuestros días acogen a más del 80% de la población.

El mandatario sacaría provecho de varios factores, entre ellos la potencial ubicación geográfica en el corazón mismo de Asia, ya que Singapur se nutre de la península de Malaca, una de las principales rutas marítimas del mundo, con el 35% del comercio global. También emprendió ambiciosos programas de reformas destinados a promover la inversión extranjera, la innovación, la calidad de la educación, modernización de la infraestructura, servicios, etc. Medidas como el “código de buenas prácticas”, el establecimiento del inglés como idioma oficial y la instauración de un riguroso sistema judicial, sirvieron de complemento a una cultura basada en la meritocracia, donde no se toleraría la corrupción y la complacencia. Esto también iría de la mano con la creación de un sentimiento de identidad común, donde el multiculturalismo pasó a ser el pilar de un Estado compuesto en su mayoría por migrantes, entre los que destacan los chinos (77%), malayos (14%) e indios (8%).

No obstante, las transformaciones a las que oportunamente se abocó Singapur, tuvieron como ingrediente imprescindible una dosis de “democracia tutelada” y “capitalismo autoritario”, donde los sindicatos y la prensa estaban bajo un férreo control estatal. A su vez, se implementaron medidas altamente regulatorias en lo social, como la planificación familiar, la prohibición de libertad de expresión (actualmente Singapur está en el puesto 153 de 160 según índice de Reporteros Sin Fronteras), prohibición de grafitis y de “gomas de mascar”, entre otras más que evidenciaban la determinación de Yew al sostener que “en un país en proceso de desarrollo algunas libertades debían ser sacrificadas”.

A pesar de las características autoritarias, el éxito económico de Singapur le ha valido el elogio internacional, consignándose como una de las naciones más prosperas del mundo, lo que ha podido conseguir a través de una particular combinación basada en la inversión privada, con un sostenido estímulo estatal de vocación intervencionista.

Como ejemplo de lo anterior, podríamos tomar alguna de las últimas medidas innovadoras, donde el gobierno se ha propuesto convertir a Singapur en el primer Estado tecnológico del mundo. Para ello ha puesto en marcha varias propuestas como una red de sensores para monitorear la contaminación y el trafico vehicular; sensores para viviendas de ancianos; mapa urbanístico en 3D para monitorear la eficiencia energética; robots para asistir en los hospitales con el transporte de equipos, medicamentos, y evaluaciones; la instalación de árboles artificiales con capacidad de recolectar lluvia y regular temperatura; y por si fuera poco, la integración de unidades de taxis robotizados.

Otro gran referente internacional del prestigio que reviste a Singapur, es el tema educativo, puesto que su sistema basado en la excelencia académica y la meritocracia, encabeza el ranking mundial en calidad educativa tomando de referencia las pruebas PISA, realizadas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Según estas evaluaciones, los estudiantes singapurenses dominan internacionalmente los tres principales renglones educativos evaluados, como son: matemáticas, ciencia y lectura. Por si fuera poco, en este año Singapur desplazó a Alemania como la nación con el mejor pasaporte del mundo, un parámetro de prestigio mundial que le confiere un acceso irrestricto a unos 159 Estados, frente a los 158 que tiene acceso el pasaporte alemán.

Tras la muerte de Yew en el 2015, una nueva generación de singapurenses demanda un nuevo contrato social, basado en más libertades y derechos civiles, lo que evidencia que la prosperidad alcanzada en lo económico no lo es todo. A esto se une la preocupación por el elevado costo de vida y la desigualdad social, donde por un lado Singapur está considerada por la revista The Economist como la ciudad más cara del mundo, mientras tiene una de las brechas sociales más grandes a nivel internacional, con el 10% de la población percibiendo menos de US $1,000.00 al mes.

A pesar de sus efectos colaterales, los avances que ha experimentado Singapur en las últimas décadas, le han convertido en un modelo digno de estudio para diferentes gobiernos alrededor del globo terráqueo. Es un hecho que ningún sistema es perfecto y que toda moneda tiene su contraparte, pero nunca está de más aprovechar la experiencia de un Estado, referente de innovación y desarrollo, que en base a una visión unificada convirtió los anhelos a futuro en una realidad.

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