Hablan los hechos

A 100 años de la declaración de Balfour

Ha transcurrido exactamente una centuria desde que fuera firmado en noviembre del 1917, un comunicado oficial que cambiaría para siempre la historia y composición geográfica de parte de Medio Oriente.

Célebremente recordado como “La Declaración de Balfour”, este documento que tuvo lugar durante la Primera Guerra Mundial, sería el punto de partida de los futuros aprestos internacionales para la creación de un hogar para el pueblo judío, que finalmente devendría en la conformación del actual Estado de Israel. En el mismo se prevé que el territorio elegido para dichos fines sería Palestina, lo que iba en consonancia con las aspiraciones generales del movimiento sionista, según las directrices aprobadas en su 1er. Congreso, celebrado en 1897 en Basilea, Suiza.

El Sionismo surge como un movimiento político, cuyo objetivo era el establecimiento del pueblo judío en un territorio histórico de fuerte arraigo religioso, histórico y cultural, denominado “Eretz Israel” (Tierra de Israel). Sus orígenes se remontan a un texto de 1882 de Leon Pinsker, titulado “Auto-emancipación”, el cual serviría de inspiración al periodista austro-húngaro de origen judío, Theodor Herzl, considerado padre del Estado de Israel, y quien sería el autor del libro “Der Judenstaat” (El Estado Judío) escrito en 1896. Las principales razones que llevaron a la creación de este movimiento, fue la oleada de persecuciones antisemitas que recurrentemente tenían lugar en las principales potencias europeas, así como en la Rusia zarista.

Las continuas presiones por parte de la comunidad judía sobre los distintos gobiernos, en especial el británico, surtirían efecto con el advenimiento de la también denominada “Gran Guerra” (1914-1918), ya que las autoridades británicas usarían el contexto para ganar agenciarse el apoyo de esta comunidad a favor de las fuerzas aliadas. Sin embargo, de manera paralela, Reino Unido también había hecho promesas a los movimientos nacionalistas dentro de la comunidad árabe, a cambio de que se sublevaran contra el Imperio Otomano, promesa que no se cumplió debido a los acuerdos Sykes Picot, donde tras ganar la guerra, se dividieron con Francia gran parte de Medio Oriente.

Retomando la situación judía, sería para el 2 de noviembre del 1917 cuando el entonces ministro de Exterior británico, Arthur Balfour, en ánimos de conseguir el apoyo de los judíos a la causa de los “aliados”, dirigió una carta al barón Lionel Walter Rothschild, quien era un destacado líder de la comunidad judía en Gran Bretaña, además de miembro de una de las familias más adineradas y emblemáticas de Europa. Esta carta, que fue elaborada junto a Leo Amery (posterior ministro de Colonias británico, con autoridad para supervisar el mandado sobre Palestina), rezaba lo siguiente:

Estimado Lord Rothschild.
Tengo gran placer en enviarle a usted, en nombre del gobierno de su Majestad, la siguiente declaración de apoyo a las aspiraciones de los judíos sionistas que ha sido remitida al gabinete y aprobada por el mismo.

‘El gobierno de su Majestad ve favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y usará sus mejores esfuerzos para facilitar el logro de este objetivo, quedando claramente entendido que no debe hacerse nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político que disfrutan los judíos en cualquier otro país’.

Estaré agradecido si usted hace esta declaración del conocimiento de la Federación Sionista.

Arthur Balfour

Tal como se destaca en negrita, la propia declaración firmada por el ministro de Exteriores fue bastante clara, al hacer referencia a que esta decisión no estipulaba que se “pudiera perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina”.

En lo adelante, este documento sería considerado por los futuros israelíes como prueba de su estatus internacional, mientras para los árabes palestinos ha sido vista como un acto arbitrario y funesto.

Un dato interesante es que a pesar de Palestina ser el territorio premeditado por el sionismo, la idea del establecimiento del pueblo judío en este territorio resultaba muy cuesta arriba para fines del siglo XIX y principios del XX, debido a que el mismo había estado bajo el dominio del Imperio Otomano por algo más de 400 años (1516-1923). Debido a lo anterior, se barajaron varios lugares para establecer de forma “provisional” al pueblo judío, destacando entre ellos Uganda y Argentina, aunque posterior a la “Declaración de Balfour” se barajaron las posibilidades de otros lugares menos conflictivos que Palestina, como Siberia, Paraguay, Brasil, Venezuela, Guyana Británica, Australia, Alaska, Egipto y Canadá.

Tras el fin de la guerra, la “Declaración de Balfour” fue respaldada por las potencias victoriosas, quienes delegaron en Gran Bretaña la administración del de Palestina, incluyendo los aprestos para el futuro territorio judío según lo aprobado por la antecesora de la ONU, la Liga de las Naciones.

Se estima que tras la declaración unos 100,000 judíos emigraron a Palestina, cantidad que fue incrementándose conforme se intensificaban las hostilidades antisemitas en Europa producto de la crisis económica, trasladando la inestabilidad al nuevo territorio por medio de confrontaciones entre las comunidades judías y árabes.

En efecto, varios conflictos tendrían lugar en Palestina a raíz de la creciente colonización judía, entre ellos las confrontaciones en Jerusalén en abril del 1920; en Jaffa en 1921; Hebrón en 1929; y la Gran Revuelta Árabe entre 1936 y 1939, que dio al traste con el surgimiento de grupos paramilitares palestinos y judíos. Como medida de urgencia se restringió la inmigración judía a Palestina, acción que lamentablemente coincidiría con las hostilidades de la Segunda Guerra Mundial y los planes nazis de exterminio judío en Europa.

Tras el fin de la guerra, la recién creada Organización de las Naciones Unidas aprobaría el 29 de noviembre del 1947 el “plan de división de Palestina” propuesto por una Comisión Especial para Palestina (UNSCOP), acordando la creación de un Estado árabe y otro judío antes de octubre del 1948, decisión que fue rechazada por los países árabes. Designada como la resolución 181 (II) de la ONU, esta decisión preveía el fin del mandato británico sobre Palestina; la retirada progresiva del ejército; el establecimiento de fronteras, y la partición de Palestina en 8 partes, donde Israel y Palestina tendrían 3 cada uno, mientras que Jaffa pasaría a ser un enclave árabe dentro de Israel, y Jerusalén quedaría bajo un control administrativo de la ONU.

Esta resolución dio paso a un estallido violento, que obligó al Consejo de Seguridad a sesionar del 16 de abril al 14 de mayo del 1948, estableciéndose una Comision de Tregua. No obstante, sería precisamente el 14 de mayo cuando, tras la disolución del mandato británico sobre Palestina, los judíos proclamaron unilateralmente su independencia en el territorio previsto por la ONU, desencadenando la primera de cuatro guerras cruciales y décadas de intermitente hostilidad, que ha tenido que enfrentar el actual Estado de Israel.

En una próxima entrega estaremos analizando las consecuencias futuras de esta declaratoria de independencia.

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