Opinión

Huelgas, elecciones y salud

Luego de ajusticiado el tirano Rafael Leonidas Trujillo el 30 de mayo de 1961, nuestro pueblo fue paulatinamente perdiendo el miedo sembrado durante 31 años, empezando a trillar, de modo tortuoso, el camino hacia la democracia. El advenimiento del gobierno de Juan Bosch, a través de las elecciones más libres que ha conocido el país, llenó de grandes esperanzas a los sectores más empobrecidos de la nación, los cuales habían vivido sometidos a la ignorancia y a una espantosa miseria.

Los anhelos populares de comida, tierra y libertad tuvieron una duración efímera, ya que a escasos siete meses de gestión el gobierno fue derrocado mediante un cruento golpe de Estado. Durante los gobiernos balagueristas se registraron infructuosas epopeyas huelgarias. Uno de los sindicatos que con más fiereza enfrentó al reformismo fue la combativa Asociación Médica Dominicana. La última huelga de galenos la dirigió en la década de los noventa del pasado siglo XX, la entonces presidente de la AMD, doctora Altagracia Guzmán Marcelino.

Tras cerca de dos meses de contienda, fue poco lo materialmente obtenido como resultado del paro médico. Hasta hoy, una constante de esas paralizaciones en los servicios públicos de salud, es su efecto negativo sobre los grupos humildes de la población. Si bien se ha ganado alguna mejora salarial, esa ganancia ha sido devorada inmisericordemente por el monstruo inflacionario. Otra constante del centenario gremio que agrupa a los discípulos de Hipócrates es que su directiva ha sido siempre una vanguardia en la lucha en contra de los gobiernos de turno.

Lo que antes fue una profesión liberal ahora se ha convertido en un ejército de proletarios obligados a vender su fuerza de trabajo a las aseguradoras de riesgos en salud, mejor conocidas como ARS. Esos negocios, hijos del neoliberalismo, son los que establecen las tarifas a pagar por los honorarios profesionales, y quienes autorizan cuándo se hace o no un análisis, estudio de imágenes o procedimiento quirúrgico en un determinado paciente.

Si el enfermo no cuenta con un seguro médico de amplia cobertura, entonces debe buscar dinero de su bolsillo para hacerle frente a los encarecidos tratamientos. El modelo asistencial dominicano se caracteriza por ser una terapia sintomática paliativa, con poco efecto curativo. La promoción y la prevención en salud tienen más de discurso que de concreción.

Muchas de las aseguradoras no cubren los servicios de promoción de la salud, ni las intervenciones preventivas, amén de que algunas se niegan a pagar las atenciones prestadas a personas con afecciones crónicas. Por otro lado, resulta doloroso admitir que en sentido general la calidad de las atenciones médicas prestadas dista bastante de lo ideal.

La mayoría de los colegas de hoy son profesionales asalariados con un sueldo muy por debajo de lo requerido para el sostenimiento básico de una familia, circunstancia que les obliga al pluriempleo, a fin de completar un ingreso que les permita vivir con cierto nivel de decencia. El alcance de las pensiones y jubilaciones auguran una vejez colmada de estrecheces y calamidades.

Gobierno, Colegio Médico y población mantienen un círculo vicioso de resultados insatisfactorios para las partes, excepto para los nuevos actores del modelo privatizador.

El modelo sanitario presente está agotado, se trata de un maleficio cuyo efecto acarrea un gran costo político.

En la actual encrucijada de la salud dominicana, o cambiamos, o nos cambian.

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