Opinión

El “lumpemburgués” en el Estado

La palabra “lumpemburgués” no existe, por lo tanto, no representa ningún concepto. Ahora bien, muchos conocemos lo que significa lumpemproletariado, un vocablo que construyó el filósofo y economista alemán Carlos Marx de dos voces de su lengua materna: “lump”, que significa andrajoso y “proletariat” que, traducido al español, es proletario. Con la creación de esta composición el autor de El Capital designó a los individuos que están fuera de los procesos productivos.

El lumpemproletariado, por lo tanto, está al margen, distanciado del que vende su fuerza de trabajo y del que la compra. Los marxistas ubican a estos grupos humanos de variados tipos por debajo del proletariado, siendo lo último o más bajo en el escalafón social. Son desclasados, y para “sobrevivir”, incurren en toda suerte de actividades reñidas con la ley, y como están despojados de toda identidad clasista, son capaces de ofertar sus servicios o ponerse a disposición, de manera coyuntural, de los intereses de cualquier clase social, siempre que vean un beneficio personal.

Las clásicas clases antagónicas en el sistema capitalista (obrero y burgués) actúan impulsadas por sus intereses clasistas, lo que les lleva a agruparse y definir comportamientos semejantes, ya sea por conciencia de clase o por el instinto que se deriva de la posición que ocupan en las relaciones de producción. El lumpemproletariado por su definición no se ajusta a este comportamiento, no respeta reglas, no se ciñe a ningún código ni a preceptos morales desprendidos de compromisos no escritos que se cumplen con fidelidad religiosa.

Por sus condiciones materiales de existencia, el lumpemproletariado está más cerca del obrero que depende de un salario para satisfacer sus necesidades mínimas, que de un pequeño burgués o el mismo burgués, pero si alguno de los miembros de estos grupos humanos marginados tiene las habilidades y destrezas para escalar y saltarse a la clase más cercana, se podría convertir en “lumpemburgués”, una extraña especie de adinerado que genera fortuna fuera de los esquemas que impone la dinámica burguesa y sin contar con la mano de obra asalariada que produce las riquezas del capitalista.

El lumpemburgués no produce bienes sino dinero, aquel papel o metal que debe contar con el respaldo de una mercancía cuyo valor esté determinado por el trabajo que se requirió para producirla, o el valor de cambio que pueda tener una, como el oro, la plata, la bauxita o el petróleo, que no haya sido añadido por el esfuerzo humano. En otras palabras, conforman un grupo parasitario que, aunque no cuentan con obreros o proletarios, se asocian con operadores que en la mayoría de los casos son reclutados de entre aquellos individuos que componen el ejército del lumpemproletariado.

El negocio de las drogas, el lavado y el Estado constituyen sus campos de operaciones; aprenden a moverse con facilidad en el bajo mundo y representan una amenaza, tanto para los empresarios que se mueven en la dinámica propia del capitalismo, como para los políticos profesionales que buscan vías democráticas para alcanzar espacios de poder que puedan poner al servicio de los intereses de la clase dominante o de las grandes mayorías; en todo caso, políticos que promuevan proyectos colectivos.

Este espécimen cobra cada vez más fuerza porque se incrusta en los estamentos del poder político y en los espacios que brindan los poderes fácticos de forma sorprendente y peligrosa.

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