Opinión

Encuentros cercanos entre los críticos y las películas

Los capítulos abiertos por los malos entendidos entre los críticos con los hacedores de películas o el público, ocupan más espacio que el destinado a aproximarse a las opiniones analíticas servidas por estos profesionales para mayor apreciación del hecho fílmico.

Entre las versiones más extendidas, están las de aquellos que dicen que se va a la sala con prejuicios, por lo que su visión esta mediatizada y no será más que una coartada para descuartizar la obra en cuestión. Y la verdad es que, si bien ese caso se da, en la mayoría de las ocasiones esos críticos realizan su labor a conciencia, por lo menos los que conozco.

A estas alturas, es difícil no ir con expectativas y una cierta idea del tema, pues el bombardeo de información es brutal, con múltiples versiones de tráileres, filtraciones, entrevistas a los actores, productores, director, los detrás de cámaras o “behind the scene”, etc. Es evidente que llegar a una película con cierto grado de inocencia o desconocimiento, es una quimera.

La maquinaria propagandística tiene como objetivo primario -lo cual es válido-, que la información provista pueda influir en una valoración positiva de su producto. La divergencia puede venir en el momento que el producto terminado no se corresponda con las promesas creadas por la versión parcial, pues no se cumplió aquello de que “las partes son iguales al todo”.

Críticos, creadores y público, conviven en un espacio complejo con niveles informativos similares -lo que debe ser entendido por todos-, ya que no tenemos un monopolio o una circulación reducida de noticias. En todo caso existe un exceso de ellas. La velocidad es otro factor importante, porque con las redes, el boca a boca circula de una manera casi instantánea.

De la imagen a la palabra

El cineasta y critico Francois Truffaut opinaba que: “En realidad, el crítico de cine, cuando sale de una sala, no sabe que pensar de lo que acaba de ver, busca una opinión entre sus colegas: el primero que habla tiene razón, el que sepa dar con una “formula” brillante, triunfa.

Lo que describe es un estado natural al salir de una sala, y en eso le doy la razón parcialmente al maestro francés, porque en ocasiones he salido de ver una película con más preguntas que respuestas -lo que en mi caso se resuelve con una caminata para poner las ideas en su lugar-.

Ese estado me es propio al encontrarme con esas obras que me conmueven, dejándome alucinado, perplejo, en estado parecido al encantamiento. Sin embargo, no todas las películas revelan sus secretos en el primer encuentro. Algunas necesitan dos o tres citas para descubrirnos esos elementos que nos permiten una explicación más o menos articulada de lo que hemos visto. Aparecen esas riquísimas muestras de arte que nos entregan nuevos significados cada vez que compartimos con ellas –son las menos-, perlas de los tesoros audiovisuales.

Cuando se va con un prejuicio a observar un filme, se puede correr el riesgo de que el artista o el hacedor nos sorprendan y a golpes de expresividad estética demuelan esos juicios hechos a priori. Tuve la experiencia al ir a observar recientemente una obra que creí era una catástrofe, y la verdad, no lo fue. Aprobó con mínimos, pero aprobó.

Por más o por menos, el analista va con una expectativa que puede ser reconfirmada, o demostrar, como en el caso anterior, que te has equivocado. Lo contrario sucede cuando voy al último estreno de un admirado productor y director, resultando ser una cosa espantosa que redimió algunas películas de baja calaña que había visto hace poco.

Se equivocó la paloma, se equivocaba

En la sala de la vida no solo se prejuician los críticos. Los espectadores no se quedan atrás -oigo a especímenes decir que no van a ver películas dominicanas porque carecen de calidad-, y sin embargo se tragan cada bodrio de cualquier otra parte del mundo… Lo curioso es que ese tipo de opiniones salen de individuos que tienen años sin ver una película local.

Leyendo una revista, me encuentro con los pareceres de un director sobre la crítica. Parecía o intentaba pasar por una visión balanceada de como él creía que los críticos ven el cine o cómo ven sus películas. Todo quedó tan confuso y estoy seguro de que fue adrede, como con la intención de despistarnos. Cuando leemos entre líneas ese escrito, caemos en cuenta que estuvo hecho para justificarse y descargar un poco su frustración con “esos críticos malvados” que no aprecian su cine.

El barco de las imágenes en movimiento lleva una carga de lo más variada, con una tripulación de gente que hace cine, que habla de él, y otro grupo de pasajeros que lo ve. Todas necesarias, pues si alguna falta, ese barco no puede navegar. Se puede estar de acuerdo o no con cada uno de estos componentes, mas todos son fundamentales para la andadura de la industria cinematográfica.

Se critica y se criticarán siempre los análisis críticos -valga la redundancia-, una costumbre por lo demás saludable, pues permite medir el alcance de las ideas expresadas por esos analistas. Solo la opinión fundamentada en el rigor curará los prejuicios de los hacedores y de las audiencias. Y nada más.

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