Opinión

Salud ambiental

La especie humana marcha en el tope a la vanguardia de las distintas formas de vida con que cuenta el planeta tierra. Ese privilegiado alto nivel jerárquico implica también un mayor grado de responsabilidad y compromiso en su interacción con el resto del mundo animal, vegetal y mineral.

De modo paradójico y manera acelerada nos hemos convertido en grandes y peligrosos depredadores de la naturaleza en lugar de ser fieles y celosos guardianes ambientales. Somos dependientes del oxígeno y del agua para mantener el equilibrio vital, amén de requerir nutrientes básicos para reponer el constante gasto metabólico corporal.

Elizabeth Kolbert es una norteamericana, escritora ecologista de la revista The New Yorker, autora de un libro interesante titulado “La Sexta Extinción: Una Historia Antinatural” publicado en el año 2014 con el cual obtuvo el premio Pulitzer del 2015. En dicha obra la afamada investigadora deduce apocalípticamente que para el 2050 habrán desaparecido de la faz terrenal la mitad de las especies animales y vegetales, todo ello gracias a la voracidad y desperdicio sin tino de las fuentes energéticas contenidas en combustibles fósiles.

De inicio creí que Elizabeth escribía en un híbrido de ciencia ficción y terror; sin embargo, con el pasar de las horas y los días, desde el lugar que habito y respiro, el gran Santo Domingo de mis sueños, pienso que ella no exagera y que quizás sea muy ponderada y conservadora en sus cálculos. Solamente hay que conducir un vehículo de motor por el centro, las salidas y los puentes que comunican el este con el oeste de la ciudad capital en llamadas horas pico, que realmente significa todo el día; de esa forma usted no solamente sentirá angustia, impotencia, temor y frustración, sino que también constatará el enorme riesgo a que se exponen los motoristas con sus escalofriantes malabares dignos de una fílmica de suspenso a lo Alfred Hitchkock.

Pero eso es solamente lo que se ve, más peligroso aún es lo que no se ve. No miramos las toneladas de gases tóxicos esparcidos en el aire, producto de la combustión incompleta de los carburantes, especialmente el monóxido de carbono. Dicen que ojos que no ven, corazón que no siente; sin embargo, el reloj circulatorio y nuestro cerebro pensante sufren las graves consecuencias del gradual envenenamiento de la atmósfera urbana. La morbilidad y mortalidad escondidas solamente salen a flote cuando estudiamos los daños que muestran los cadáveres citadinos sometidos a estudios de autopsia. Notamos los pulmones cargados de pigmento negro, aunado a corazones hipertróficos hijos de la hipertensión arterial, y para rematar tenemos los frecuentes accidentes cerebro-vasculares.

El parque vehicular nacional crece como la verdolaga, o mejor dicho, como la mala yerba. Todo el mundo aspira a montarse en un carro propio, para desgracia del colectivo. El Estado se hace de la vista gorda, ya que recauda más impuestos anuales por la expedición de marbetes, revistas y venta diaria de combustibles. Los bancos y las agencias de venta de carros hacen sus prósperas ferias, contribuyendo así a empeorar la caótica situación del transporte terrestre. El espíritu consumista es un narcótico ideal para enmascarar la hoz mortal del envenenamiento ambiental y sus fatales secuelas ecológicas en la sanidad de toda la población.

Por la salud de todos, despertemos la consciencia sanitaria ecológica ahora, mañana será muy tarde.

últimas Noticias

Noticias Relacionadas