Hablan los hechos

Erosión de los suelos vs seguridad alimentaria

Por Silvia Martínez*

El viento, la lluvia, las corrientes de agua y otros factores climáticos contribuyen a una pérdida significativa del suelo, parte superficial de la corteza terrestre, vital para las plantas y los seres vivos.

La agricultura intensiva, la deforestación con la quema y tala indiscriminada de bosques; contaminación por adición de productos químicos; expansión urbana y de la infraestructura de transporte; el sellado con asfalto y concreto y otras prácticas humanas, también provocan la progresiva erosión de ese recurso natural.

El resumen técnico de «El estado mundial del recurso suelo», hecho con el aporte de 200 científicos procedentes de 60 países, a instancias de la FAO, advirtió desde 2016 que las amenazas más significativas para la función del suelo a escala global son la erosión, la pérdida del carbono orgánico y el desequilibrio de nutrientes.

Definió, además, al crecimiento poblacional y el económico como los principales impulsores globales del cambio del suelo, expuesto a niveles críticos por la presión humana.

Según Naciones Unidas cada año se pierden cerca de 7,3 millones de hectáreas de bosques y se calcula que a ese ritmo en 100 años las selvas tropicales se habrán extinguido.

Casi el 40 por ciento de la superficie terrestre se utiliza para la agricultura, mientras a cada minuto las tierras pierden fertilidad como consecuencia de la erosión, el agotamiento y la contaminación del suelo, recurso fundamental para la producción de alimentos y la seguridad alimentaria.

Estudios alertan que en 2050 la degradación y el cambio climático pueden llegar a reducir los cultivos en un 10 por ciento a escala mundial y hasta un 50 por ciento en determinadas regiones.

Todo ello en medio de un crecimiento de la hambruna en el mundo que sufren más de 820 millones de personas y la urgencia de garantizar seguridad alimentaria a una población que se estima llegue a nueve mil millones de personas en 2050.

Las estimaciones de la demanda mundial de alimentos para esa fecha crecerá un 40-70 por ciento, comparado con 2010.
En 30 años más, de no adoptarse medidas urgentes, la degradación de las tierras naturales está previsto llegue a 900 millones de hectáreas.

Preservar los suelos ayuda a mitigar los fenómenos adversos del clima, que a su vez propicia condiciones más favorables para la producción de alimentos y redunda en mayor estabilidad económica y social e incluso de los flujos migratorios. Una cadena de problemas, que obligadamente deben convertirse en oportunidades.

El último informe (agosto 2019) del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de ONU Medio Ambiente destacó que el cambio climático afecta a los cuatro pilares de la seguridad alimentaria.

Mencionó la disponibilidad de alimentos (rendimiento y producción), acceso (precios y capacidad para obtenerlos), utilización (nutrición y preparación de alimentos) y estabilidad (alteraciones de la disponibilidad).

Los suelos sanos son esenciales en la mitigación y adaptación a los efectos del cambio climático, pues pueden almacenar carbono en sus formas más estables durante miles de años, eso es llamado secuestro de carbono.

En cambio, un suelo degradado libera carbono a la atmósfera en forma de dióxido de carbono exacerbando el calentamiento global.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), casi la tercera parte de los suelos del planeta están de moderado a altamente degradados.

Se estima, además, la pérdida entre el 25 y el 75 por ciento del carbono del suelo liberado a la atmósfera por su degradación, de ahí la importancia de prácticas sostenibles que ayuden a retener el carbono e incluso a incrementar su contenido.

Imponderable giro

Para la FAO los suelos pobres, compactados y degradados son importantes obstáculos para alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) número 2 (Hambre Cero) de la Agenda 2030. En particular impiden lograr la meta 2.4 que busca «garantizar la sostenibilidad de los sistemas de producción de alimentos y aplicar prácticas agrícolas resistentes que aumenten la productividad y la producción».

Además de la salud de los suelos depende el mantenimiento de los ecosistemas, el fortalecimiento de la capacidad de adaptación al cambio climático, la incidencia de fenómenos meteorológicos extremos, como sequías, inundaciones y otros desastres, y por eso es necesario mejorar progresivamente la calidad del suelo y la tierra.

Calidad que significa que no sólo que sean fértiles, sino que también posean propiedades físicas y biológicas para sostener la productividad, mantener la calidad del medio ambiente y promover la sanidad de plantas y de animales.

Según las FAO, el 95 por ciento de los alimentos que consume la población del planeta provienen de un suelo que hoy, a nivel global, está más degradado y pobre en nutrientes.

El 80 ciento de los suelos agrícolas, indica la propia fuente, sufre de erosión moderada a severa y otro 10 por ciento de ligera; por tanto, apenas un 10 por ciento de los suelos fértiles del planeta están sanos.

Por ejemplo, un estudio de ese propio organismo, presentado el Día Mundial del Suelo, en diciembre de 2018, señaló a la erosión, la pérdida de carbono orgánico y la salinización como las tres mayores amenazas para los suelos de América Latina y el Caribe.

El texto calificó a esa región como una de las más ricas del mundo en recursos naturales, la cual con apenas el ocho por ciento de la población mundial tiene el 23 por ciento de la tierra potencialmente cultivable, el 12 por ciento de la tierra cultivadas, el 46 y 31 por ciento de los bosques tropicales y del agua dulce del planeta, respectivamente.

Pero de igual modo, el 14 por ciento de toda la degradación de los suelos en el mundo ocurre en esa región, con afectaciones al 26 por ciento de la tierra de Mesoamérica y el 14 por ciento de América del Sur.

Preocupa, además, que 14 países tienen entre un 20 y un 40 por ciento de su territorio degradado, mientras cuatro naciones superan más del 40 por ciento.

Ello ocurre en esa región donde 42,5 millones de personas, el 6,5 por ciento de la población en 2018, padecía hambruna, según el Estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2019, informe anual de FAO y de varios organismo de la ONU.

Década para la restauración de los ecosistemas

A instancias de El Salvador y con el apoyo de los países de América Latina y el Caribe, el 1 de marzo de 2019, la Asamblea General de la ONU declaró la Década de las Naciones Unidas para la Restauración de los Ecosistemas 2021-2030, que encaminarán ONU-Medio Ambiente y la FAO.

Un propósito vinculado a los esfuerzos mundiales para alcanzar los ODS de la Agenda 2030 en particular los asociados al enfrentamiento al cambio climático, erradicación de la pobreza; lograr la seguridad alimentaria, conservación del agua y de la biodiversidad.

Entre los objetivos del Decenio está rescatar a nivel global antes de 2030 al menos 350 millones de hectáreas (ha) de bosques y paisajes degradados.

Para Tim Christophersen, jefe de la subdivisión de Agua dulce, Tierra y Clima de ONU Medio Ambiente, la Década es una «pequeña ventana de oportunidades» y aseguró existen «muchas razones para tener esperanza» para detener la degradación de la tierra y optar por un mundo más sostenible.De igual modo la FAO y la Alianza

Mundial por el Suelo laboran en la iniciativa «Recarbonización de los suelos del mundo (RedSoliod)», presentada en diciembre de 2019 y dirigida a mitigar el cambio climático, proveer servicios ecosistémicos; unido a mejorar ingresos de los agricultores ante una mayor productividad del suelo y de la seguridad alimentaria y la nutrición.

Para Eduardo Mansur, director de Tierras y Aguas de la FAO, RedSoliod podrá «marcar la diferencia en la lucha contra el cambio climático», la cual consiste en descarbonizar la atmosfera y recarbonizar el suelo, «traer de vuela a este sumidero, a esa esponja que es el suelo para acumular el carbono».

Para ello debe cambiar la agricultura no sostenible hacia una sostenible, porque los campesinos son la clave de la acción, «para lo cual es preciso hacer algo que ayude a cambiar la actitud de la gente que trabaja la tierra, sin ellos no es posible lograr la recarbonización».

María Helena Semedo, directora general adjunta de la FAO y responsable de Clima y Recursos Naturales, alentó que «tenemos soluciones», y señaló que la mejor manera de avanzar en este asunto y ayudar al logro de los ODS, está en «la prevención de la erosión del suelo a través de la educación, la promoción y las acciones concretas sobre el terreno».

*De Prensa Latina

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