Opinión

De Johnson a Trump: “impeachment” y RD

-y III-

Mientras se iniciaba en el Senado este martes (21 de enero) el “impeachment” en su contra, acusado de presionar a Ucrania para que encontrara información perjudicial sobre uno de sus principales rivales demócratas para las elecciones presidenciales de noviembre próximo, Joe Biden, y su hijo Hunter, y de obstrucción al Congreso en sus investigaciones sobre el caso; el presidente Donald Trump se hallaba en Davos, Suiza, participando en el Foro Económico Mundial, como si los duros debates que se escenifican en el Capitolio no fueran con él: sorprendió con ironía al convocar una conferencia de prensa para hablar de “los dos tremendos días que había pasado en Suiza” y que para él “sirvieron de respiro de lo que sucede en Washington”. Obviamente, no dejó de arremeter contra quienes impulsan el juicio político en su contra.

Probablemente los demócratas no logren la destitución del mandatario, pero al final de estas semanas de debates habrán puesto en evidencia ante la opinión pública de su país y mundial muchas de las acciones incorrectas y su conducta escandalosa. Tanto en este caso de Trump, como en el “impeachment” a Andrew Johnson en 1868, eran tiempos de campaña electoral. No fue destituido, pero ese proceso disminuyó mucho su poder; ni siquiera fue tomado en cuenta por su partido, el Demócrata, como candidato, por lo cual había mostrado interés.

Los demócratas han insistido en el Senado por la destitución del presidente Trump por “su corrupta presión a Ucrania y sus intentos de encubrirla, (porque) (…) el mandatario podría buscar nuevas injerencias extranjeras en las elecciones presidenciales de noviembre”.

Adam Schiff, que preside el Comité de Inteligencia de la Cámara Baja, en el inicio de la sesión, encabezada por el presidente del Tribunal Supremo de Justicia, argumentó que “…al buscar la ayuda de Ucrania para reforzar su campaña de reelección y negar la presunta interferencia de Rusia en los comicios de 2016, Trump demostró que está dispuesto a saltarse las normas electorales de Estados Unidos, y podría aceptar nuevas injerencias extranjeras para lograr un segundo mandato”.

En el caso de Johnson, se le sometió a juicio político por violar la ley que le prohibía destituir a cargos públicos designados por la Cámara Baja, sin apoyo del Senado. El ejemplo más notorio fue la destitución del secretario de Guerra, Edwin Stanton, en cuyo puesto nombró al general Ulises Grant, el héroe principal de la Guerra de Secesión, y en el proceso de reconstrucción de los estados del Sur y de reunificación de la unión estadounidense, después del conflicto, favoreció a los antiguos confederados.

Tuvo tan claro su espíritu expansionista, para obtener territorios allende los mares en favor de ampliar el mapa político y económico de su país, que aún siendo Grant presidente electo de la nación estadounidense, llevó a cabo proyectos anexionistas.

Así, en su discurso anual en el Congreso sobre el estado de la nación, 9 de diciembre (1868), planteó la anexión de Haití y la República Dominicana a los Estados Unidos, entre otros temas. En relación al desinterés por la integridad nacional, Sylvain Salnave fue para su país lo que Buenaventura Báez para el nuestro. Por eso el discurso de Johnson fue tan preciso:

“Las condiciones políticas y sociales de las Repúblicas de Haití y Santo Domingo son dolorosas y muy poco satisfactorias. La abolición de la esclavitud, (…), ha sido seguida por una profunda convicción popular de la bondad de las instituciones republicanas, surgiendo un intensivo deseo de lograr ese estado. (…).

“Una política nacional comprensiva, sin duda sancionaría la adquisición e incorporación de nuestra Unión Federal, de una manera legal, de las varias comunidades continentales e insulares que nos rodean, sin violar la justicia nacional, la buena fe o el honor.

“La posesión o el control extranjero de esas comunidades, ha impedido hasta ahora el crecimiento, y ha desvirtuado la influencia de los Estados Unidos, y la continuación del estado crónico de revolución y anarquía sería igualmente perjudicial. Cada una de esas comunidades, una vez que fueran establecidas como Repúblicas independientes, o fueran incorporadas a los Estados Unidos, se convertirían en una fuente de fuerza y de poder. (…).

“Esta cuestión es sometida a vuestra consideración con fervor, porque estoy convencido de que ha llegado el momento en que un procedimiento directo como lo es la proposición de la anexión de las dos Repúblicas de la isla de Santo Domingo, no solo tendría el consentimiento del pueblo interesado, sino que también será motivo de satisfacción para todas las demás naciones extranjeras.”

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