Opinión

Fotografía y Vídeo

Por más de 20 años y con una disciplina que competía con lo religioso, solía viajar en familia, cada fin de mes, unos 240 kilómetros desde Santo Domingo hasta llegar al poblado de Cacique en el municipio de Monción. Allí, saludable y sonriente nos esperaba cargado de alegría nuestro inolvidable suegro, don Israel Reyes, a quien sus íntimos apodaban Papá Ningo. Aquel afable hombre era una enciclopedia lugareña andante, casi centenario, conservaba una memoria fotográfica; fue músico acordeonista, ayudante de don Ñico Lora durante las fiestas patronales de San Antonio, patrón de la región. Nos narró Papá Ningo que cumpliendo los 15 años ya pasaba como mayor de edad, por lo que decidió trasladarse a Santiago para hacerse una fotografía de cuerpo entero. Llevaba alrededor de la cintura una cartuchera sellada de balas, así como un revólver en la parte delantera. Al verlo, de inmediato el fotógrafo ordenó al mozalbete despojarse de la indumentaria bélica, al tiempo que lo reprendía diciéndole: “Da pena ver a un jovencito tan aparente, disfrazado de alzado de la montonera”. Esa anécdota me transportaba a mi niñez, caminando a pie al pueblo de Bajabonico.

Allí me deleitaba observando la paciencia y el arte con que manejaba a sus clientes, el retratista de la comarca a quien toda persona dotada de cédula conocía. Dámaso era el nombre del experto en fotos de minuto e imágenes de tiempo prolongado. Escuchaba a adolescentes y jóvenes adultos exigirle al hombre del cajón mágico: “Sáqueme un retrato en que me vea buenmozo”. Completada la labor se oía con frecuencia la queja del cliente: “Ese no soy yo, ese retrato es muy feo”. Con una actitud serena y firme el artista replicaba: “Esa foto es suya, tiene que aceptarla, lo que pasa es que usted es feo de nacimiento”. En caso de trabajos para el carnet de la cédula era solo asunto de pataleo, ya que el usuario debía pagar el trabajo o no obtenía el documento. Para esa época los trabajos eran solamente en blanco y negro, no existía la magia del fotoshop.

Medio siglo después el arte de las luces y las sombras no solamente se ha convertido en un bello arcoíris, sino que la era digital ha permitido alcanzar lo infinito en la capacidad de transformar las características faciales de un individuo. Las fotos virtuales difieren tanto de las reales que uno se sorprende cuando compara el cartel de un artista, candidato político, o líder social y luego tiene la oportunidad de conocer al personaje de carne y hueso; es tan grande la diferencia que dudamos si alguna vez perteneció a dicho sujeto lo visto en la pared. La más perfecta cirugía estética simulada de hoy día la realizan los programas digitales editores de imágenes.

Sabemos que el cine convierte la fantasía virtual en falso realismo que aceptamos como un pasajero entretenimiento. Peligrosa resulta la capacidad persuasiva del vídeo como prueba contundente de veracidad absoluta. Es común escuchar amenazas chantajistas como: “Te tenemos grabado, no lo podrás negar”. Ignoran muchos que las cintas con imágenes también se pueden retocar, cortar, agregar, distorsionar, en fin, alterar tanto la parte sonora como la visual, generándose así un producto muy alejado del original. Lo peor del caso es que esos vídeos se insertan en las redes sociales tornándose virales muchas veces.

De las engañadoras y dañinas falsas imágenes y vídeos ¡Líbranos, Señor!

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