Opinión

Reflexiones hostosianas sobre la vida política

El individualismo extremo y enajenado se mira ante el espejo con una falsa autosuficiencia, la cual le lleva al equivocado convencimiento de que es factible la vida en soledad.

De una manera parecida hay gente ingenua creyendo que la vida política de su nación no le concierne en lo personal.
Esa estrecha y miope visión, desgraciadamente compartida por otros tantos, causa mucho daño al país.

En la vida democrática del mundo moderno, elegir y ser elegido es un derecho. El compromiso político, llámese coyuntural o permanente es parte del convivir ciudadano. Esa potestad debe validarse con la acción.
Gústenos o no, debemos ser activos en lo concerniente al destino futuro como conglomerado social; el cual legaremos a hijos, nietos y siguientes generaciones.

El inmortal maestro fundador de la Escuela Dominicana, el puertorriqueño Eugenio María de Hostos en su obra Moral Social nos dice:

“El hombre individual se asocia al hombre individual y constituyen todos los grupos de asociación, no porque quieran, sino porque tienen necesidad forzosa de hacerlo así…Como el derecho es por si solo uno de los elementos más efectivos de organización que existe, la relación de derecho es también una de las más trascendentales…La ineficacia de la moral en la política se ha convertido en regla de conducta universal. En todas partes, además de la grosera sugestión del egoísmo que establece entre la moralidad pública y la privada la independencia que le conviene, operan las mismas causas: de una parte, el poder absorbente del Estado unitario; de la otra, la insuficiencia jurídica de la organización social. El Estado unitario es corruptor de nacimiento. Todo Estado unitario, en cualquier tiempo, espacio y forma de gobierno, es siempre personal: el Estado es el jefe del Estado. Y como absorbe la iniciativa de organismos provinciales y municipales, sustituye con la ley de su voluntad la autonomía de esas sociedades: de aquí la desorganización, y de ésta la corrupción. Dispone de la fuerza pública, y con ella corrompe por miedo o por soborno. Dispone de todos los empleos, y con ellos corrompe por soborno o por miedo. Política sin moral, es indignidad: cualquier juego de azar, siendo tan indigno como es el juego, es más digno que la política divorciada de la moral, porque, al menos, en sus lances repugnantes no aventura más moralidad que la del jugador y sus cómplices. Pero el político inmoral aventura con su ejemplo la moralidad pública y privada de su patria… Así es como, poco a poco, y sin pensarlo ni quererlo, ni sentirlo, van los pueblos, guiados por la política indiferente a la moral, perdiendo una por una sus virtudes, sus cualidades y carácter; así es como las familias van en ellas perdiendo, sin notarlo, la dignidad de su fin social, la afinidad de sus elementos, la pureza de sus costumbres, la grandeza de su institución; y así es como los individuos van, sin advertirlo, perdiendo el decoro, la dignidad, la veracidad, la firmeza, la lealtad, y convirtiéndose en momias semovientes que engañan hasta con el aparato de una personalidad y de una vida que no tienen”.

Estas reflexiones fueron escritas a finales del siglo XIX, en pleno gobierno de Ulises Heureaux. A través de todo el siglo XX y lo que va del XXI de vida republicana dominicana, su esencia filosófica está vigente, convirtiendo a la Moral Social en obra clásica.

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