Hablan los hechos

Semblanza épica del compañero Cacique

Conocer de cerca la obra política y ensayística de Juan Bosch y titular de esta manera el presente trabajo requiere de dos componentes éticos imprescindibles: El primero, que la persona que encarna tanto la epicidad como la eticidad que en la presente semblanza se le atribuyen, haya dado a lo largo de su vida pruebas incontrovertibles de lo que hoy se afirma de ella –en el caso que nos ocupa, durante más de cinco decenios consecutivos—; y el segundo, que al momento de su desaparición física no haya dejado legado material de tipo alguno susceptible de ser cortejado. Ambos requisitos aplican hasta su más acabada perfección al caso del compañero Pedro Pablo Cacique Reyes:

—Al lado del compañero Juan en actos públicos, yo siempre tuve en mente una sola idea: Que, si alguien se atrevía a dispararle, se me pegara a mí la bala —oí decir solo con él, en momentos muy íntimos, dos veces de labios del compañero Cacique.

Aquel Cid Campeador de la dominicanidad no habría hecho jamás tal confesión en presencia de una audiencia plural, por reducida que hubiera sido; necesitaba para haberla hecho la inquebrantable certidumbre de que el oyente jamás la repetiría mientras él viviera. Apodero al lector de ese indicio de la reciedumbre ética del hombre que intentamos fotografiar vocablo a vocablo, sin que abunde ninguno, y encogido por el peso abrumador de todos los vocablos que faltarán.

El lector bienintencionado, que es el que asumo siempre al momento de escribir, tiene sobrado derecho a una aclaración cronológica: De tú a tú fueron cuatro, que no más de cinco, los decenios compartidos de cerca por los compañeros Pedro Pablo Reyes y Juan Bosch, citados en el mismo orden en que los habría citado el propio Bosch, dada su inclusión en el asunto. Pero sucede que Pedro Pablo le sobreviviría activo en política y lúcido durante más de un decenio a su líder y maestro, período que con su humana actitud y fiel militancia peledeísta Cacique revistió de igual gloria patria que los cuatro decenios anteriores, años estos últimos que habría que sumar a los militados en vida de Juan Bosch.

Lleva sus vueltas, aunque parezcan que han sido pocas, decirlo de sopetón sin que suene a panfleto político de ocasión. Ni Cacique me manifestó nunca deseo de tipo alguno de que alguien conociera su íntima intención de recibir en carne propia la bala que ningún pulso se atrevió jamás a disparar contra Juan Bosch, ni al contarlo hoy apelo a sentimiento alguno que no sea la sensatez de quienes vieron juntos por tantos años a esos dos hombres dominicanos. La honorabilidad política tiene sus cumbres dondequiera que las mujeres y los hombres del mundo hacen vida cívica con fines patrióticos, y detenerse a honrar dichas cumbres no desdice de nadie.

El legado grande lo deja Juan Bosch que fue el ideólogo, maestro y líder de su pueblo; y se trata de un legado ético y político que quien lo reivindicó siempre en vida de nuestro líder histórico, tiene sobrado derecho a reivindicarlo de nuevo una vez y muchas más. Las preguntas quedan abiertas para que cada lector, sin plagiar a Frank Sinatra, se las responda a su manera: ¿Quién coño carajo fue Juan Bosch? ¿De dónde demonios salió un hombre que generaba entre sus seguidores ese tipo de lealtades? Mal si alguna vez entre todos los suyos remuneramos mal a Cacique. ¿Por qué quería gratis aquel Cid dominicano que si alguna vez una bala buscaba el cuerpo de Juan Bosch saciara en su propia carne su ansia de crimen? ¿Por qué tanta lealtad a un hombre que durante 62 años de militancia patriótica ininterrumpida sólo ejerció el Poder durante 7 escasos meses, y nunca repartió prebendas?

La memoria benedictina y el fino tacto político del compañero Rafael Grullón le han servido en la vida entre otras cosas para escribir sueltos en Vanguardia del Pueblo que muchos compañeros confundían como provenientes de la pluma del mismísimo Juan Bosch. Hace algún tiempo circulé entre compañeros íntimos un parte noticioso relacionado con la salud del compañero Cacique: “Ah, sí”, comentó Rafael; y a renglón seguido puso de manifiesto que cuando cumplían en provincia alguna tarea política junto al compañero Juan, y el presidente del Partido despuntaba un sueñito sobre la silla de guano que presionaba las raíces dominicanas de cualquier mango frondoso, Cacique era el único de los acompañantes que se atrevía a tocarle el hombro a Juan Bosch: “Tenemos que seguir camino, compañero presidente”, le decía.

¿Qué bendita complicidad había entre aquellos dos hombres del PLD, presidente uno, y sereno de la seguridad presidencial el otro, para que pudieran interrumpirse entre sí la siesta como si de pariguales jerárquicos se tratara? Conspiradores eternos ambos contra todo tipo de conspiración partidista, se bebían a menudo los secretos y se leían en momentos de apuros el pensamiento.

Invitado a un cumpleaños de Juan Bosch el presidente Joaquín Balaguer, la cortesía dictaba que el homenajeado y el presidente de la República ocuparan sillas contiguas; y por otra parte ordena el protocolo que nadie que no esté adscrito a la seguridad del presidente de la República permanezca a sus espaldas en un acto público. Primero con gestos conminatorios y al final con empujones displicentes, la seguridad del presidente Balaguer le señalaba al compañero Cacique que ellos eran los responsables de cuidar las espaldas de todos los presentes en cualquier panel donde estuviera el presidente de la República. Centelleantes miradas recriminatorias y empellones de novillero fueron y vinieron y Nacarile del oriente. Ni Cristo subió ni Dios bajó. No hubo en aquel podio fuerza bastante que consiguiera que el compañero Pedro Pablo Cacique Reyes retrocediera un ápice que pudiera distanciarlo de las espaldas del presidente del Partido de la Liberación Dominicana: “Ustedes cuiden la espalda de Balaguer, que la de Juan Bosch la cuido yo”, les hizo saber a los miembros del Cuerpo de Ayudantes.

A la mañana siguiente Cacique estaba en su puesto de comandante constitucionalista para velar por la seguridad personal, la salud y buen ánimo laboral del presidente histórico, político y moral del país dominicano. El hoy desaparecido periódico El Siglo traía en primera página una foto fiel de la hazaña de Pedro Pablo el día anterior. Un ejemplar del diario reposaba sobre el escritorio de Juan Bosch.

— ¿Y qué sucedió, compañero Pedro Pablo, cuando nuestro presidente vio la foto en el periódico? — quise saber.

—No. Nada. Paciente. Calmado. En silencio, tomó las tijeras que sobre su escritorio estaban, y recortó la foto de la primera página de El Siglo: “Toma, Cacique, guarda esa foto”, me dijo.

Desearía que cupiera en un solo párrafo la anécdota grande que sí cuento hoy por segunda vez acerca del comandante constitucionalista Pedro Pablo Cacique Reyes. La conté por primera vez en presencia suya a propósito de un homenaje que a él se le rindiera en el local del Partido en el Alto Manhattan.

Durante toda la guerra patria iniciada el 24-A de 1965, el presidente constitucionalista Francisco Alberto Caamaño había sido el jefe supremo del comandante Cacique. En una visita de posguerra del Col. Caamaño al presidente Bosch, saludó con alborozo el Coronel de Abril la vigilia de Cacique a la puerta de entrada del despacho de Bosch. Deportista que fue siempre el prócer de abril, antes de entrar en la oficina de Bosch, sentenció con un reto deportivo a su subalterno en la gloria patria.

—Cacique, tenemos que ponernos los guantes cuando yo salga del despacho del Presidente —le dijo Caamaño.

Habría cabido la anécdota de posguerra en un solo párrafo si no se impusiera al respecto una digresión consustancial a ella, y contada también el día del homenaje a Cacique en Manhattan: Pedro Pablo había traído desde el cuadrilátero de la lucha libre y el boxeo el mote de Cacique a la política. Y en el cuadrilátero se había ganado ese mote por su rotunda negativa a todo tipo de componenda previa al combate, por considerarla un irrespeto a la confianza que en él tenían los forofos de su estilo y de su lucha.

Por haber militado yo junto a Cacique y a su compañera Edita toda la vida en el PLD, y en el mismo organismo cuando juntos pertenecíamos al Órgano de Seccional que dirigía en NYC, y entonces en todo EEUU, los trabajos del Partido, me sentí en el deber de dejar constancia escrita durante el homenaje a Cacique en Manhattan que, aunque bien era cierto que él había traído desde el cuadrilátero ese mote a la política, nadie en el PLD había sido nunca más indio raso que Cacique.

Jamás se hizo cargo aquel hombre bravo y serenísimo de rango alguno dentro del Partido. Cualquier lector de esta modesta biografía sobre el comandante constitucionalista Pedro Pablo Cacique Reyes ha visto con sus propios ojos cómo le resbala el agua al pato en la laguna. Así mismo le resbalaron a Cacique toda su vida el rango ganado a pulso entre las balas de comandante de la guerra patria de abril, el de fundador en los Estados Unidos del Partido de la Liberación Dominicana, así como el de subalterno leal y merecedor de la más acabada confianza de su jefe moral, ideológico y político dentro del PLD.

Citadas quedan pues las virtudes por las cuales Cacique rumiaba aquel día como las vaquitas, durante la entrevista de los presidentes Bosch y Caamaño, por qué se traicionaría él a sí mismo por primera vez en su historia deportiva: “Si al término de la entrevista con el compañero Juan Bosch el coronel Caamaño insiste en su reto boxístico, yo perderé de manera deliberada por primera vez en mi vida al ponerme los guantes con alguien”. A ese incomparable perdedor deliberado le dedicamos hoy estas líneas que recogen una anécdota acontecida en tiempos heroicos a pocos metros de los presidentes Juan Bosch y Francisco Alberto Caamaño, casi nada.

Por segundos patrios el reto pugilístico no tuvo lugar porque cuando Caamaño se amarraba los guantes a la salida de su entrevista con Bosch, uno de sus ayudantes secreteó algo al oído del Comandante de Abril, que sólo ese ayudante, si vive, ha de saber si se relacionaba con la celebrada invencibilidad de Cacique en el cuadrilátero o si con algún apremio del momento. De lo que sí puedo dejar hoy testimonio incontrovertible es de que Cacique habría sido sin duda alguna el modesto perdedor de aquella pelea de tiempos de supervivencia heroica para los constitucionalistas dominicanos. Por lo que haya sido que le dijera al oído su ayudante, el prócer grande, valiente e invencible que reivindicará por siempre nuestro país, se disculpó con Cacique por el incumplimiento de su promesa deportiva y se marchó apresurado del lugar.

Amante del boxeo amateur como lo fue toda su vida el coronel Caamaño, habría sido sin duda tan recio contrincante frente al puño de su adversario como lo había sido en el campo de batalla frente a la bala invasora. Cacique le llevaba el entrenamiento profesional de una carrera larga y victoriosa; pero todos los que hemos tratado de cerca la íntegra reciedumbre física y moral de aquel soldado irrepetible que aspiraba recibir en carne propia cualquier bala que persiguiera la carne de Juan Bosch, habría perdido de calle por decisión propia frente al prócer invencible del más grande abril del calendario dominicano.

Los enaltecedores ribetes patrios de la vida del comandante constitucionalista Pedro Pablo Cacique Reyes no empiezan ni acaban en los actos heroicos que con decidido temple y valor espartano escenificó durante la guerra patria de abril de 1965, ni en los días tenebrosos que precedieron la guerra, ni en los peores días posteriores a ella. Tuvo Cacique que ver con sus propios ojos a Juan Bosch en carne y huesos salir desde el aeropuerto de Cabo Caucedo hacia su tercer exilio, para entonces decidir él su propia partida del país el día siguiente.

Llegado el momento, tuvo Cacique que decidir entre las dos opciones de una alternativa impuesta por las fuerzas cavernarias que habían tronchado a sangre y fuego el retorno del país dominicano a la constitucionalidad: Forzado se vio a elegir entre hombre ido y hombre muerto. Se sintió responsable de su inseparable compañera Edita y de las dos niñas que juntos habían procreado, y que ni siquiera en los días inenarrables de la guerra patria constitucionalista le habían abandonado: “De niña yo creía en plena guerra que cerca de mi papá ninguna bala me alcanzaría¨, me confesó un día ya adolescente en su hogar de Phelan Place, en el Bronx, su hija menor Emelinda, la misma que junto a su madre Ondina Edita y su hermana Gina, se bañaron de gloria al prodigarle a Cacique mil y una amorosas atenciones en su largo lecho de muerte.

Junto a ellas tres oí por última vez los escasos decibelios de la voz firme y amable de Cacique. Había roto de manera abrupta las infranqueables murallas del Alzheimer para interesarse por la noche que en el apartamentito de su hija Emelinda pasaríamos en el Bronx el laureado poeta y escritor León David, su esposa la celebrada pintora María Aybar y yo, mientras la propia Emelinda nos explicaba cómo aparcar esa noche el carro en lugar seguro.

— ¿Todo bien, compañero? —alcanzó a preguntarme el subconsciente generoso de nueve decenios de servicio a los demás.

—Todo bien, compañero Pedro Pablo.

Así fue siempre su desvelo por la seguridad personal del compañero Juan Bosch. Durante su última visita a Alexandria, la compañera Edita, con el corazón en la mano nos había advertido: “Ya no más visitas con Pablito, compañero Ángel”. Pero el carácter lúgubre de la advertencia de Edita no sepultaba al guardián imperturbable del alma peledeísta: Revisó Cacique esa noche varias veces puertas y ventanas antes de irse a la cama.

Al atardecer del día siguiente, cuando lo llevé mitad paseo y mitad ejercicio físico a caminar por entre los vegetales divididos a rectángulos de la hortaliza común de Chinquapin en los predios del liceo T.C. Williams, me echó en cara la puesta del Sol del otoño que se nos venía encima, aguijoneado siempre por su instinto montuno de guerrero insepulto: “Compañero: Anochece y sólo quedamos nosotros dos en este parque”, me hizo notar.

Ya desde viajes anteriores, Marta y yo nos disputábamos al amanecer el honor de cocerle la avena del desayuno. El creía que eran 21 las pasas que al preparar la avena en las mañanas le añadía el compañero Juan Bosch: “Él las contaba, pero yo creo que eran 21 para evitar la acidez”, nos dijo una mañana. A poco andar, Marta había descubierto algunas frutas deshidratadas que al ser añadidas a la avena de Cacique la hacían más de su agrado. Pero a la hora de darme él la noticia, abrigaba el temor de lastimar mi siempre infructífero esmero culinario: “Compañero”, me aclaró camino a la cocina,” las dos avenas son muy buenas; pero la compañera Marta como que le pone un poquitico más de cariño a la suya”, que así de noble y delicado era también a la hora de pedir un pequeño favor del cual era merecedor por mil razones.

En octubre recién pasado, mientras velábamos en una funeraria del Alto Manhattan los restos moribles pero inmortales de Cacique, el compañero José Fernández contuvo el sollozo para acercárseme junto al féretro con un testimonio digno de mármol y bronce: “En su vehículo celebrábamos en pleno invierno las primeras reuniones del Partido en NYC”, me dijo.

Cacique optó por emigrar hacia NYC con su esposa Edita y las dos niñas del matrimonio, un día después de que hacia Europa lo hiciera Juan Bosch. Escapó con vida de la fatídica y brutal Operación Limpieza, pero jamás apartó su corazón un ápice de Juan Bosch, ni perdió durante lapso alguno medible en días o semanas el contacto directo con su líder y maestro. Si un paraguas cubría bajo cualquier clima las cabezas de Juan Bosch y de su inseparable compañera Carmen, ese paraguas iniciaba su recorrido en las manos de Cacique. Si un frasco de lecitina ayudaba a Juan Bosch a metabolizar mejor sus alimentos, o si algún chocolate degustaba alguien a los postres en la mesa de Juan Bosch, en las manos de Cacique empezaba recorrido hacia su glorioso destino final, al amparo de la sonrisa glotona de vida, de amor y de paz que siempre tuvo el maestro eximio, incomparable y grande.

No caben en estas páginas ni en muchas más, siquiera las esencias más memorables de las epopeyas patrióticas que escenificara el comandante de la guerra de abril Pedro Pablo Cacique Reyes; pero cabe en cambio la afirmación rotunda de que del impar liderazgo de Juan Bosch, así como de la vida, de la sangre, del sudor, del talento y de la entrega de aquellos hombres aguerridos y fieles, salió un partido político que los posteriores desaciertos de todos nosotros juntos no se han bastado para destruirlo.

foto:

Los compañeros Cacique y Edita. Detrás sus hijas Guillermina y Emelinda. Con parejas anteriores procreó el compañero Cacique otros 9 hijos, cuyos nombres copiamos a continuación: Tamara, Unlompoga, Maeva, Dario, Maite, Diómaris, Pantro, Roberto y Clara.

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