Opinión

Por la Verdad Histórica!

(II)

Después de la Batalla de Azua, del 19 de marzo 1844, y como consecuencia de la aplastante y humillante derrota de las tropas de vanguardia de Charles Herard, presidente de Haití, el escenario político de la República Dominicana, se convirtió en términos militares en un admirable ejemplo de sacrificio, valentía y dignidad, en defensa de la soberanía e independencia del pueblo, que aprendió en el proceso demográfico de su existencia, un estilo de combatir que tenía sus raíces como hemos señalado en muchas ocasiones, aprendido cuando en la génesis de su formación apareció la figura espectacular, coherente, astuta, maliciosa y valiente de Enriquillo, el Gran Cacique del Bahoruco, aborigen transculturizado, que hablaba, escribía y leía la lengua castellana, que desde niño había sido paje y más luego escudero de Diego Velázquez, quien fue a partir de 1511, el conquistador de Cuba.

El 30 de enero de 1844, se desarrolló en la región central del país, partiendo del poblado de Santiago, el enfrentamiento y más luego la persecución de las tropas haitianas que Charles Herard, había ordenado que marcharan por esa región bajo el mando del General Pierrot, que luego de la Batalla de Azua, recibió informes de que se habían iniciado en Haití, levantamientos subversivos contra el gobierno de Herard y decidió desistir de los ataques a Santiago y retirarse a su país.

Las tropas dominicanas que se habían organizado para enfrentar a los haitianos que habían incursionado por su región, comandadas por José María Imbert y Fernando Valerio, persiguieron a los invasores ocasionándoles centenares de muertos en su retirada, motorizada por el temor de que se repitiera lo que había sucedido en la batalla de Azua el 19 de ese mes; y según testimonios de la época, rápidamente para no usar el calificativo de que “se iban huyendo” abandonaron el escenario del país.

En términos históricos, reales, verídicos, el episodio Militar de Santiago, no fue realmente una batalla, pero ese hecho abrió para el futuro, aproximadamente diez u once años, la tranquilidad de la población dominicana, que el autor de esta columna está definitivamente convencido, que no llegaba a los 150 mil habitantes; y que no tenía las armas que habían heredado y más luego comprado los gobiernos haitianos, posterior a la Proclamación de la Independencia de ese conglomerado humano, que ejecutó Dessalines el 1 de enero de 1804.

Desgraciadamente después de la expulsión de nuestro país, de los fundadores de la República, Duarte, Sánchez y Mella y la consolidación de la Presidencia de la República de esa figura funesta, aborrecible, huérfana de principios patrióticos y republicanos que fue Pedro Santana, los presidentes se dedicaron a buscar la llamada protección o anexión de los gobiernos de las más poderosas naciones de Europa y Estados Unidos de América.

Ese período de tranquilidad, permitió que los hombres dominicanos desde los 16 años de edad que estaban obligados a enrolarse en las tropas militares para defender la independencia y la soberanía de la nación, se dedicaran al trabajo agrícola, no solamente para la manutención de las familias que habitaban el país, sino también en la medida de lo posible, a las actividades comerciales, y la limitadas asistencias a los pequeños centros de enseñanzas o escuelas primarias, que era lo único que podía permitirse una sociedad rural, de inmensa mayoría analfabeta, con escaso desarrollo económico, social y político. Continuaremos

Otras del Comité Político
últimas Noticias
Noticias Relacionadas