Opinión

¿Creciendo con reglas?

Al analizar el desempeño de la economía interna o de la global se suele hacer énfasis en el comportamiento del crecimiento, como medición de la riqueza material creada por el trabajo humano bajo las formas de bienes y servicios y con el estudio de los niveles de inversiones, ya pública ya privada.

En el libro “Más allá de la crisis¨: El reclamo del desarrollo” coordinado por Rolando Cordera y prologado por el José Narro Robles, ambos economistas mexicanos, se sostiene lo siguiente: “Mientras no haya niveles adecuados de inversión, pública y privada, persistirá la insuficiencia económica (cursivas, dg)”.

Esa exaltación de la inversión en la proyección del avance económico tiene su base lógica, pero requiere un enfoque integral para ser debidamente comprendida.

Se reconoce que la inversión es una pieza clave para el crecimiento, pues tiende a impulsar el trabajo humano sea más eficiente.

Pero no es suficiente invertir más, porque desde cierto nivel la eficiencia de la inversión choca con la ley de rendimientos decrecientes: sin progreso técnico, la acumulación de equipos o edificios no conduce muy lejos. Este progreso depende de inversiones específicas en investigación o capacitación.

En la experiencia de los países desarrollados existen opiniones históricas que llaman a la reflexión sobre la temática, tal como lo evidencian los criterios vertidos por el economista norteamericano Walt Rostow (1916-2003), cultor hasta más no poder de las sacrosantas “fuerzas del mercado”.

Rostow sostenía que muchos países precisaban de incrementar su oferta exportable de insumos (materias primas) para desarrollar la capacidad productiva del sector industrial.

¿Cómo ignorar la puesta en práctica durante 1950-1970 del modelo de sustitución de importaciones mediante el fortalecimiento de las actividades manufactureras, sobre todo en el contexto latinoamericano y caribeño?
Sostenía que la actualidad los volúmenes de inversión en la esfera industrial debería aumentar cada vez más debido a que las técnicas utilizadas en pleno 2020 son mucho más intensivas en capital (equipamiento y tecnología) que en el siglo XX.

El historiador económico suizo Paul Bairoch (1930-1999) consideraba que era necesario invertir el equivalente de seis a ocho meses de salario para iniciarse en la industria del algodón a principios del siglo XIX, frente a los 350 meses de la década de 1950”.

En la esfera de la microeconomía empresarial la inversión y el progreso técnico contribuyen a impulsar favorablemente la capacidad productiva y el grado de competitividad.

De hecho, las innovaciones en los procesos permitirán obtener ganancias en las actividades productivas, comerciales y financieras, pasando por el filtro de la dirección gerencial.

Así, las unidades empresariales podrán ajustar los precios de los bienes y servicios a un buen nivel competitivo dentro del mercado, ganando espacio dentro de la relación oferta-demanda.

Gracias a las innovaciones de los productos, las empresas podrían consolidar una buena imagen de marca y su calidad. El crecimiento económico iría de la mano con la conjunción de la productividad, la competitividad y el avance científico-técnico.

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