Opinión

Tomad y comed todos de la muerte de Ernesto Cardenal

Amo su excelsa poesía y hermosa vida. Como un fariseo que huye del castigo resbalando en la sangre del salvador, canto y lloro su extinción. La celebro y me duele. Soñé vivir en su Solentiname de utópica armonía, que siempre se corrompe. Sus palabras son panes y peces de bondad y sonrisa. Su muerte, pasto de estos verbos.

BEBIENDO DE SU AMOR, COMIENDO DE LA MUERTE

¿Por qué la muerte nos produce ese tan grande dolor si sabemos que es un descanso para el ser querido, o queridísimo como era para mí ese gigante ser humano y enorme poeta que fue nuestro Ernesto Cardenal? ¿Por qué si cuando alguien muere le decimos que en paz descansa, que se ha quitado toda esta carga de dolor que el estar vivo, si ya está como diría el viejo y siempre joven Rubén Darío que se ha hecho como la piedra, libre del dolor y de la angustia, «porque esa ya no piensa»?

¿Por qué si le decimos que ha pasado a mejor vida, si se libró de esas libras que cargamos para dondequiera al desplazarnos, con transportando y buscando llenar la insaciable hambre de comida, hambre de sexo, hambre de amor, hambre de caricias, hambre de hambre, hambre, hambre, mucha hambre de palabras, hambre de música, de entretenimiento, de evasiones, de castigos para luego sentir hambre de superar ese castigo en ese absurdo y perenne deseo que soñamos satisfacer y tan pronto disfrutamos olvidamos, despreciamos o amamos solo su recuerdo, su apariencia imaginativa o imaginaria, reconstruida en un falso recuerdo que nunca es lo que sucedió sino lo que el mañoso cerebro quiere que recordemos?

¿Será porque en realidad lo de animal racional es pura apariencia, sucio sueño creado por nuestro complejo de superioridad, vanidad de vanidades que busca hacernos sentir superiores a esos inocentes que nunca han pecado como nosotros: a un mime o cucaracha, o este sencillo lagarto que cruza todas las noches por mi techo? ¿Sabrá ese insensato que no es por amor que no le haré nada malo sino porque no me sirve para nada rentable, pues nada ganaría con hacerle, porque no se come, ni sirve para hacer insecticida ni detergente ni puede su piel transformarse en calzado de los que me gustan: Florshim, o una cartera Louis Bouton, de las que ama la poeta Elsa Batista?

¿Será que es un engaño esto de querer tanto que no quiera uno que descanse en paz aquel a quien uno ama como yo he amado sin conocerlo a este Ernesto Cardenal del que como de Whitman o Emily Dickinson o Alejandra Pizarnik o Tagore solo conocía sus palabras, que quizás retrataban a uno que no era nada el real que caminaba y discriminaba y lloraba por no llorar o no creía en nada de lo que escribía sino que lo hacía para hacerse famoso como hombre de amor y satisfacer su hambre de ego? ¿Quién sabe nada en esta vida, sino el gran sabio que tal vez decía, quizás de hipocresía, pero estaba en lo cierto, el gran Sócrates, que nada decía que sabía sabiendo que sabía, o el otro tal vez falso profeta, tal vez cierto profeta Buda, cuando siendo príncipe abandonó su principado y se fue a decir Eureka, Eureka, cual anticipado Arquímedes, quizás con un yo tan grande que aplastarlo quería, al descubrir que para ser feliz no debemos buscar ni querer nada, harto de buscar todo?

¿Quién sabe si todo esto que he escrito no sea más que la vanidad mía por tomar la muerte de un gran hombre de pretexto para buscar ser más grande que él, y tragarme ese veneno de mi ansiedad de crítica, de público, de magistral vacío, publicando unas palabras que se vendan de hermosas, que se vistan de tiernas, se disfracen de lágrimas por él, apariencia de sangre derramada por él, ficción de corona de espinas, de cuajarones, pseudoviacrucis, martirio de tener que vivir sin el poeta? ¿Será todo esto falso falso llanto buscando cobrar fama y pernoctar con la engañadora y desengañadora, la diabólica y divina Calíope del verbo? ¿Quién sabe si vivir es un engaño y la muerte verdadera?

Abomino responder esas preguntas, porque frente a su muerte soy Barrabás y Cristo, inocente y culpable, Pedro y Pilatos, Juan y Caifás, Iscariote y Tadeo, que en el cáliz de su verbo bebo sangre robada de sus versos, y en el plato de sus actos desgarro como lobo sus carnes con este amor por ser él, buscando inutilmente la salvación de este poema.

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