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Ernesto Che Guevara: La Sombra de la Bomba Atómica

Ernesto Che Guevara, tras una visita oficial a Japón en 1959, calificó el bombardeo atómico de Estados Unidos a Hiroshima y Nagasaki como una «inigualada orgía de fuego y muerte».

En un artículo titulado «Japón, una Potencia que es Colonia», publicado en enero de 1960 por La Gaceta, de Colombia, y distribuida por la recién creada agencia noticiosa Prensa Latina, Ernesto Guevara abarcó aspectos de la agricultura, la industria y la economía del llamado país del Sol Naciente, así como su potencial comercio con Cuba.

A continuación, Prensa Latina reproduce extractos de esa crónica, subtitulada «la Sombra de la Bomba Atómica», sobre Hiroshima y Nagasaki, ciudades bombardeadas el 6 y el 9 de agosto de 1945, respectivamente:

«Este país, cuyos antiguos guerreros se abrían el vientre ante la sospecha de un insulto a su honor militar y cuyos nuevos combatientes morían con la sonrisa en los labios, en los aviones suicidas que se estrellaban contra los acorazados norteamericanos, ve hoy cómo su territorio es ocupado por una potencia extranjera que se encarga del resguardo de sus costas y de su soberanía.

Al mismo tiempo observa cómo desde su territorio se amenaza a países vecinos con la punta de los proyectiles atómicos; que ese pueblo, que conoce mejor que nadie el trágico poder de las armas nucleares y palpa la capacidad de represalia de la nación a dónde irían dirigidas esas armas, inicia cada madrugada sus tareas con la impresión de que cualquier error de apreciación, o alguna intencionada disposición de los ocupantes de su país, puede significar una lluvia de proyectiles atómicos sobre él y provocarle la muerte rápida de la explosión o la lenta de las quemaduras atómicas o enfermedades degenerativas que producen.

Impresionante testimonio es el que ciento seis personas hayan muerto este año de enfermedades provocadas por las explosiones ocurridas hace catorce años en Hiroshima y Nagasaki.

Visitamos aquella ciudad mártir, reconstruida hoy totalmente; un catafalco de cemento guarnecido por una bóveda del mismo material y teniendo por fondo las ruinas del edificio donde cayó la bomba, constituyen el monumento a los caídos.

Setenta y cuatro mil nombres de personas que pudieron ser identificadas es todo lo que contiene el catafalco…, y la ira impotente, la desesperación concentrada, de quienes han visto perecer a tanto ser humano en una inigualada orgía de fuego y muerte.

Anexo a la tumba existe un museo atómico donde se contemplan desgarradoras escenas que alcanzan, no solo a los días oscuros de la guerra, sino también a los del atolón de Bikini, en cuya cercanía explotó una bomba experimental que tocó con sus radiaciones a pescadores japoneses que navegaban en mares cercanos.

Todo es nuevo en Hiroshima, reconstruido después de la espantosa explosión, pero señales indelebles de la tragedia flotan sobre la ciudad y en los nuevos edificios, réplicas exactas, muchas veces, de los que anteriormente ocupaban el lugar.

Se adivina, sin embargo, una falta de continuidad. Es una sensación difícilmente definible que hace aparecer a la ciudad como la reproducción de algo ya muerto».

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