Hablan los hechos

El estado ruso antiguo tuvo a Kiev, la actual capital ucraniana, como su centro. La Rus de Kiev, como se denominó, agrupó a las tribus eslavas orientales desde mediados del siglo IX hasta finales del siglo XIII, llegando a ser el estado más grande de Europa, con el control de las rutas hacia Oriente y hacia el Mar Báltico y el Mar Negro.

La Rus de Kiev se desintegró como resultado de las luchas entre clanes que dieron lugar a 83 guerras civiles. Producto de estos enfrentamientos se conformaron no menos de 64 principados efímeros. Fueron luchas en el marco de las cuales se establecían con frecuencia alianzas con grupos externos, como los cosacos, polacos y magiares, actuales pobladores de Hungría.

Las creencias religiosas jugaron un importante papel en todo este proceso. Vladimir el Grande, durante cuyo reinado la Rus de Kiev alcanzó su máximo esplendor, se adhirió a la Iglesia Ortodoxa Oriental dependiente de Constantinopla en el 988. Tal decisión perseguía combatir el paganismo, fortalecer la identidad nacional y asegurar la unidad de todo el reino.

En el siglo XV la alianza polaco-lituana conquistó parte del territorio de la Rus de Kíev, que ya se había dividido en varios reinos (Nóvgorod, el principado de Vladimir y Suzdal, el de Galitzia y Volinia, entre otros) e impulsó la conversión de sus pobladores al catolicismo dependiente de Roma, en un proceso que se denominó como de “latinización”, a lo que se acogió con agrado la nobleza, más no así la población campesina que se alió a los cosacos, que eran también cristianos ortodoxos, para combatir a los polacos.

La división de la Rus de Kíev facilitó la conquista de estos territorios por parte de los tártaro-mongoles, que ejercieron allí su dominio durante casi 250 años, hasta que poco a poco alrededor de Moscú se fue centralizando el Estado ruso, unificando todas las tierras del noreste y noroeste. A principios del siglo XVII Rusia le hizo frente a la intervención de lituanos, polacos y suecos, y a mediados del mismo siglo se anexo Ucrania.

Los ucranianos étnicos eran mayoritariamente cristianos ortodoxos orientales, pero, con la influencia rusa llegó a su territorio el cristianismo ortodoxo dependiente del patriarca de Moscú.

Mientras, en la región meridional de la Ucrania moderna, sobre todo en Crimea, floreció la religión musulmana como consecuencia de la influencia de los tártaros.

En el siglo XV, como forma de contrarrestar la creciente influencia rusa, los cristianos ortodoxos orientales de Ucrania decidieron buscar la protección de Roma, lo cual se concretó en el denominado Sínodo de Brest, que puso fin a la dependencia de Constantinopla y con lo cual quedó resuelto también el problema de los celos despertados por la creciente influencia del latinismo polaco. Fue así como nació la Iglesia Greco-Católica Ucraniana.

Cuando Rusia se hizo con el control de todo el territorio ucraniano los cristianos greco-católicos fueron sometidos
a una brutal persecución hasta su casi total desaparición al caer el siglo XIX.

Actualmente la religión ortodoxa dependiente de Moscú predomina en la parte oriental de Ucrania, habitada fundamentalmente por individuos de tradición rusófila, mientras que en la parte occidental, donde predominan los ucranianos étnicos, para nada afines a Rusia, predomina el cristianismo ortodoxo dependiente de Roma.

Por su parte, los musulmanes (en su mayoría sunitas) constituyen hoy el 0.65 de la población, alcanzando en Crimea el 12 por ciento.

Es imposible entender a cabalidad lo que actualmente ocurre en Ucrania sin conocer este pasado, un pasado que resulta realmente sorprendente, pues se trata de un pueblo que prácticamente nunca existió como país independiente, con instituciones de gobierno propias, sino a partir de la creación de la Unión Soviética, pero con soberanía limitada.

Lo que hoy es Ucrania estuvo 250 años bajo dominio de los tártaro-mongoles, 300 bajo la Rusia zarista y otros tantos bajo la influencia del Imperio Austro-Húngaro, Lituania y Polonia. Durante 70 años Ucrania formó parte la Unión Soviética como república federativa, con un territorio que abarcó el de la Ucrania histórica y otras áreas que nunca tuvieron nada que ver con ella, como es el caso de la península de Crimea, que era parte de Rusia y que estaba poblada y lo sigue estando mayoritariamente por individuos de origen ruso, pero que se le anexó en 1954 por razones que nadie conoce.

Es bueno establecer que Ucrania, Rusia y Bielorrusia, tres países integrados fundamentalmente por eslavos orientales, tuvieron como madre común a la Rus de Kiev y son el producto del mismo proceso histórico, compartiendo, además, las mismas corrientes culturales.

Ucrania no se separó de la Unión Soviética por odio a los rusos ni como consecuencia del empuje de un nacionalismo radical como el que se manifiesta hoy en día en la región occidental. Los ucranianos hicieron tienda aparte cuando quedó claro, con el intento de golpe de Estado contra Gorbachov en 1991, que el régimen había entrado en un franco proceso de deterioro y que era aconsejable evitar correr su misma suerte.

El que lideró el proceso de independencia de Ucrania, Leonid Kravchuk, fue el hombre que hasta ese momento ocupaba el cargo de encargado de ideología y propaganda del Comité Central del Partido Comunista de Ucrania, la filial republicana del Partido Comunista de la Unión Soviética, a quien le correspondía, precisamente, dirigir la lucha contra los nacionalismos y las “desviaciones” de tipo ideológico.

El nacionalismo ucraniano no se apoyó originalmente en diferenciaciones de carácter étnico, sino en la idea de crear una Ucrania para todos. Es por eso que en el referéndum celebrado en diciembre de 1991, el 90 por ciento de los ucranianos se inclinó por la independencia, incluyendo en aquellas zonas habitadas mayoritariamente por rusófilos, como la península de Crimea.

Durante todos estos años los políticos ucranianos de los más diversos orígenes han compartido los espacios democráticos que se abrieron luego de la independencia. Pero la política se fue complicando por las contradicciones entre los distintos clanes o grupos económicos integrados por individuos que se enriquecieron con la corrupción y que se disputan el poder político recurriendo a la manipulación de las diferencias étnico-regionales, culturales, lingüísticas y religiosas.

Pero el mayor estímulo a las confrontaciones internas en Ucrania ha derivado de su enorme importancia geoestratégica que estimula permanentemente las apetencias de las grandes potencias, que no ceden a sus esfuerzos por atraérsela a su esfera de influencia. Estados Unidos, en particular, ha apostado por convertir a Ucrania en contrapeso de Rusia en Europa oriental, llegando en un momento a convertirla en su tercer receptor de ayuda oficial, detrás de Israel y Egipto.

Como explicamos en un trabajo anterior, la OTAN ha mantenido una decidida política de aproximación al territorio ruso, incorporando a su seno a antiguas repúblicas de la desaparecida Unión Soviética, como las repúblicas bálticas. Estados Unidos, por su parte, ha establecido bases militares en Georgia, Uzbekistán y Kirguizistán. Con Ucrania quedaría completado el cerco militar a Rusia.

Por su parte, la Unión Europea ha hecho también ingentes esfuerzos por atraerse a Ucrania. De hecho, la decisión del presidente Viktor Yanukóvich de congelar las discusiones de una propuesta de asociación económica y cooperación política hecha por la Unión Europea, fue el detonante de los acontecimientos que provocaron su salida del poder y todos los sucesos que han tenido lugar posteriormente.

Los distintos gobiernos que ha tenido Ucrania desde su independencia, en sentido general, han hecho esfuerzos por manejar con cautela el cortejo de las grandes potencias y hasta podría decirse que con la habilidad suficiente para sacarle provecho, coyunturalmente, a su importancia geoestratégica.

Sin embargo, no han sabido ponerse de acuerdo sobre el modelo de sociedad que desean a partir de las ilusiones de la gente, yendo más allá de los sentimientos pro o anti rusos, pro occidental o contra occidente.

Más de 20 años después de alcanzada la independencia, Ucrania vivió sin alterar en forma significativa el estatus quo heredado de la desaparecida Unión Soviética. Veamos a continuación algunos hechos de la historia reciente de este país, que dejan claramente de manifiesto el peso de los factores externos en su política interna, las oscilaciones constantes de los gobiernos entre oriente y occidente y el relativo peso de las diferencias étnicas, culturales y religiosas:
Leonid Kravchuk, soñando con convertir a Ucrania en una potencia nuclear, libró una dura batalla con el gobierno de Boris Yeltsin por el control de la flota del Mar Negro, tanto así que ambos países estuvieron al borde de la guerra. Sin embargo, bajo su gobierno Ucrania se mantuvo como parte de la Comunidad de Estados Independientes, de la que formaba parte con Rusia y Bielorrusia.

Leonid Kuchma, el sucesor de Kravchuk que gobernó Ucrania por dos períodos consecutivos, considerado por los nacionalistas como un “pro ruso imperialista” porque abogaba por unas relaciones más armoniosas con Moscú y pertenecía al llamado clan de Dnipopetrovsk, con base en el oriente del país, firmó un acuerdo de asociación y cooperación con la Unión Europea que incluía un diálogo político institucionalizado y la previsión de evolución a un área de libre comercio. Más significativo aún, Kuchma, que ocupó el puesto de primer ministro nombrado por Kravchuk, firmó en julio de 1997 en Madrid la Carta de Asociación Especial con la OTAN, aclarando, sin embargo, que no tenía intenciones de solicitar el ingreso de su país a esa organización militar. En 1999, Kuchma contribuyó con varios cientos de soldados a la fuerza de pacificación comandada por la OTAN, tropas que se sumaron a las que ya cumplían misión en Bosnia-Herzegovina.

Kuchma, sin embargo, se negó a firmar el Tratado de Seguridad Colectiva de la Comunidad de Estados Independientes, que creaba un mecanismo de intervención conjunta en caso de conflicto, así como un sistema de vigilancia integral de las fronteras de los países signatarios que, en la práctica, estaría a cargo de tropas rusas.
Los movimientos políticos de Kuchma inquietaban seriamente al Kremlin. El presidente ucraniano visitó Estados Unidos en 1994, 1996, 1997 y 1999. El presidente Bill Clinton, por su parte, estuvo de visita en Kíev en mayo de 1995 y en junio de 2000.

Sin embargo, desde occidente se lanzaban duras críticas contra el mandatario, al que acusaban de vacilante, sobre todo porque firmó un acuerdo que extendía por 20 años la presencia militar rusa en Sebastopol, un acuerdo que nunca llegó a ser ratificado por los parlamentos de las partes signatarias.

En las elecciones de 2004 Kuchma apoyó a quien fuera su primer ministro, Viktor Yanukóvich, a quien se consideraba con fuertes sentimientos pro rusos. La oposición, por su parte, postuló a Viktor Yuschenko, considerado como liberal, con mucho prestigio en occidente, que también ocupó el puesto de primer ministro de Kuchma.

Los resultados de la contienda, que dieron como ganador a Yanukóvich, fueron impugnados por la oposición, lo que condujo a la denominada revolución naranja que llevó al poder a Yuschenko y a Yulia Timoshenko. Esta última, quien ocupara el puesto de vice primera ministra encargada de asuntos energéticos en el gobierno de Kuchma, pasó a ocupar el puesto de primera ministra con Yuschenko. Sin embargo, fue destituida al año siguiente acusada de la comisión de actos de corrupción.

Yuschenko intentó reelegirse en las elecciones celebradas en enero de 2010, obteniendo tan sólo el 5,4 por ciento de los votos, lo que lo descartó para la segunda vuelta de las elecciones, que se disputaron Yanukóvich y Timoshenko. Esa segunda vuelta la ganó Yanukóvich con el 52 por ciento de los votos.

Durante el gobierno de Yanukóvich se alcanzó un acuerdo con Rusia, mediante el cual se prolongó el control por parte de este país de las instalaciones navales de Sebastopol por 25 años, hasta el 2042. Dicho acuerdo, que sí fue ratificado por los parlamento de ambos países, contempló una reducción de un 30 por ciento en los precios del gas suplido por Rusia, lo que ha representado ahorros multimillonarios para Ucrania.

Paralelamente, Yanukóvich inició negociaciones con la Unión Europea con miras a la firma de un acuerdo de asociación económica y colaboración política, que fueron suspendidas en noviembre de 2013. El gobierno de Ucrania consideró más ventajosa una contraoferta rusa que le ayudaría a hacer frente en mejores condiciones a sus problemas económicos.

Como nota interesante destaquemos que una de las condiciones exigidas por Europa para la firma del referido acuerdo era la puesta en libertad de Yulia Timoshenko, destituida por segunda vez del puesto de primera ministra por la Rada Suprema o parlamento, en marzo de 2010, y encarcelada por violar una medida de coerción que le prohibía salir de Kíev y por obstruir la investigación que se realizaba en su contra. Timoshenko, contra quien testificó su antiguo aliado Viktor Yuschenko, fue acusada de cometer abusos de autoridad que indujeron a la firma de contratos de gas con Rusia desventajosos para el país. Europa y Estados Unidos consideraron político el juicio contra la dirigente política y multimillonaria del negocio del gas, que fue condenada a la pena de siete años de prisión.

Con sus defectos y sus virtudes, en Ucrania ha existido una democracia formal, si bien salta a la vista la ausencia de cultura y valores democráticos, lo que no deja de ser entendible en un país donde nunca existió la democracia. Pero la coexistencia de grupos con visión e intereses contrapuestos se torna sumamente difícil en un territorio que casi siempre ha tenido un amo extranjero.

La radicalización de las posiciones, tanto a nivel interno como externo, tiene mucho que ver con la particularidad del momento que vive Ucrania, pues este país necesita recursos con urgencias para hacerle frente a sus necesidades y al vencimiento de su deuda externa, como ya explicamos en otro trabajo sobre el tema.

En el entendido de que dichas urgencias obligarían al país a asumir posiciones definitorias, occidente se negó a aceptar como válida la posición de Yanukóvich de congelar las negociaciones de cooperación con la UE. Por las mismas razones Rusia consideró inaceptable la deposición de Yanukóvich, optando por promover la reincorporación a su territorio de la península de Crimea.

Había que ser muy ingenuo para pensar que Rusia aceptaría con resignación la pérdida de su influencia en Ucrania y la posibilidad de que se estrechara el cerco militar en su contra, con lo que automáticamente perdía buena parte de su influencia en el mundo.

La gran perdedora con todo esto será Ucrania, que pierde de manera formal una parte importante de su territorio y el acceso al gas ruso a precios rebajados, sin que esto signifique, en absoluto, quedar fuera del alcance de la influencia rusa.

Occidente queda ahora comprometido con Ucrania. Sin ayuda económica masiva, este país quedaría automáticamente en manos de Moscú.

Mientras, resulta más que claro que las sanciones impuestas a Rusia por occidente no son suficientes para disimular su impotencia frente a una maniobra realizada con apego a la ley y con el precedente de Kosovo en lontananza.

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