Hablan los hechos

Las creencias religiosas han jugado un papel altamente relevante desde la aparición misma del ser humano sobre la faz de la tierra. Su importancia como uno de los factores condicionantes de las emociones de las masas que impulsaron para bien o para mal los grandes acontecimientos de la historia resulta innegable.

Las creencias religiosas han estado presentes en casi todas las manifestaciones de la cultura de los pueblos y han obrado muchas veces como un poderoso elemento generador de energía, dinamismo y cohesión social, avivando la conciencia de pertenencia a un ente social y su correspondiente dimensión ética, que define el sentimiento de obligación con aquello a lo cual se pertenece. Es decir, las creencias religiosas han fungido como elemento forjador de identidad.

La Arabia preislámica del siglo VII estaba constituida por grupos de tribus dispersas, algunas conformadas por pastores nómadas, beduinos o agricultores habitantes de los oasis de la parte norte o de las tierras más fértiles de la parte sur. La mayoría de estas tribus eran politeístas, aunque había cristianas y partidarias del judaísmo.

Al momento de su muerte en el año 632 Mahoma había logrado unificar toda la península arábiga. El Islam, la religión fundada por este profeta, inspiró un amplio movimiento expansionista, que rápidamente cambió el mapa político de África del Norte, Oriente Medio y Asia Central. La Península Ibérica, Asia Menor, Irak, Irán, Afganistán, parte de la India y parte de Rusia se convirtieron al islamismo. Tal expansión del Islam se llevó a cabo siguiendo el principio de la guerra justa o yihad.

Bajo la cultura musulmana florecieron las artes, las ciencias, la medicina, el comercio y la filosofía.

Aunque todos los musulmanes se sienten unidos por su fe en el Corán, que recoge la palabra de Alá revelada al profeta Mahoma, en la práctica los separó la cuestión de la sucesión de Mahoma. Tras la muerte del profeta surgió la cuestión de quién debía ser su sucesor.

Para una parte de los musulmanes nadie podía suceder a Mahoma como profeta, pues él fue escogido por Alá para hacerle sus revelaciones y con él como único profeta se selló la revelación divina. Por tanto, el sucesor de Mahoma, llamado Califa (lugarteniente) sólo podía ser custodio de su legado profético, correspondiéndole administrarlo conforme a los preceptos del Corán y las tradiciones (sunna). Los que así razonaron terminaron llamándose sunnitas, que actualmente constituyen una parte importante de los musulmanes.

Para los chiitas, sin embargo, el líder espiritual debía ser un descendiente directo del profeta Mahoma, como lo fue Alí Ibn Abi Talib, primo de Mahoma a quien el profeta adoptó como su hijo y casó luego con su hija Fátima. Para este grupo de musulmanes Alí fue el heredero de las capacidades espirituales del profeta, las que a su vez transmitió a sus hijos Hasán y Hussein. Tras vencer el aislamiento y como producto de intensas luchas, Alí fue proclamado formalmente por sus seguidores como el sucesor del profeta, pero fue asesinado poco después. El chiismo aún llora su muerte y espera la llegada de su duodécimo descendiente y salvador.

De estas creencias deriva el hecho de que los chiitas tengan una especie de clero constituido por imanes guiados por los ayatolás, líderes espirituales de mucho poder político totalmente independientes del Estado, que se sostienen gracias a los aportes económicos de la comunidad.

Aunque estas y otras diferencias no impidieron la conformación de los grandes imperios islámicos, sí constituyeron factores debilitantes. En el mundo islámico moderno, las diferencias entre chiitas y sunnitas se han traducido en grandes derramamientos de sangre.

En Irak, por ejemplo, una minoría sunnita, con Saddam Hussein a la cabeza, se hizo con el poder sometiendo a la marginación y represión más despiadada a la mayoría chiita. Hussein, al mismo tiempo, sostuvo un conflicto armado con Irán, país habitado mayoritariamente por individuos de esta última congregación.

La intervención norteamericana en Irak ha tenido como consecuencia la instauración de un gobierno chiita, luego de lo cual se desató la persecución más despiadada contra los sunnitas. El actual gobierno de Nuri al Maliki no tardó en establecer una alianza con los chiitas iraníes, no obstante las contradicciones de los norteamericanos con las autoridades de ese país.

Pero la peor suerte la han tenido los cristianos iraquíes, considerados por el islamismo como ciudadanos de tercera categoría. Se calcula en más de medio millón los cristianos que han huido de la violencia islamista y la pobreza, sobre todo a Turquía, Europa y Estados Unidos.

Una situación similar se está produciendo en Siria, donde los cristianos son acusados por los rebeldes de apoyar al gobierno de Bashar al Asad.

Aunque la mayoría de las religiones, incluido el islamismo, promueven principios como la tolerancia, la compasión, el amor, la justicia, la humildad, el sacrificio y la honradez, lo que ha contribuido en distintas épocas al desarrollo espiritual, social y económico de los pueblos, ha sido más que evidente la proclividad de sectores religiosos hacia el fanatismo y la intolerancia, caldos de cultivo del obscurantismo y el despotismo. Una de las expresiones más atroces del fanatismo y la intolerancia fue la santa inquisición.

Las actuales generaciones han presenciado el enfrentamiento entre dos grupos en el Ulster: católico, que son el 40 por ciento de la población, históricamente partidarios de la unión con Irlanda, y los protestantes, partidarios de la alianza con el Reino Unidos, que son el 60%.

También hemos visto los conflictos entre musulmanes y cristianos que han tenido lugar en Líbano, la cuna del cristianismo. En el marco de la guerra civil libanesa los cristianos recibieron apoyo de Israel y los musulmanes de Siria y los refugiados palestinos. En el Líbano hay 13 comunidades cristianas, entre ellas seis iglesias de Oriente que dependen de Roma. La más importante es la maronita, a la que pertenece por ley el jefe del Estado libanés. Los maronitas eran la comunidad principal del país antes de la guerra civil. Hoy son menos de un millón, pues como en todo Oriente medio se van huyendo de la violencia.

También hemos visto los conflictos entre los musulmanes bosnios y los cristianos serbios y croatas de la ex Yugoslavia; el conflicto en Somalia entre facciones de musulmanes y cristianos apoyados por el gobierno cristiano de Etiopía y el gobierno islámico de Eritrea, respectivamente; en Sudán la guerra entre los árabes musulmanes del norte y los cristianos y animistas del sur; en Nigeria el enfrentamiento entre musulmanes del norte y cristianos del sur; en Chipre el conflicto entre cristianos griegos y musulmanes turcos; en Egipto enfrentamientos entre musulmanes y la minoría cristiana de coptos.

En el año 2012 el gobierno de Filipinas y la guerrilla del Frente Moro de Liberación Islámica (FMLI) firmaron un acuerdo de paz después 30 años de lucha fratricida que dejó un saldo de más de 120 mil muertos, a cambio de la creación de una región autónoma musulmana en el sur del país.

Las diferencias religiosas han estado presentes también en el conflicto de Ucrania, donde los partidarios de la alianza con la Unión Europea y Estados Unidos son cristianos ortodoxos orientales dependientes de Roma, mientras que los que se inclinan por un entendimiento con Rusia son cristianos ortodoxos dependientes del patriarca de Moscú.

Como se ve, las creencias religiosas han servido para unificar, para congregar, pero también, producto de los extremismos, para dividir y desgastar. España es un ejemplo de estos dos efectos contrarios. La religión fue la principal fuerza aglutinante para conformar la unidad política de España. Pero al mismo tiempo obró como factor disgregante, mucho tiempo después, al generar los antagonismos que llevaron al poeta Antonio Machado a hablar de “las dos Españas”.

Las diferencias políticas han exacerbado desde siempre las diferencias religiosas. Cuando el imperio romano se dividió en dos mitades, el Oriente y Occidente, lo propio ocurrió con el cristianismo, que en el siglo IV se convirtió en su religión oficial. Se produjo entonces el denominado cisma de Constantinopla o Bizancio (actualmente Estambul). El patriarca de Estambul, aprovechando la decadencia occidental y el auge del oriente, pretendió erigir a Constantinopla como la capital del cristianismo. Roma, que tenía ese privilegio por ser la sede del hogar de San Pedro, donde descansan sus restos, se negó a acceder a tales pretensiones, que implicaban un desconocimiento de la autoridad del Papa. Como consecuencia de esto, la parte occidental, centrada en Roma, se convirtió en católica; mientras, la parte oriental, centrada en Constantinopla, se convirtió en ortodoxa. Católicos y ortodoxos tienen las mismas creencias, los mismos siete sacramentos, la misma devoción por la Virgen María. Pero los católicos se someten al Papa, mientras que entre los ortodoxos cada patriarca es autónomo, aunque se le reconoce al de Estambul el Primado de Honor.

Como se ha podido observar, la cuestión de la sucesión, esto es, la lucha por el poder, dividió tanto a cristianos como a musulmanes.

A lo largo de la historia importantes empresas políticas, lo vimos ya en el caso de los imperios que abrazaron el islamismo, se llevaron a cabo apoyados en las creencias religiosas. Fue el caso de la conquista del nuevo mundo por parte de España, que se llevó a cabo con la espada en una mano y la cruz del cristianismo en la otra.

La reacción de Estados Unidos ante los ataques terroristas del 11 de septiembre, hechos de los que se responsabilizó a la red terrorista islámica conocida como Al Qaeda, no dejó de evocar la reacción de occidente frente al expansionismo islámico en la edad media, que incluyó las denominadas cruzadas o guerras santas. En aquel entonces Washington declaró la guerra a los países integrantes del denominado “eje del mal”.

Pretender evitar la perversión de la fe o la puesta de la misma al servicio de intereses de grupos pudiera parecer tan utópico como pretender un ejercicio de la política basado en los principios de la ética convencional. Sin embargo, el ejemplo de España, que supo superar la época de los radicalismos mediante el fomento consensuado de un tipo de convivencia basado en el respeto mutuo, al menos, permite soñar con la posibilidad de un mundo sin fundamentalismos religiosos.

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