Opinión

Un sabio quiso entender qué empujaba a sus semejantes a trabajar toda la vida. Visitó una cantera de piedra y vio un hombre que le daba al pico y pala, y le preguntó: “-¿qué estás haciendo?” -“Despedazo las piedra para el condenado de mi patrón. Curro todo el día para conseguir un trozo de pan…” -y siguió maldiciendo su poca suerte, mientras continuaba picando piedra. A un segundo obrero le preguntó el sabio lo mismo, a lo que contestó éste: -“Estoy trabajando para pagarme la casa y quitar el hambre a los míos… dentro de poco saldaré ya mis deudas…” y siguió trabajando, éste ya con ganas. Aún entrevistó a un tercero: “-¿qué haces?” El hombre alzó la cabeza interrumpiendo su esfuerzo, y el sabio reconoció un rostro radiante de fuerza y alegría: -“¿No lo ves, amigo? -y con un gesto apuntaba a un edificio lejano, aún en los comienzos-: ¡Estoy construyendo una catedral!” Este bello relato nos anima en este día a mirar el trabajo como un precioso don a través del cual nos dignificamos en el servicio.

Es interesante como se evidencia la diferencia que produce un mismo hecho traducido en tres actitudes. Aun hoy, vemos repetir de alguna forma lo narrado. Hay quienes viven lamentándose, quejándose y maldiciendo en sus trabajos a quienes le contratan. Otros, que no ven mas allá el fruto de sus quehaceres y lo hacen de forma mecánica sin verle el verdadero sentido al mismo. Por ultimo, esta el grupo de aquellos que disfrutan cada día de su trabajo, se enorgullecen del mismo porque logran ver la trascendencia de su servicio. Lo optimizan, le dan calidad total, satisfacción plena a los clientes aun sin esforzarse mucho porque lo hacen con amor, al igual que el Divino Carpintero Jesus de Nazareth quien durante la mayor parte de su vida trabajo en un pequeño taller, con humildad pero con gallardía de saber que cumplía con su deber primero, de enseñarnos a santificarnos en el trabajo sin aspavientos ni rimbombancias pero con la dignidad que da el ganarse el pan con el sudor de su frente y dar el servicio que se solicita con amor. Que desde hoy, valoremos mas el don del trabajo y seamos creadores de un mundo mejor donde reine la solidaridad y el servicio.

Unas palabras finales sobre San José, padre adoptivo de Jesus al cual se dedica esta fiesta que se celebra el 1 de mayo dedicada a San José Obrero. Y es que San José es por excelencia el patrón de los carpinteros, y por extensión, lo es también de todas aquellas personas que trabajan en oficios manuales.

Así mismo, el Papa Pío IX lo declaró en 1870, patrón de la Iglesia Católica universal. También es el patrón de los seminarios católicos, de ahí que la Iglesia Católica celebre el domingo después a esta festividad el «Día del Seminario».

En 1955 el Papa Pío XII, instituyó la fiesta de San José Obrero el día primero de mayo para cristianizar la Fiesta del Trabajo, Es por tanto, el patrón de todos los trabajadores.

La devoción popular ha creído que San José murió en brazos de Jesús y de María, motivo por el cual se le pide auxilio para tener una buena muerte.

También, se le otorga la protección de los padres de familia y de las personas indecisas.

Finalmente, nos hacemos eco de una bella oración a su patrocinio:

«San José, tú has sido el árbol bendito por Dios, no para dar fruto, sino para dar sombra; sombra protectora de María, tu esposa; sombra de Jesús, que te llamó padre y al que te entregasteis del todo. Tu vida, tejida de trabajo y de silencio, me enseña a ser eficaz en todas las situaciones; me enseña sobre todo, a esperar en la oscuridad, firme en la fe. Siete dolores y siete gozos resumen tu existencia: fueron los gozos de Jesús y de María, expresión de tu donación sin límites. Que tu ejemplo me acompañe en todo momento: florecer donde la voluntad del Padre me ha plantado… saber esperar, entregarme sin reservas hasta que la tristeza y el gozo de los demás sean mi tristeza y mi gozo». Amén.

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