Hablan los hechos

Derrocado el Presidente Juan Isidro Jimenes por el levantamiento revolucionario de su Vicepresidente Horacio Vásquez le tocó a este último ocupar la Primera Magistratura de la Nación, probablemente sin imaginarse que correría la misma suerte del primero, en menor tiempo, y de manera más humillante como estadista y como persona humana.

El primer presidente electo tras la caída del dictador Lilís se vio forzado a renunciar el 2 de mayo de 1902, tomando el poder quien fuera su compañero de boleta con la promesa de que acabaría con el despilfarro que le atribuía al antecesor, sobre todo en lo que tenía que ver con los aumentos de salarios de los empleados públicos.

Las investigaciones más respetadas sobre el proceso político de entonces reseñan que mientras Vásquez ascendía triunfante a la Presidencia Jimenes se embarcaba para el extranjero junto a su familia, sin que sus manos se mancharan “con sangre ni con oro, pues salió pobre y arruinado del mando, como había entrado”.

Observado el escenario, alejados de las pasiones de aquellos días, se comprueba que lo más quejos que tenían, tanto los seguidores del derrocado Jimenes como los del sucesor Vásquez era que los lilisistas desalojados del poder aprovecharían la radical división de los viejos aliados para con una efectiva labor de chismes e intrigas provocar la autodestrucción de ambos y alzarse de nuevo con el gobierno.

Las mismas medidas iniciadas por el nuevo gobierno facilitaban la peligrosa cuña del lilisismo, más diestro en el manejo del poder, que los bandos de jimenistas y horacistas. La acusación de mala administración económica contra la gestión derrocada fue la carta de presentación de la entrante, por lo que hizo esfuerzos evidentes por el imperio de la austeridad.

Resaltan los historiadores que en el gabinete de Vásquez, con la descollante participación del intelectual Emiliano Tejera, “primaba un criterio puritano”, con el lema horacista de “Orden y Honradez”.

La economía de austeridad se perdía en combate a revoluciones

El gobierno de Vásquez suprimió los cargos inútiles y redujo los sueldos “en una proporción que casi no les permitía vivir a los empleados de la Nación. El presidente devengaba trescientos pesos mensuales y los ministros ciento cincuenta. Se escogieron como interventores de aduanas y administradores de Hacienda a personas de bien sentada reputación. Economizar fondos para un arreglo con los acreedores extranjeros, y restablecer nuestro crédito, era el propósito primordial de aquel gobierno”, dice el autor del libro De Lilís a Trujillo.

Pero el puritanismo administrativo del primer gobierno horacista comenzó de pronto a resultarle una cruz muy pesada para algunos de sus servidores que se jugaron la vida combatiendo a Jimenes y se entendían dignos de privilegios en el disfrute del poder.

Un caso folclórico fue el del general Andrés Navarro, gobernador de Monte Cristi, quien según relatos de la época “quiso disponer a su antojo de los fondos de la Administración de Rentas Unidas, a cargo de Federico Velázquez y Hernández, quien se negó a facilitárselos, quejándose al Gobierno. Navarro fue llamado a la capital y destituido. Al regresar a Monte Cristi se levantó, prendió y puso grillos a Velázquez y a Santiago Guzmán Espaillat, procurador fiscal, exigiéndole al primero la entrega de las llaves de las cajas de la Administración, pero él arrojándolas por una ventana, afirmó que se las había tragado”.

Veamos como relata Luis F. Mejía la rebelión de Navarro a pocos días de iniciarse el puritano y austero gobierno de Vásquez: “Al enterarse Mon Cáceres de lo ocurrido, destacó sobre Monte Cristi, con una columna, a los generales Rafael Abreu y Amadeo Tavares. Ambos fueron muertos en el puente de Guayubín. La provincia de Monte Cristi entera se levantó a las órdenes de Navarro, secundado por Demetrio Rodríguez, el más destacado paladín del jimenismo, Ramón Tavares y Desiderio Arias, único sobreviviente de aquel alzamiento, muerto veintinueve años más tarde combatiendo a Trujillo”.

La rebelión iniciada por Navarro en Monte Cristi se regó como pólvora en diversos puntos del país, convirtiéndose el apresamiento de revolucionarios en el primer trabajo de los gobernadores provinciales. En la capital se conspiraba públicamente mientras en Santiago se sublevaba Sebastián Emilio Valverde (Chanito), antiguo Ministro de Lilís, posteriormente muerto en combate al encontrarse en Los Amaceyes con las tropas de Mon Cáceres.

El país comenzaba a caerse a pedazos en manos de Presidente Vásquez, quien, aparentemente, se sentía más a gusto en Moca que en la Capital. Fue así como la dirección del gobierno quedó en manos de José Francisco Guzmán, Ministro de Fomento y persona de la mayor confianza del gobernante. Don Emiliano Tejera, ministro de Hacienda y Comercio, renunció visiblemente frustrado, debido a que “la guerra civil lo consumía todo”.

No sería fácil establecer qué atormentaba más a Vásquez en aquellos momentos, si la rebelión que encendía tos campos del país para derrocarlo o las exigencias del Gobierno de los Estados Unidos para llegar a un acuerdo sobre la cancelación de la deuda pendiente con la empresa de capital norteamericano Improvement & Co., viéndose obligado a suscribir un protocolo con el gobierno de esa Nación el 31 de enero de 1903.

“La República reconoció deber a la Improvement & Co., la suma de US$4,500.000.00, cuya forma de pago sería fijada por tres árbitros, uno nombrado por el Gobierno, otro por el Presidente de los Estados Unidos y el tercero por ambos árbitros de común acuerdo”, sostenía el protocolo.

El acuerdo fue considerado lesivo por todos los sectores nacionales, pero es evidente que el país carecía de posibilidad de hacer cualquier presión para modificar sus conceptos, ante la división de sus fuerzas políticas, marcadas por el desorden y las ambiciones personales de caudillos y seguidores.

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