Opinión

Con la confrontación de ideas entre el Banco Central y el Consejo Nacional de Hombres y Mujeres de Empresas –CONEP- se ha estado reviviendo o reactualizando el debate sobre la formalidad y la informalidad en la economía dominicana.

En realidad el debate lo reactivó el CONEP con sus reiteradas críticas –ácidas, incisivas pero no válidas-, especie de misiles sin objeto, que ha lanzado el gremio de los hombres y las mujeres de empresas del país contra el sector informal.

Decimos misiles sin objeto porque en verdad el objeto de esas encendidas críticas no es el sector informal en sí, sino el gobierno, es decir los misiles están dirigidos realmente al objeto constituido por la política económica y social del gobierno de apoyo principalmente a la micro y a la pequeña empresa en todo el territorio nacional. O sea que el sector informal constituye en apariencia el objeto de esas críticas.

En esto de atacar inmisericordemente al sector informal los hombres y las mujeres de empresas aparecen o se nos presentan como unos rebeldes sin causa.

Pero antes de seguir el análisis de este debate debemos subrayar y precisar que de entrada los conceptos de formalidad e informalidad tienen una connotación legal, de tal manera que las empresas formales son aquellas que se acogen a la legalidad en su proceso de constitución, organización y funcionamiento e informales son las que no se constituyen de conformidad con la legalidad establecida.

Pero independientemente de la legalidad o no, las empresas, tanto formales como informales, son estructuras microeconómicas –vivas, diarias y permanentes- de cualquier sistema económico, sea desarrollado o subdesarrollado, porque en definitiva y siempre, las causas o motivos para la gestación, el crecimiento y el desarrollo de las empresas, sean formales e informales, son económicas y sociales, no legales.

Con el planteamiento anterior estamos diciendo con claridad meridiana que las causas o motivos para el surgimiento de las empresas formales e informales no residen en la legalidad, sino en el sistema económico y social que existe en cada sociedad o en las coordenadas reales que el sistema económico y social, vale decir la sociedad, configura y determina.

Así, el objetivo primero y fundamental de una empresa, formal e informal, micro, pequeña, mediana y grande, es la rentabilidad. Todas, pues, utilizan un conjunto de bienes intermedios para producir bienes de consumo final y bienes de capital, que, a su vez, serán utilizados estos últimos como bienes intermedios, en un interminable y recurrente proceso de producción, que es a su vez una interminable cadena de relaciones e interrelaciones técnicas y de intercambios permanentes con la naturaleza y la sociedad, o de generación de riquezas o de valores agregados.

Pero aunque el objetivo de la rentabilidad privada es el eterno objetivo perseguido por las empresas desde antes incluso de su constitución, son incomparables los niveles de rentabilidad de una empresa grande o mediana con los niveles de rentabilidad de un micro o pequeño negocio o empresa. Es como comparar, estructuralmente y metafóricamente hablando, a un gigante con un pigmeo.

Sólo el expreso interés, aunque oculto tras la apariencia, de atacar determinados aspectos de la política económica y social, que busca enfrentar desigualdades e inequidades sociales acumuladas sempiternamente en la sociedad dominicana, explica lo inexplicable por parte del CONEP al comparar la empresa formal grande con la empresa micro y pequeña, tratando de comparar y de equiparar dos realidades realmente incomparables e inequiparables porque son diametralmente opuestas, antípodas.

Lo que sí debería llamarles a ustedes poderosamente la atención, ahí sí deberían ustedes hacer análisis profundos, es que el dueño de una microempresa, que es un trabajador por cuenta propia, devengue ingresos superiores a los que devengaba cuando era empleado dependiente en una empresa formal, lo que significa que el salario o el sueldo que ustedes le pagan al empleado dependiente formal es un salario tan pírrico y tan miserable que ni siquiera está a la altura del nivel de subsistencia de un trabajador en la sociedad de hoy: está, tal vez, a la altura de los salarios que se pagaban en la segunda mitad del siglo XIX o principios del siglo XX.

De acuerdo a ese mismo estudio del Banco Central sólo el 12% del personal empleado en las empresas formales, los que tienen posiciones de gerentes y de administradores, tiene sueldos adecuados y relativamente altos.

La realidad y la cultura de los salarios de miseria que ustedes pagan tienen tanto dramatismo en la sociedad dominicana de hoy que por primera vez, en prácticamente toda su historia, el Banco Central asume, revelando los resultados de una investigación realizada recientemente, una posición contestataria frente al discurso de ustedes en torno a la supuesta superioridad del empleo formal frente al empleo informal.

Recuerden ustedes que los empleos de calidad y con salarios adecuados e idóneos son los que deben crearse en la economía, no los empleos chatarras y con salarios de miseria que tenemos hoy día.

Es una vergüenza que seamos nosotros y México, incluso por debajo de Haití, los que tengamos salarios mínimos más bajos en todo el continente americano.

Esto también debería llevarlos a ustedes a reflexionar profundamente con miras a impulsar políticas de reducción de las tremendas desigualdades sociales que hay en sus empresas formales, base de las grandes desigualdades sociales nacionales, las cuales se reproducen y se agigantan diariamente.

Por otra parte, es lamentable que ustedes no se den cuenta que el sector informal, contra el cual ustedes pretenden descargar “sus angustias aparentes” lanzando rayos y centellas, constituye un mercado adicional en crecimiento para sus propias empresas formales. Así, los apartamentos, las casas, los solares, los vehículos, las medicinas, los enseres para el hogar, los electrodomésticos, los zapatos, los tejidos, la ropa, la energía eléctrica, el agua purificada, los alimentos, etc., etc., que compran los ocupados en el sector informal son producidos, la gran mayoría, por empresas formales.

Si ustedes tuvieran una visión capitalista o burguesa del desarrollo económico, visión de largo plazo, no estuvieran preocupados por el crecimiento del sector informal y del empleo informal, cuyo desarrollo ustedes estimulan, además, al no estar en capacidad de generar y ofrecer a la población todos los empleos que ésta demanda y además porque los empleos que ustedes generan son precarios y con salarios muy bajos.

En toda sociedad, con más razón si es democrática, hay y tiene que haber espacio para que todos, unos y otros, puedan ejercer el sagrado derecho a la vida. Los de abajo también deben ejercer el derecho a la vida.

El papel del Estado, dado el hecho de que las sociedades humanas son socialmente desiguales, es ir en auxilio, principalmente, de los que están en la base de la pirámide social y son los que reciben una parte ínfima del pastel o de las riquezas creadas en la sociedad.

El Estado tiene el ineludible compromiso de buscar siempre el bien común, la justicia social y la cohesión social. Y al buscar esos macro-objetivos, que son prioridades nacionales, tiene la inevadible responsabilidad de enfrentar con políticas públicas las grandes desigualdades sociales, la pobreza, la exclusión y la marginalidad.

Entonces el empresariado del país no debe sentirse mal con los préstamos sorpresa que otorga el Presidente en las visitas sorpresa, ni con el aumento del financiamiento a la micro, pequeña y mediana empresa a través de PROMIPYME o Banca Solidaria, ni con la flexibilización de las normativas bancarias por parte de la Junta Monetaria en procura de que las empresas pequeñas y medianas sean sujetos de créditos por para parte de la banca formal.

Yo no he visto a ningún representante del sector informal cuestionando los más de doscientos mil millones de pesos en incentivos (exenciones, exoneraciones, etc.) –expresión del gasto tributario- que el Estado transfiere al sector privado formal anualmente del presupuesto nacional. Y los recursos para financiar estos incentivos salen finalmente de los bolsillos de la población que tiene que soportar estoicamente los aumentos de impuestos y la reducción de su bienestar.

Es cierto que mientras la empresa formal paga y retiene impuestos, liquida y paga prestaciones, paga los aportes que le corresponden de la seguridad social, etc., la empresa informal, por el contrario, no paga nada de eso, y desde ese punto de vista el sector informal representa un sacrificio fiscal para el Estado. Pero eso no es causa ni motivo para que el gobierno como administrador del Estado no extienda su brazo amigo al sector informal también, porque el sector formal representa, con todo y su formalidad, un sacrificio fiscal mucho mayor para el Estado representado no solo por los incentivos, sino, además, por la magnitud de la evasión y de la elusión fiscal y por las ventajas incalculables que se obtienen a través del tráfico de influencias y de los sobornos (costo fiscal y social de la corruptela).

Otro asunto es que el sector formal, nacional y extranjero, el que más ampliamente aprovecha, comercialmente hablando, las debilidades institucionales del Estado dominicano por los recursos, capacidades tecnológicas, relaciones, destrezas y habilidades sociales y políticas con que cuenta incluso para hacer lobby. Y es el sector formal el mayor beneficiario de las relaciones comerciales con el Estado, pues le vende, suple y suministra la casi totalidad de los bienes y servicios que consume el Estado en todas las áreas.

Entonces el principal beneficiario de las relaciones con el Estado, comerciales y no, es el sector formal –la empresa formal-, y no el sector informal, donde se inserta la gente que no encuentra ocupación en el sector formal o que decidió irse de éste por la maldición de los salarios de misería, pero ambos han decidido construir nuevos horizontes en la titánica lucha que tienen que librar los de abajo para no dejarse morir de hambre o para hacer vida al andar o para decirlo en los versos inmortales, musicalizados por Joan Manuel Serrat, del poeta Antonio Machado: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

¡Cuán dura, áspera, siniestra, torturadora y diabólica es la realidad de los de abajo de la pirámide social para poder seguir subsistiendo en una sociedad tan desigual que hasta el derecho a la vida le niega y le regatea diariamente a la gran masa de pobres y de muy pobres que hay en nuestro país!

¡Los de arriba tienen derecho a la vida, pero los de abajo también, por lo que tenemos que asumir como una lucha nacional y patriótica –una verdadera cruzada nacional y patriótica- la lucha abierta, total y permanente contra las desigualdades sociales en nuestra República!

últimas Noticias
Noticias Relacionadas