Opinión

Es innegable que siempre ha sido motivo de preocupación, sobre todo para la opinión pública, el fenómeno de la concentración de poderes en una democracia.

Naturalmente siempre ha sido más sensitiva la concentración de poderes en el plano político que la concentración de poderes en el plano económico y social en una democracia; aunque las dos deberían ser motivo de preocupación por igual.

Las sociedades humanas no han conocido hasta ahora un sistema o régimen político que supere a la democracia. Y ésta, históricamente hablando, debería darse tanto en los países capitalistas como en los países socialistas, y debió haber sido en el socialismo, aunque esto suene tal vez paradójico, donde debieron haber sido profundizados y ampliados, en términos reales, las libertades y los derechos conquistados y construidos por la humanidad en el contexto del capitalismo, o sea que estas conquistas, heredadas por el socialismo del capitalismo, no debieron haber sido reducidas algunas y otras anuladas en el contexto del socialismo, porque se trataba de conquistas de la humanidad que habían posibilitado y potenciado el progreso y el desarrollo de los seres humanos sobre la faz de la tierra.

Y la democracia, incluyendo sus diferentes formas concretas de organización y funcionamiento (ora la democracia representativa, ora la democracia parlamentaria), es un producto histórico. De modo que la democracia, aun siendo el mejor sistema político que hay hasta ahora, arrastra consigo, como producto histórico, las falencias propias de las sociedades humanas.

Así, hablar de democracia es hablar de la pluralidad de ideologías y pluralidad de instituciones sociales y políticas, entre ellas están los partidos políticos y los grupos de presión. Pero no es posible hablar de democracia si no hay libertad, lo que quiere decir que la democracia presupone o supone la vigencia de la libertad.

Y aquello es así porque el ejercicio de la pluralidad de ideologías e instituciones sociales y políticas no puede darse al margen del ejercicio de la libertad.

Bien, la democracia es la antítesis y la negación de la dictadura y de la tiranía. A la dictadura y a la tiranía les es inherente y connatural, tanto en la condición de productos históricos como de objetos pensados, el asunto de la concentración de poderes.

Pero en el caso de la democracia, aunque desde el punto de vista formal o racional (conceptual o teórico), se asuma que no hay concentración de poderes, sí puede haber concentración de poderes desde el punto de vista de su desarrollo histórico-real.

Y en este punto quiero hacer una parada para subrayar que el juicio de Friedrich Hegel, filósofo idealista-romántico alemán de la primera mitad del siglo XIX, de que “todo lo real es racional y todo lo racional es real”, raya en la falacia y en la absurdidad. En esa misma falacia queda envuelto también el juicio “pienso, luego existo” de René Descartes, filósofo racionalista (padre del racionalismo) francés del siglo XVIII, como si la existencia se diera o surgiera a partir de una mera deducción realizada por la razón humana.

Lo histórico, que es lo real, no es un producto de la aplicación de la razón a la realidad. En otras palabras, los hechos históricos no son una fotocopia del pensamiento o de la racionalidad humana; aunque la interpretación y el análisis de los hechos históricos se hacen desde el ámbito de la razón y de la ciencia.

O sea que los hechos históricos no son mecánicos, por lo que hay que estudiarlos en su dinamicidad y en su dimensión real en el tiempo y en el espacio.

Veamos el caso de la democracia dominicana del 2000 a esta parte. En el año 2002 hubo elecciones de medio término en las que el PRD, con Hipólito Mejía a la cabeza, se impuso a sangre y fuego usando el presupuesto nacional, porque quería modificar la Constitución e imponer la reelección, y producto de esa situación se produjo una concentración de poderes en la República Dominicana en manos del PRD, que pasó a tener una mayoría aplastante en el Congreso y en los ayuntamientos.

Claro, esa concentración venía dándose desde 1998 cuando el PRD pasó a tener una mayoría mecánica tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados y en la mayoría de los ayuntamientos del país. Hay que recordar que ese triunfo electoral apabullante del PRD se produjo gracias a los efectos y a la influencia de la muerte del doctor José Francisco Peña Gómez. Se recuerda también que el doctor Leonel Fernández tuvo que gobernar con un Congreso totalmente en contra desde 1998.

Pero no obstante esa concentración de poderes, el PLD, principal partido de oposición, no descuidó sus responsabilidades, sus trabajos y sus tareas en la sociedad dominicana y, además, se mantuvo unido y nunca perdió la coherencia entre el discurso y la acción. El PLD supo hacer una oposición constructiva, institucional y de propuestas, por la simple razón de que el PLD ha colocado por encima de cualquier otra cosa el progreso y el desarrollo del pueblo y de la nación dominicana.

Cuatro años después, justificado y rehabilitado -en parte- por los errores capitales del gobierno de Hipólito, el PLD, con Leonel a la cabeza, retornó al poder montado en la cresta de la voluntad popular.

A partir de las elecciones de medio término del año 2006 el PLD logró modificar la correlación de fuerzas tanto en el Congreso como en los ayuntamientos pasando a tener mayoría. A partir de este hecho comienza la concentración de poderes en manos del PLD.

Y esta concentración de poderes llegó al maximum cuando el PLD, aprovechando la división abismal del PRD, y montado en el lomo de la voluntad popular otra vez, obtuvo 31 senadurías de las 32 que hay en el país.

Esta concentración de poderes que se ha dado en la democracia dominicana es una expresión de la naturaleza de la lucha política en nuestro país y de las debilidades que arrastran consigo el sistema de partidos y el sistema político nuestro.

No obstante esta concentración de poderes que se da actualmente, los gobiernos del PLD no han limitado ni reducido las libertades y los derechos de los ciudadanos, incluyendo las libertades y los derechos de los partidos políticos y de todas las instituciones sociales para accionar en la sociedad dominicana.

En lo que sí podría incidir negativamente es en limitar, por ejemplo, el papel de control y de supervisión de la ejecución del presupuesto público que debe asumir el Congreso Nacional de acuerdo a la Constitución.

Ahora, esa concentración de poderes no la obtuvo el PLD por decreto ni por ley, sino confrontando y compitiendo con los demás partidos del país en los procesos electorales, libérrimos y transparentes, que se han realizado en el país. Ha sido en los gobiernos del PLD que se ha institucionalizado nuestra democracia y se ha eliminado de cuajo la cultura del fraude electoral que predominó en el pasado. Mal puede el PLD renunciar a esas posiciones ganadas en buena lid en limpios torneos electorales y regalárselas en bandeja de plata al PRD. El PRD no lo hizo después de las elecciones del 2002, y, además, nadie le pidió ni debía pedirle que renunciara a la concentración de poderes que tenía en sus manos.

En un sistema democrático cada partido es responsable de accionar, mediante sus tácticas y sus estrategias, para conquistar sus espacios en la sociedad. El PLD no es responsable ni culpable de los problemas, ya estructurales, que arrastra consigo el PRD en la actualidad y que lo descalifican para volver a ejercer el poder de la nación: es el PRD el que se autodescarta diariamente, con su discurso y sus acciones (su consuetudinaria praxis), para volver a ejercer el poder en nuestro país. Simplemente ese partido se ha descartado el mismo para generar simpatías progresivas y adueñarse del corazón de la mayoría de la población y de la mayoría del electorado dominicano.

El PRD no le inspira confianza al pueblo dominicano como para ser depositario de la voluntad popular, al no poder aposentarse y adueñarse del corazón, de la mente y de la voluntad de la gente.

El poder no se regala, se conquista, mucho más en una democracia donde las posiciones se alcanzan y se logran en el marco de la pluralidad y del ejercicio de la libertad.

Esta claro que lo ideal es que en un democracia no haya concentración de poderes en manos de un solo partido, por un lado, y que los partidos se alternen cada cuatro años en el ejercicio del poder, ni tampoco que haya una extrema concentración de poderes en la economía en manos de unas cuantas empresas, pero de lo ideal a lo real hay un gran trecho. Y digo esto porque en el funcionamiento y dinámica de una democracia siempre es importante que haya una oposición sólida que sirva de contrapeso.

Pero eso de que la oposición sirva de contrapeso no se logra mediante la emisión de una ley o de un decreto: se logra haciendo lo que hay que hacer en el contexto de la historia y de la política siempre teniendo como norte los intereses de la nación y del pueblo, es decir, asumiendo el progreso y el desarrollo de la República. Todo esto implica hacer un uso de la libertad y de la democracia en términos creativos y productivos para impulsar y propulsar el progreso, el bienestar y el desarrollo de la gente.

Todo esto significa darle razón de ser a nuestra participación activa en la política en el contexto de la historia, en el marco de la cual nos planteamos y actuamos para forjar la construcción del presente y del futuro siempre con la expectativa de mejorar las condiciones de vida de la gente.

El asunto de la poca, mucha o ninguna concentración de poderes en una democracia tiene que ver con las coordenadas de su desarrollo histórico en las dimensiones económica, social, política, institucional e incluso cultural.

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