Opinión

La gran diferencia entre las naciones emergentes que han logrado avances significativos en el aspecto social y económico como Japón, Corea del Sur, China, Finlandia, India, etc, con otras, como son la mayoría de los países de América Latina, consiste en que las primeras han priorizado la educación por encima de cualquier otro sector, incrementado sus inversiones en el desarrollo de la ciencia, la tecnología y la innovación.

Esta situación está relacionada con lo que Andrés Oppenheimer llama “La obsesión latinoamericana con el pasado, y las doce claves del futuro”, recogido en su libro Basta de historias (2010), con el cual nos motiva a reflexionar sobre el panorama que prevalece en nuestra región con respecto a la educación superior.

Para Oppenheimer, un factor determinante para que ocurra esa situación es la falta de humildad hemisférica de gobiernos que están convencidos de sus importantes logros en el campo académico y científico; y que además la gente está convencida de que la calidad de sus universidades es excelente, pero que en la práctica y las calificaciones que obtienen en los estudios internacionales las colocan en los últimos lugares.

Destaca la gran desproporción entre los estudiantes que cursan carreras en los campos de las ciencias sociales y las humanidades (más del 80%) mientras sólo el 16% cursan carreras de ingeniería y tecnología, a la inversa de aquellos países ya mencionados que han logrado salir del subdesarrollo.

En el caso de China, en camino a convertirse en la primera potencia económica mundial, cada año, según Oppenheimer, 1,242,000 estudiantes inician la carrera de ingeniería y sólo 16,300 la de historia y 1,520 la de filosofía. Considera que América Latina tiene un déficit de tiempo de estudio, con apenas 160 días en el calendario escolar, situación que ya superaron países como Japón con 243, Corea del Sur con 220 Israel con 216 en Israel, Holanda y Tailandia con 200 y Estados Unidos con 180 días. “Esto quiere decir que a Latinoamérica le faltan horas de estudio”, sostiene Oppenheimer, quien agrega que la pobreza no se resuelve sólo con crecimiento, sino sobre todo con educación de calidad.

Los asiáticos están concentrados en cómo volverse más competitivos, ganar posiciones en la economía mundial, reducir la pobreza y elevar el nivel de vida de sus poblaciones mientras sólo el 2% de la inversión mundial en investigación y desarrollo tiene lugar en los países latinoamericanos y caribeños.

Comparativamente, el 28% de la inversión tiene lugar en los países asiáticos, 30% en Europa y 39% en Estados Unidos. Del 2%, restante, Brasil invierte el 62% de todo el gasto regional; México 13%, Argentina el 12% y Chile 4%.

Entre las 12 claves que recomienda Oppenheimer para romper con las ataduras del progreso, figuran Mirar hacia adelante, Hacer de la educación “una tarea de todos”, Invertir un “PIB educativo”, Formar buenos maestros y darles estatus social, Hacer pactos nacionales e Invertir en tecnología.

En el caso nuestro como parte de ese panorama de América Latina, no se trata de cantidad, ya que pese a que la cobertura bruta de la educación superior sigue siendo de un 25.8%, muy por debajo de la media de los países del hemisferio, el crecimiento de nuestra matrícula universitaria refleja claramente una tendencia de notable expansión, pasando de apenas 1 mil 987 estudiantes en 1950, a 435 mil 153 en el año 2011. Sin embargo, los que estudian carreras vinculadas a las ingenierías, las ciencias y las tecnologías son alrededor del 13% de la matrícula.

No se trata solo de calidad, sino también de pertinencia y competitividad. Según el Informe de Competitividad Global 2011–2012, entre 143 países evaluados, nuestro país ocupaba la posición 136 y la 139 en calidad de enseñanza de ciencias y matemáticas. Esta es una situación sobre la cual debemos reflexionar.

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