Opinión

Estamos en el mes de julio el cual es ya tradición dedicárselo a los Padres.

En tal sentido, dedicamos este articulo a nuestro Padre Celestial, Dios nuestro.

El Dios de Jesucristo. Y es que, Jesús de Nazaret, imagen visible del Dios invisible fue quien en una ocasión dijo: Yo y el Padre somos uno, y nos enseñó su gran corazón y cómo está siempre dispuesto a recibirnos, aún en ocasiones donde desde nuestra limitada mente humana nos parezca inconcebible que pueda acogernos.

Esto que digo, Jesús nos lo hizo saber con la parábola del Hijo Pródigo. Sin embargo, quiero hoy hacer hincapié en la figura del hermano molesto, de aquél que no miró bien la conducta del padre bueno por recibir con tanta alegría al hijo que se había alejado de la casa, “gozando entre comillas”, la vida entre placeres fugaces entre amistades que por igual duran mientras haya dinero en los bolsillos.

En fin, lo que pretendo al señalar a aquél hermano es que nos cuidemos mucho de no caer nosotros en esta gran falta de la no acogida al hermano que cae y se arrepiente, de ser duros negando el perdón con los que fallan con nosotros.

Mirando al hijo pródigo, aquél que abandonó la casa del padre pero que una vez que reconoció su falta, no se desesperó y volvió confiando en la misericordia de su corazón, debemos imitar su conducta de reconocer con humildad nuestras faltas y volver de nuevo al lado del Padre.

Le toca el turno al Padre. Deleitarnos en el corazón del Padre, imitarle en el amor, en su entrega, en su tolerancia, en su perdón, en el arte de conciliar a los hermanos cuando le explicaba al hermano intolerante las razones del perdón, de cómo sufre más quien se aparta de su lado y cómo él había disfrutado siempre de su presencia sin sufrir tantas calamidades.

En fín, del Padre, nos toca a nosotros sus hijos, recibir con manos abiertas su gran amor, para que luego podamos desbordarlo a quienes nos rodean.

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