Opinión

Para que América Latina pudiera ponerse los pantalones largos que diseñó Hugo Chávez con la llegada del progresismo a nuestra región, fueron necesarios 500 años de auge y la caída de potencias mundiales, de luchas por los mercados, de afianzamiento del capitalismo, de lucha entre dos sistemas económicos antagónicos, de recomposiciones geopolíticas, de las “independencias” que hace 2 centurias nos dieron banderas, territorios, himnos y nacionalidades sin las libertades para definir nuestras acciones económicas y políticas.

El detonante estuvo en el triunfo de Occidente a inicios de la década de los 90, cuando Mijail Gorbachov, arrastrando todas las deficiencias de un régimen basado en una economía planificada que decidió prescindir del mercado para producir las riquezas que darían el estado de bienestar a la población, dio el tiro de gracia a lo que intentó construir Lenin a partir del 1917 con el triunfo de la Revolución Bolchevique, que obvió los pronósticos de Carlos Marx, en el sentido de que la revolución socialista llegaría primero allí donde el capitalismo estuviera mayor desarrollado.

No era posible, a la luz del análisis del autor del Manifiesto Comunista, construir desde el pre capitalismo un Estado socialista donde la clase obrera sería el alma del sistema. De ahí que, países que no superaban aún las relaciones de producción feudal, no podían dar el salto hacia un esquema de producción que descansara en el proletariado cuando éste era superado por el campesino que todavía seguía adscrito a la tierra, o unida a ella por inercia o los rezagos de un capitalismo mercantil que ni se acercaba a coquetear con la industrialización.

Así pues, la inevitable muerte del socialismo real, mantuvo con vida al capitalismo que, asumiéndose solo, habiendo derrotado al socialismo al estilo europeo, o soviético, diseñó un plan para reducir al Estado a su más mínima expresión y con ello entregar al mercado el destino económico del planeta. Y para que éste nadara a sus anchas, sus representantes más conspicuos, derribaron todas las barreras que de algún modo fueron las responsables del Estado de Bienestar en algunos países capitalistas con rostro humano, confiando, según predicaban, en la mano invisible de Adam Smith para que su magia arreglara cualquier distorsión que dañara a las mayorías.

En medio de ese afán se diseñan las políticas del llamado Consenso de Washington para dejar desamparadas a las masas y entregar el destino de todos a capitalistas aferrados a las desregulaciones que le permitieron comenzar a saciar la glotonería de un sistema que se hacía más salvaje e inhumano, que comenzó a producir riquezas como nunca para engullírselas, para acumularlas en detrimento de los que siempre la han producido.

De esta forma se reeditaba el liberalismo económico que comenzó a hacer estragos, a generar pobreza y pobreza extrema, de suerte que, la arrogancia con que el capitalismo asumió su victoria frente al socialismo para dejar a la intemperie a los pueblos del mundo, despertó la llama de las ideas progresistas diseminadas entre comunistas, socialistas y socialdemócratas que ya estaban en manos del neoliberalismo, y a partir de entonces, en América Latina, la región más desigual, se comenzó a articular un movimiento que fue creando la ola independentista que inició con Hugo Chávez y ha arropado a todo el continente que hoy se va haciendo dueño de su propio destino.

Ya los procónsules se han ido y con ellos el saqueo de las multinacionales, que aunque muchas de ellas siguen operando en nuestros territorios, lo hacen en condiciones de respeto y bajo reglas jurídicas que defienden los intereses de los Estados que ahora representan a sus pueblos. Por ello ya las riquezas se quedan, y con las políticas de inclusión aplicadas por los gobiernos progresistas latinoamericanos y una más justa redistribución del ingreso derivada de ellas, va cambiando la realidad que hemos padecido por siglos.

Pero en medio de la emancipación y el crecimiento económico con una más justa distribución de las riquezas, experimentamos un proceso de desindustrialización que pudiera hacer insostenible el crecimiento del PIB regional, pues desde la llegada de los europeos no hemos hecho más que exportar materia prima, que en una coyuntura de ebullición de la economía China, un importante socio comercial del Sur, nos da holgura más no solidez.

Es necesario entonces apostar a que nuestras exportaciones tengan valor agregado y que vayamos pensando en la integración regional para que construyamos no solo un gran mercado de 500 millones de consumidores y productores de riquezas, sino una unidad geoeconómica y política que convierta a nuestra región en una de las más ricas e influyentes del planeta, para que esto redunde en beneficio de nuestros ciudadanos y ciudadanas que deberán mejorar sus condiciones materiales y espirituales de existencia, que es alcanzar el estado de bienestar que nos hará vestir con los pantalones largos de la adultez.

Con una población joven, un ascenso demográfico que contrasta con el envejecimiento de la población en Europa (incluyendo a Rusia) y EE.UU, el tamaño de nuestra población y el exitoso manejo de las últimas y sucesivas crisis que, aunque han impactado de forma negativa en el crecimiento del PIB regional, nos colocan en una perspectiva de desarrollo sostenible, siempre y cuando pongamos atención al fenómeno de la “primarización” de las exportaciones para revertirla.

Para que tengamos una idea de lo que ocurre, es necesario referir que en los últimos 10 años la industria manufacturera de México perdió 3 puntos porcentuales del PIB; que en Brasil, entre el 2005 y el 2010, hubo una retracción al disminuir la participación manufacturera de 18,1 a 15,8 %; que en Colombia el retroceso del sector manufacturero, desde el 2008 a la fecha, es de un 20 % según estimaciones, y que en Argentina, a pesar de los esfuerzos hechos por las administraciones de los Kirchner para revertir un proceso de desindustrialización que inició en la década de los 80, el fenómeno no se ha podido detener.

La explotación excesiva de los recursos naturales para mantener un ritmo de exportaciones que nos permitan tener una balanza comercial equilibrada y el crecimiento económico que venimos experimentando, no fuera necesario si a lo que vendemos al exterior le agregáramos valor, pues con menos materia prima y más participación de la industria, tendríamos mayores ganancias, ciudadanos con mayores ingresos, más capacidad de compra y, como consecuencia de esto, un gran mercado demandando bienes y servicios; de ahí que, la integración viene a jugar un papel fundamental para crear la gran unidad económica latinoamericana, la que devendrá en la unidad política que ya comenzamos a construir desde una CELAC que se levanta sin la tutoría del llamado Hermano Mayor.

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