Opinión

Todo arte necesita ser observado por un conjunto de sensibilidades estableciendo intercambios de significados para producir el diálogo empático que enriquece a la obra, al artista y a ese sujeto importante e imprescindible llamado espectador.

El éxito o fracaso de cualquier arte de masas está basado en esta comunicación que ilumina los temas y traza las líneas maestras de una convivencia basada en el respeto a la inteligencia del respetable, como se le llamaba en una lejana época al público.

El joven cine dominicano, y sigo recalcando esto, camina en algunos instantes por peligrosas vías con el argumento insostenible de rancias raíces populistas de estar dando a nuestro espectador lo que este desea, con la frase no por manida menos usada de “Esto es lo que la gente quiere”.

Y esa muletilla da pie a la repetición de temas, caras y escenarios que son usados sin descanso para introducir al sujeto destinatario en las salas de cine.

Debemos de puntualizar que no nos parece equivocado, como algunos opinan, que estamos produciendo comedias en exceso, si de hecho este es uno de los géneros más difíciles, porque las comedias inteligentes no abundan, ni en la industria criolla ni en ninguna otra.

Atreverse a explorar la diversidad temática de la cultura dominicana es uno de los grandes temas pendientes, en cuanto que la osadía estilística e intelectual ya asoma no en gran número de espectadores, pero sí lo suficiente como para ser económicamente rentable.

¿Cómo trabajamos esos espectadores de filmes menos significativos a otros de mayor calado intelectual?, pues simplemente dándole las mismas oportunidades comerciales, un trato igualitario para competir de igual a igual.

Decía el gran director español Luis Buñuel que el único pecado del cine era aburrir al espectador, en lo que estoy de acuerdo, y el otro es tratar a ese espectador con respeto, asumir que no se va al cine solo a soltar carcajadas, a lagrimear, se va también a ejercitar las neuronas.

El cine es un arte popular por excelencia al que frecuentemente se le ha acusado de adormecer a las masas, y por lo tanto no se trata tampoco de caer en el otro extremo, el de los intelectuales elitistas que desearían que todo fuese Ingmar Bergman, Eric Rohmer, Sergei Eisenstein, y ese no es el caso, pues como arte popular es inclusivo temática y estilísticamente hablando.

Lo que tememos son las salas vacías, la estampida del público, recordando tiempos no tan lejanos en que nuestros ciudadanos se resistían a ver películas locales de cualquier tipo por el solo hecho de ser dominicanas, llenos de dudas sobre su calidad.

Saber por donde vamos nos invita a poner atención a los festivales internacionales y ver que películas dominicanas invitan, o los premios que recibimos en el exterior, pues nos permite comparar las visiones de otros espectadores, juntarlas con las nuestras, tener una mirada global y local que siempre será mas precisa porque el cine es un arte de miradas, de ojos que analizan y se conectan con los cerebros, creando una comunidad integrada en otras comunidades…

Esta efervescencia que llena salas con estrenos de películas dominicanas una detrás de la otra y que suscita envidia en los países hermanos de pequeños mercados, merece ser apuntalada con una dosis de cada vez mayor calidad, más variedad temática y la ampliación de la base social que sustenta tan masiva asistencia a las salas.

El espectador es dado a seguir modas sin muchas explicaciones lógicas de manos de las técnicas publicitarias de persuasión, pero estas son bases frágiles que pueden volverse en contra la misma industria.

Los artífices de nuestro cine entre ellos los guionistas, productores y directores harían un gran aporte si se ponen de acuerdo para ofrecer películas de contenido con temas atractivos y gran dosis de diversión garantizada porque la profundidad analítica no esta reñida con la risa ni con una visión optimista de la realidad.

Si el estado dominicano aporta una considerable cantidad de recursos financieros y facilidades, tiene también la obligación de exigir, en el entendido de que dichos recursos no son libres de condiciones, que los aportes hechos en metálico deben ser retribuidos en obras de arte fílmicas emparentadas con su línea de mejorar los aspectos educativos y sociales del pueblo dominicano.

Existe siempre la tentación de manipular, de engañar al espectador mediante la introducción de tramas construidas a base de endebles historias sazonadas con mucha acción, efectos especiales y cuanto truco barato se le ocurra a productores en busca de unos pesos mas, estratagema que alguna veces consigue el efecto contrario porque en vez de atraer repele a quienes pretende engatusar.

Autoregularse siempre ha sido una política apropiada y es lo que Hollywood ha hecho, tomando notas del seguimiento que se da a las opiniones del publico, a los importantísimos índices de audiencia que reflejan los gustos y expectativas de esa gente que asiste a las salas, las visiona en sus casas por medio de los canales televisivos o por otros medios, y que son en definitiva quienes sostienen este negocio.

Los espectadores de nuestro país esperan ansiosos sus reflejos en la pantalla luminosa y desean seguir asistiendo a la danza de luz de una cinematografía cada vez más entretenida, más educativa y más suya.

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