Opinión

Encontrar un cineasta que ame su profesión hasta los extremos de la perfección en el conocimiento de las técnicas de realización, con obras llenas de una sensibilidad muy echada de menos en cierto cine comercial, es una rareza que no abunda actualmente, y si a eso le añadimos un amor incondicional por el arte fílmico , entonces hablamos de Martin Scorsese.

Esa pasión por el cine, por sus historias y los realizadores, actores, en fin, por toda la estructura de la fábrica de los sueños fue cultivada desde su infancia por su padre quien lo introdujo en este mundo de luces y sombras.

Scorsese es un personaje fascinante por si mismo, un narrador dentro y fuera de la pantalla que anda a la caza de filmes para visionar y que devora con su cinefilia habitual.

Una de esas muestras de su pasión la encontramos en Hugo (2011) historia de un niño que adora las películas de George Melies, pionero del cine, todo un poema declaratorio y afectuoso para el arte de las imágenes en movimiento.

Son bien conocidos sus reflexiones y sus análisis acerca de la naturaleza de las técnicas cinematográficas que lo conectan con los cineastas- pensadores de generaciones anteriores y lo convierten en uno de los más grandes directores vivos de este momento.

No estamos en presencia, sin embargo, de un artista amante de la política o del análisis político de lo cual dice no entender nada, pero en varios de sus más famosos filmes, Taxi Driver (1976) historia de un ex combatiente y taxista en New York, durísima visión acerca de la alienación, de la violencia, la prostitución y la política, además de El Lobo de Wall Street (2013) descarnada narración que retrata la corrupción del sistema financiero norteamericano, entonces notamos que este gran cineasta no esta tan alejado de la política como el mismo pretende hacernos creer.

Su acercamiento a las películas ajenas suele ser emocional y desde ahí el construye una teoría que trata de racionalizar su encuentro con ellas desde un punto de vista sicológico, lo que según Scorsese se explica porque el creció en los años cincuenta, y en esa época el cine norteamericano tendía hacia esa corriente de las ciencias de la conducta.

Una curiosidad es que suele ver otras películas cuando realiza las suyas, las mira sin ninguna atención especial porque le ayudan a aclararse, pero en otros casos lo hace de manera interesada buscando la solución a algún problema que tiene en su rodaje.

La cinefilia lo llevo a embarcarse en A Personal Journey With Martin Scorsese Through American Movies (1995), un documental con una mirada muy personal a la historia del cine norteamericano desde la perspectiva de los cineastas que realizaron películas valiosas aunque hoy no gozan del reconocimiento que merecen, opacados bajo el foco de otros realizadores de más renombre, donde él se convierte en un guía para acercar este cine a las nuevas generaciones.

Otro documental en donde encontramos aportes valiosos es en il Dolce Cinema -1999- que pasa por el tamiz de sus recuerdos personales para comentarnos secuencias de las más importantes películas italianas, comentadas por el mismo.

Encontrar un compromiso tan fuerte y un conocimiento tan grande de la historia del cine, con la preservación de obras de todas las épocas o la divulgación de colegas cineastas de otras latitudes no es un ejemplo tan común ni tan extendido en estos días, y por ello Martin Scorsese es reconocido como un sabio en el universo fílmico.

Su militancia lo lleva a declararse admirador de cineastas tanto clásicos como actuales, de autores del sistema Hollywoodense y otros del margen como lo son John Cassavettes, Bernardo Bertolucci, Alfred Hitchcock, Abel Ferrara, Jean Renoir, Orson Welles o Max Ophuls, demostrando una amplitud de miras mucho mayor que otros colegas norteamericanos, y esa admiración también pasa por el análisis de su educadísimo ojo, incorporando los hallazgos estéticos de estos renombrados autores.

El realizador italo-americano bebió en sus años de estudiantes de las vanguardias europeas, y en mucha medida de la Nouvelle Vague, un fenómeno que inicio con gente que se acercó al cine escribiendo y eso lo llevo a convertirse en directores, sirviendo de ejemplo e inspiración a Scorsese.

Un memorioso amante del cine que incluso ha llegado a convertirse en jefe de redacción invitado en un numero de la mitica revista Cahiers du cinema, el 500, cuna de ese grupo de críticos- realizadores como Jaques Rivette, Jean- Luc Goddard, Francois Truffaut, y Claude Chabrol capitaneados por el gran Andre Bazin.

Tema importante en su pensamiento es el dedicado a los jóvenes espectadores, hacerles ver lo valioso de muchas películas antiguas o de ciertas épocas e incluso de directores infravalorados, para superar la noción de desprecio cuando se habla de “películas viejas”, que constituyen una herencia que no debe desaparecer, y no solo las actuales son importantes, porque si perdemos las obras de épocas pasadas, dejaremos irse perspectivas unicas en la historia del cine.

Le preocupa mucho la estrechez del gusto de una parte del espectador actual y desea liberarlo de cualquier sensación de elitismo en la valoración del cine que vemos, de poner en justa medida unas películas con otras, lo que no quiere decir igualarlas, sino de ampliar el campo del gusto de ese sujeto.

Insiste en la conservación de las películas antiguas, en la inversión para cuidar lo que nos queda del cine mudo e ilustra esto afirmando que el 90% del cine estadounidense mudo se perdió, una tragedia que pudo evitarse destinando más recursos a la conservación de este patrimonio invaluable.

Como vemos en este apretado recorrido por la vida cinéfila de Martin Scorsese, el valor de este cineasta se define por la amplitud de miras de su compromiso que no siempre encuentra espíritus tan sabios y con tanto amor por el séptimo arte.

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