Hablan los hechos

Como se ha visto hasta ahora, el pretexto y la justificación para los Estados Unidos ocupar militarmente al país en 1916 fue el incumplimiento a los acuerdos para el pago de la deuda de República Dominicana con la potencia debido a las constantes “revoluciones”, que impedían a los gobiernos ser eficientes en el cobro de los impuestos y en el saldo de sus compromisos crediticios.

Fenómenos que no estuvieron contemplados en la Convención de 1907, donde el Gobierno Dominicano entregaba las aduanas al Norteamericano, como fue el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 y la Revolución bolchevique en 1917 que llevó a los comunistas al poder en Rusia empeoraron significativamente la situación para la pequeña nación caribeña.

Un “Nuevo Orden Mundial” estaba naciendo, por lo que habría que esperar cambios drásticos del poder hegemónico en el hemisferio, lo que necesariamente iba a repercutir en su zona de influencia, que envuelve a República Dominicana.

La política que se conoció como “del gran garrote” para la región, iniciada por el Teodoro Roosevelt en 1901 y continuada por Thomas Woodro Wilson en la Presidencia de los Estados Unidos, se recrudeció para naciones como Cuba, Nicaragua, Panamá, Puerto Rico, México, Haití y República Dominicana.

La división dominicana frente al invasor

El plan aplicado en el país para los objetivos norteamericanos llevó el nombre del gobernante de turno en la nación norteña: Plan Wilson. Como de evitar levantamientos para un control total del territorio se trataba, se procedió al desarme de la población y a la persecución a muerte de quienes se alzaran con las armas contra el nuevo orden, satanizados con el despectivo mote de “gavilleros”.

La Región del Este, precisamente la preferida de los invasores por su llanura fértil propicia para la explotación azucarera, fue donde mayor presencia tuvieron los patriotas revolucionarios tildados de “gavilleros” por la soldadesca yanqui y sus alcahuetes locales.

Entre los comandantes más destacados entre los bautizados por los yanquis como “gavilleros” se encontraban Vicente Evangelista, Ramón Natera, Ramón Baitía, Julio Núñez y Martín Tolete. Un maestro de escuela convertido en guerrillero, Fidel Ferrer, fue detenido por los invasores en San Pedro de Macorís y ejecutado en Hato Mayor, colgando su cadáver de un árbol como escarmiento para la población.

Los patriotas dominicanos, a su vez, capturaron un capitán del Ejército invasor y le dieron muerte, en momentos que regresaba de Higüey. El fenómeno de los campesinos del Este alzados en armas contra la Ocupación Norteamericana aún no ha sido lo suficientemente estudiado por los historiadores y cientistas sociales dominicanos.

Otras rebeliones se registraron el Cibao, como fue la Batalla de la Barranquita. El general Máximo Cabral y sus compañeros murieron enfrentando a los invasores, en tanto que el campesino Cayo Báez fue torturado pegándoles en el pecho una plancha ardiente.

En la región Sur se mantuvo provocándole hostilidades a las tropas norteamericanas el llamado “Dios de los pobres”, Olivorio Mateo, sublevado en las montañas de San Juan de la Maguana. El perfil particular de este guerrillero lo hace digno de una entrega especial.

A casi cien años de la Ocupación Norteamericana de 1916 no se ha pasado balance al número de torturas, ahorcamientos y fusilamientos en masa de dominicanos que se enfrentaron al atropello o por la mera sospecha de colaboración con los alzados. No se salvó ni siquiera el poeta Fabio Fiallo, “El Genial Cantor del Amor”, a quien apresaron y pasearon por las calles de la Capital con su rayada ropa de presidiario.

Por sus orígenes humildes, en una sociedad dividida por castas como “de primera”, “de segunda” y “los de abajo”, los patriotas peleaban sin el respaldo moral de la gente que en las ciudades rechazaba la intervención. Aún así, llegaron a provocarle innúmeras bajas al invasor. La Historia registra que “frente a la invasión, las fuerzas populares levantaron la bandera de la insurrección, y los sectores oligárquicos la conciliación”.

El investigador Franklin J. Franco, en su libro Trujillismo: Génesis y Rehabilitación resalta que entre los primeros pasos dados por el régimen militar para asegurarse el control del país fue “la creación de una nueva fuerza militar dominicana dirigida por oficiales norteamericanos”, lo que era repudiado por la población.

“Se hizo punto menos que imposible, a principio, disuadir a los dominicanos que reunían las condiciones de educación, buena reputación y rango social necesarios, para que entraran a servir como oficiales bajo esta fuerza bajo el mando del gobierno militar”, resalta Franco en una cita de su investigación.

Al hurgar en los orígenes de lo que fuera posteriormente la Era de Trujillo, el autor dice que “entre los que se prestaron a la colaboración con el invasor, muy tempranamente se encontraba, Rafael Leónidas Trujillo. Los primeros servicios que ofreció fueron las persecuciones de patriotas en los campos azucareros del Este, destacándose en este servicio de manera “excelente”, a juicio de las fuerzas militares de ocupación”.

El alto costo del progreso al estilo yanqui

Tal vez inspirados en un cándido nacionalismo, historiadores e investigadores dominicanos han rehusado reconocerle logros a gobierno interventor en lo que tiene que ver con el progreso y el desarrollo del país durante las primeras décadas del siglo XX. No obstante, pese a los abusos contra la población, los desalojos de los campesinos de sus tierras a sangre y fuego, la mordaza a la prensa y el hecho infame de la supresión de la Soberanía, hay que reconocer que el régimen yanqui introdujo al país económica y tecnológicamente en la corriente de modernidad que vivía el mundo.

Gracias al mejoramiento en el cobro de los impuestos y en la administración de los fondos oficiales el gobierno de Ocupación realizó obras de infraestructuras que transformaron el aspecto decadente que mostraba el país en 1916. La Capital Dominicana, aislada durante los más de cuatro siglos de su fundación, pasó a estar comunicada con las regiones Norte, Sur y Este, con el trazado de las carreteras Duarte, Sánchez y Mella, obras del gobierno interventor.

Con ello el gobierno buscaba fomentar la circulación de vehículos en el país, cuyas de importaciones provendrían de la emergente industria automovilística norteamericana. Los ricos dominicanos dejarían los viejos carruajes coloniales y los caballos por el automóvil.

En lo que concierne a la educación primaria, de aproximadamente doscientas escuelas existentes en 1916, ya en el 1920 llegaron a cerca de novecientas, subiendo el alumnado de unos veinte mil a cien mil en todo el país, con elevadas compras de pupitres y levantamiento de infraestructuras educativas modernas.

También se impuso mediante Orden Ejecutiva que la educación era obligatoria desde los siete hasta los catorce años, so pena de prisión para los padres que no cumplieran con esa disposición.

Los interventores crearon la Ley de Sanidad, para establecer un sistema de Salud Pública. “Cabos y sargentos de la Infantería de Marina americana acompañaban a los inspectores de Sanidad en sus visitas domiciliarias, para poner en contravención a cuantos tuviesen depósitos de agua al descubierto, letrinas sin tubo de ventilación, o sin tapa, y baches en los patios”, dice un autor citado anteriormente.

Todavía hoy podría calificarse de revolucionaria la Orden Ejecutiva 168 que obligaba al padre, en primer orden, y a la madre, en segundo, a mantener a cubrir todas las necesidades de sus hijos menores “hayan nacido o no dentro del matrimonio de acuerdo a las necesidades del menor y de los medios que puedan disponer los padres”.

Se estableció que los padres que faltaren a su obligación y persistiesen en su incumplimiento, pasados treinta días de un requerimiento hecho por el Procurador Fiscal donde resida el padre, sufriría una pena no menor de un año ni mayor de dos de prisión correccional “sin derecho a apelación”.

Entre otros elementos, se asumía como una presunción de paternidad las pruebas de cohabitación durante el período comprendido entre los 300 y los 180 días anteriores al nacimiento del niño, dando valor al testimonio de la mujer, salvo prueba en contrario.

Dominicanos ilustres, desde la creación de la República por Juan Pablo Duarte, hasta Ulises Francisco Espaillat, Pedro Francisco Bonó y el puertorriqueño Eugenio María de Hostos, se empeñaron en inculcar a los dominicanos el cumplimiento de los deberes familiares y sociales encontrando el desdén en un medio de violencia y antivalores.

Un fenómeno que pudo haber sido enfrentado por los gobiernos dominicanos, fortaleciendo la educación ciudadana y los valores morales, creando conciencia de la importancia de la familia como parte de la dignidad humana, vino a ser una labor de un régimen interventor, ante la perplejidad de muchos dominicanos decentes que cumplían con esas responsabilidades sin necesidad de que se lo impusiera el garrote yanqui.

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