Opinión

La música urbana es la que nace de las mismas entrañas del pueblo, y que al asumirla en colectivo se convierte en popular, por tanto es parte de la vida cotidiana de los ciudadanos comunes que ven en ella un instrumento para sus descargas emocionales. Su espontaneidad, contrario a la clásica, marca con efluvios callejeros el indiscutible carácter creativo que lleva como germen para explotar con el tiempo como arte puro, capaz luego de influir, como de hecho influye, en la música académica o culta.

La cuestión es que, como la música urbana nace carente del virtuosismo que generalmente poseen los músicos académicos, cuyas producciones se adornan de cierta complejidad en instrumentación y notación, se aprecia como pobre, y los ciudadanos más instruidos la ven como una agresión a la auténtica expresión artística, una apreciación que cambia en la medida que ésta, de diestras manos populares o maestros, va aprendiendo a navegar en el pentagrama con más destreza.

La música clásica es occidental, puramente europea, que comenzó de manera experimental en escuelas del siglo XV, pero que tomó forma y se expandió por el mundo culto del viejo continente dos centurias después. Siguió recorriendo el globo terráqueo alimentándose de otras expresiones musicales. Una de ellas fue el jazz, venido de las raíces mismas de las cadenas de la esclavitud negra en los EE. UU; pero también el melancólico blues, expresión de tristeza que emergía del dolor del látigo y la muerte.

Salvo la música clásica, creada en laboratorios académicos, todos los demás géneros han surgido de la calle, de los sectores marginados y oprimidos de la sociedad para expresar el enojo, la pena y alegría que los tuétanos alojan como combustible del instinto primitivo para la conservación de la vida. En principio la creación popular fue despreciada por los que deciden desde las alturas la forma en que deben expresarse los pueblos, aunque con el tiempo se fueron convirtiendo en parte de las identidades colectivas de las naciones.

Además de jazz, el blues, el rock, y la recitación rítmica conocida como rap; el hip hop y el A&B (Ar and Bi), son géneros que identifican a los estadounidenses, pero vinieron de grupos marginados de la sociedad, como los negros e hispanos. Estos ritmos no eran aceptados, como no lo era el vals en Austria y Alemania, países en que se consideraba música campesina, despreciada por los ciudadanos cultos. Lo mismo podemos decir del tango, reducido en principio a los centros de prostitución, aunque hoy se ha convertido en parte de la bandera albiceleste.

En nuestro país, el merengue era “música de guardia” para bailar en los prostíbulos, hasta que uno de ellos, Trujillo, lo estilizó con músicos de escuela y llevó a los grandes salones; la bachata también, encerrada en las compraventas de sexo, fue rescatada por Luis Días y J L Guerra, quienes le aportaron contenido lírico y una más trabajada notación musical. Nuestros géneros callejeros de hoy, como expresión popular, reflejan la degradación de la moral que nos sirve de referente; sus exponentes son individuos marginados que desnudan los cimientos de los nuevos paradigmas en fallidos intentos artísticos, por eso “tuitié” hace días: “el reggaetón puede ser arte o basura, como el cuchillo puede cortar pan o matar; todo depende de sí se tiene poca formación o se es asesino”.

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