Hablan los hechos

Ferguson, una pequeña ciudad del Estado de Missouri, en el medio oeste de los Estados Unidos, se hizo famosa en todo el mundo en cuestión de días por los acontecimientos que desató la muerte a tiros de un joven negro de 19 años a manos de un policía blanco.

La comisaría del suburbio, que tiene una población de unos 22 mil habitantes con 67 por ciento de negros, dio a conocer la versión de que Darren Wilson, el agente actuante, dio muerte a Michael Brown de varios disparos hechos a corta distancia durante un forcejeo que se produjo mientras éste intentaba su arresto.

Según la policía, integrada en un 95 por ciento por individuos de raza blanca, la víctima tenía antecedentes policiales y acababa de robar una tienda. Testigos del hecho, en cambio, aseguran haber visto cuando Brown se arrodilló frente al agente policial pidiéndole con las manos arriba que “no dispare”, no obstante a lo cual éste avanzó y le dio muerte de varios balazos.

Entretanto, el autor de los disparos estaba de baja con sueldo y en libertad. La jefatura de la policía había decidido no presentar cargo alguno en su contra y se resistía, además, a hacer públicos los resultados de la autopsia.

Indignación generalizada

La difusión por parte de la policía de un vídeo con el que intentaba apoyar su versión de los hechos, pero en el que no se alcanzaba a identificar al joven afroamericano llenó de ira a los habitantes de Ferguson, muchos de los cuales se lanzaron a las calles a protestar protagonizando una batalla campal con la policía, que respondió con gases lacrimógenos y balas de goma.

Ante la gravedad de estos hechos que se escenificaron durante varios días consecutivos, el presidente Barack Obama, que ya había interrumpido sus vacaciones en la isla de Martha’s Vineyard por otros asuntos, intervino para anunciar el envío a Ferguson de su Fiscal General, Eric Holder, con la encomienda de encabezar una investigación de lo ocurrido. En una breve alocución, el mandatario hizo un llamado a la calma, indicando que la violencia socava la justicia, en lugar de hacerla avanzar.

Pero, lejos de amainar, las manifestaciones se recrudecieron. Pese al toque de queda decretado por las autoridades locales se produjeron saqueos y grupos de manifestantes, muchos de ellos llegados de fuera, se enfrentaron a la policía con cócteles molotov y armas de fuego. Fue entonces cuando el gobernador de Missouri, el demócrata Jay Nixon, ordenó el despliegue en la ciudad de la Guardia Nacional, la milicia estatal.

Pese al despliegue de vehículos blindados en toda la ciudad, los enfrentamientos continuaron. Los partes de prensa describían la situación en la ciudad como zona de guerra. El control de la ira racial no se logró sino diez días después de su estallido, fruto del trabajo intenso de Holder, quien se comprometió a presentar los resultados de una investigación federal “imparcial e independiente” a un jurado de 12 miembros que se escogerían para determinar si el agente policial actuó o no incorrectamente. También fue determinante el trabajo de Ronald Johnson, el capitán de la Patrulla de Carreteras de Missouri designado para hacerse cargo de la situación en Ferguson ante el fracaso de la policía local. Johnson, que es de raza negra, creció en el lugar y lo conoce a la perfección. La violencia cedió, pero las manifestaciones de protesta pacificas han continuado, escenificándose también en otras ciudades norteamericanas como Nueva York y Washington.

Hablan las estadísticas

Los sucesos de Ferguson no son un hecho aislado. Poco antes del asesinato de Brown, un ciudadano negro desarmado fue muerto a tiros por un policía en Los Ángeles, mientras otro era ahorcado por un agente cuando lo arrestaban por vender cigarros de marihuana en Nueva York. La lista de casos de brutalidad policial asociada al odio racial es bastante amplia. Los más sonados de estos, como el del profesor de Harvard Henry Louis Gates, arrestado por irrumpir en una casa que resultó ser la propia, o el de la muerte del adolescente Trayvon Martin en La Florida, cuyo agresor fue exonerado de responsabilidad, se traen a colación a propósito de lo ocurrido en Ferguson para ilustrar lo que se califica de violencia racial institucional y sistémica enraizada en la sociedad norteamericana.

El 70 por ciento de los afroamericanos se sienten ciudadanos de segunda. Y las estadísticas respaldan esta percepción: por cada dos blancos en prisión, hay once negros (los cálculos dicen que un negro tiene seis vece más posibilidad de ir a prisión que un blanco); las penas impuestas a los negros son 20 veces más largas que a los blancos por la comisión del mismo delito; el 36 por ciento de los arrestados por droga y el 46 por ciento de los condenados a penas de cárcel por este delito son de raza negra, a pesar de constituir solamente el 13 por ciento de los que usan sustancias prohibidas; dos millones 200 mil afroamericanos tienen suspendido el derecho al voto de por vida por la comisión de algún tipo de delito; la tasa de desempleo de los blancos es de 5,3 por ciento, y la de los negros 11,4 por ciento; dos de cada tres negros van a la cárcel en algún momento de su vida; los afronorteamericanos asisten a las escuelas inferiores y peor atendidas de la unión americana y son suspendidos o expulsados tres veces más que los blancos; los blancos tienen seis veces más riquezas que los negros, en promedio; el 73,4 por ciento de los blancos tenía casa propia en el 2013, pero en el caso de los negros esa cifra llegaba sólo al 43,2 por ciento.

La muerte del jovencito afroamericano en Ferguson es una más de las tantas manifestaciones de violencia, humillación y exclusión que a diario se producen en la sociedad norteamericana por motivos raciales. Y lo peor de todo son los mecanismos que allí existen para disimular y mantener tan grave situación.

El propio Barack Obama ha dicho que todos los negros en Estados Unidos han sentido alguna vez que se les vigila al entrar a una gran tienda. A su vez, el designado por el presidente para apaciguar los ánimos en Ferguson, Eric Holder, el primer negro en ocupar el puesto de Fiscal General, cuenta con amargura cómo en una ocasión fue humillado por la policía de carretera cuando se dirigía a un cine con su primo por el barrio de clase alta de Georgetown, en Washington. La patrulla que los detuvo quería saber qué buscaban dos negros por el lugar, hacia dónde se dirigían.

Sin embargo, la impotencia de estos dos negros hoy en puestos claves gracias a una particular coyuntura que generó la inconformidad de negros y blancos que reclamaron acción ante la mayor crisis económica en 80 años, la limitación de ambos para actuar a favor de su propia gente, resulta más que evidente. Esa fue la señal que mandó Barack Obama cuando quiso reducir a la categoría de discusión entre fanáticos del béisbol el incidente en el que fue humillado el profesor Henry Louis Gates al invitar a este y a su agresor a “una cerveza” en la Casa Blanca.

Quizás por esto los habitantes de Ferguson desoyeron el llamado de Obama a la calma, porque mientras el presidente reconocía que existían razones suficientes para la indignación, al propio tiempo la ciudad era totalmente militarizada.

La gravedad del caso Ferguson

Una autopsia independiente practicada al cadáver del joven Brown a petición del padre deja mal parada la versión policial: el cuerpo presenta cuatro impactos de bala en el brazo, uno más en el cuello y otras dos en la cara y en la cabeza. La secuencia de las lesiones sugiere que las últimas fueron las de la cara y la cabeza, por lo que la conclusión lógica parece ser que el muchacho, ya herido, sufrió dos tiros de gracia. Los disparos no se produjeron a corta distancia como sostenía la policía.

Quiere decir que no solo hubo un caso de salvajismo policial, de ejecución extrajudicial, sino también de un claro esfuerzo por encubrirlo, que es todavía más grave. Que en la dotación policial de una ciudad no existan mecanismos institucionales de investigación de las actuaciones de sus agentes a fin de evitar excesos y corregir desviaciones, garantizando de tal forma que los responsables de hacer cumplir la ley no se dediquen a violarlas sistemáticamente, es un hecho sumamente grave.

Más aún, que un cuerpo policial considere como aceptable un hecho tan deleznable como el asesinato y fabrique pruebas para encubrirlo, actuando así cual verdadera asociación de malhechores, y todo ello movido por el odio racial, es una situación que obviamente raya en el primitivismo.

Peor todavía, que lo ocurrido en Ferguson sea tan solo la expresión de un sistema de discriminación estructural que opera como mecanismo asegurador de la supremacía de un grupo racial, aun a costa de muertes, humillaciones, exclusiones y maltratos de todo tipo es algo altamente indignante, legítimamente “sublevante”.

Todo apenas comienza

No cabe duda de que la enfermedad del racismo que ha salido a la luz en Ferguson motorizará grandes cambios en este país, sobre todo porque existen serios indicios que permiten hablar de “recaída”.

Para nadie es un secreto que en las grandes ciudades norteamericanas existen distritos habitados exclusivamente por individuos de una u otra raza y que entre estos distritos existe una línea de separación tácita que no se recomienda cruzar, sobre todo en la oscuridad, a representantes de otra raza. Si se viola la regla en el área blanca el infractor será detenido por la policía. Si es el blanco el que cruza al gueto negro, será atacado o, en el mejor de los casos, insultado.

Los contrastes entre las zonas habitadas por negros y blancos son evidentes. Las inversiones en los guetos negros son escasas, propiedades allí se revalorizan menos, la calidad de vida es inferior y las oportunidades más limitadas que en cualquier otra zona.

La situación de marginalidad y pobreza que afecta a los afroamericanos genera entre estos problemas sociales adicionales. Por ejemplo, el 72 por ciento de los estadounidenses negros nacen fuera del matrimonio, mientras entre los blancos esa cifra solo llega al 29 por ciento.

Tras años de disminución paulatina, la segregación racial en este país padre del apartheid (no se olvide que la población nativa fue obligada a vivir en reservaciones) sigue siendo alta. Y hoy a muchos preocupa lo que se considera un repunte.

Ferguson se ha encargado de poner en evidencia hasta dónde han crecido en Estados Unidos las tensiones raciales como producto del debilitamiento de las políticas para reducir las brechas entre distintos sectores de la población que se produjo bajo la influencia de las ideas neoliberales, sobre todo, luego de la caída del bloque socialista.

Las políticas anti terroristas diseñadas por Estados Unidos luego de los atentados del 11 de septiembre han incluido medidas de control interno que limitan en la práctica ciertas libertades y han hecho más vulnerables a los ciudadanos, sobre todo a las minorías, frente a la actuación de las entidades públicas responsables del orden y la seguridad, aunque no fuera ese el propósito.

Además, la crisis económica ha afectado severamente a la población en general, pero más a los grupos minoritarios. Y todo indica que la situación de esta parte de la población se irá agravando con el paso del tiempo, pues la aplicación de políticas sociales para mejorar su situación se hace cada vez más difícil, como lo evidencia el hecho de que todas las iniciativas del presidente Obama en el ámbito de los impuestos, seguro de salud, educación, etc., han sido bloqueadas en el Congreso por los sectores conservadores que las han declarado “racistas”, pues según ellos, solo persiguen favorecer a los negros.

Entretanto, un notorio proceso de “militarización” de la policía ha estado en marcha en Estados Unidos en los últimos años, el cual se puso de manifiesto a raíz del atentado del maratón de Boston, en abril de 2013, y más recientemente en Ferguson, con el despliegue de vehículos blindados, el uso de armas de grueso calibre y otros equipos de guerra. Digamos, de paso, que los acontecimientos de la pequeña localidad de Missouri demuestran la inefectividad de esta medida con lo que sólo se ha pretendido favorecer a los vendedores de equipos militares con un plan de adquisiciones por un monto superior a los cinco mil millones de dólares.

Ferguson ha demostrado también que la presencia de un negro en la Casa Blanca incapaz de revertir una situación cuya existencia el propio mandatario admite, pone en evidencia el poder del sistema de discriminación y se convierte en motivo de ira. Que las protestas se recrudecieran luego del discurso del presidente llamando a la calma parece demostrarlo.

Como resultado de todo esto la percepción de Estados Unidos como el país de las oportunidades para todos parece haber llegado a su fin. Esa percepción, en un contexto caracterizado por la discriminación por motivo de raza, tiende a generar un caldo de cultivo favorable a grandes convulsiones sociales, que cualquier hecho pudiera desatar a escala general.

De ahí que muchos comiencen a hablar ahora de la posibilidad de que Estados Unidos tenga pronto su propia primavera. Es cuestión de tiempo, nos dicen, para que la gran potencia del norte de América tenga su “meidán, pues mientras la población blanca se reduce, la negra va en aumento.

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