Hablan los hechos

Con obras públicas en marcha ejecutándose en todo el país crecieron las fuentes de trabajo para los dominicanos, muy especialmente en las carreteras, multiplicándose a su vez la producción agropecuaria, las ventas de bienes y servicios, en síntesis, se dinamizaba toda la economía nacional, lo que daba una aceptación envidiable al gobierno del Presidente Horacio Vásquez.

Se recuerda que meses después del ascenso del primer gobierno tras la salida de las tropas norteamericana reinaba en el país “una extraordinaria prosperidad”, debido a que la realización del programa de obras públicas hacía circular dinero en abundancia, junto a los altos precios alcanzados en el mercado mundial del café y el cacao dominicanos.

Un cáncer peligroso sin embargo, las divisiones y subdivisiones reinantes en el mismo seno de las organizaciones que ascendieron al poder en 1924, por ambiciones desmedidas y extemporáneas de poder, creó el caldo de cultivo para que no pocos entendieran que el país necesitaba de “un hombre fuerte”, que pusiera orden dentro del desorden y garantizara la continuación del progreso que experimentaba ya la sociedad dominicana.

Los seguidores del vicepresidente Federico Velázquez hacían una oposición cada día más rabiosa contra el gobierno del Presidente Cáceres, sin que su líder hiciera el menor esfuerzo para que sus acólitos, subversivos algunos, asumieran posiciones más acorde con el accionar político en una democracia. La manzana de la discordia había sido precisamente la Convención que permitió al gobierno el empréstito con el que dinamizó al país económicamente.

“Las relaciones del Gobierno con el partido de Velázquez iban de mal en peor, después de aprobada la Convención. Apenas se veían el Presidente y el Vicepresidente en las ceremonias oficiales, tratándose con fría cortesía. Los partidarios de ambos combatíanse como adversarios, en espera de las próximas luchas electorales”, dice en sus memorias Luis F. Mejía, quien fuera diputado del Partido Nacional.

Pone como ejemplo de la tirantez un discurso pronunciado por Velázquez en presencia del Presidente Vásquez durante el acto inaugural del canal de irrigación del río Yaque del Norte el 30 de marzo de 1926, en el que cuestionó con términos mordaces la obra gubernamental.

“Dijo que era contrario a la irrigación, porque aún existían en el país tierras fértiles por cultivar. Atribuyó la iniciativa de regar Monte Cristi al gobierno de Cáceres. Don Horacio sufrió una gran incomodidad al oírle, retirándose con fuerte jaqueca. Ese día nos dijo a sus allegados: ¡Eto no puede continuar!”, añade Mejía.

En lo adelante, la actitud del viejo caudillo fue la de terminar la alianza con Velásquez. Al corroborar con el Presidente, cortesanos de su entorno entendían que no debían mantener en el gabinete a dos ministros “y en los cargos públicos un 30 por ciento de empleados de aquel partido, mientras se nos combatía sin tregua y se obstaculizaba la labor gubernativa”.

Años después, cuando el fenómeno en incubación emergió con todo su poder desde de las sombras, los mismos que aconsejaron el rompimiento entre las fuerzas de Vásquez y Velázquez se lamentaban amargamente de esa decisión. No faltaron quienes, desde el exilio o el ostracismo, escribieran que romper la alianza fue un grave error, al valorar que el Vicepresidente “con su molesta intransigencia, era un contrapeso a muchas ambiciones, incluso a los ulteriores propósitos continuistas del propio Horacio Vásquez”.

Tardías lamentaciones de políticos desplazados del poder llegaron a reconocer que Velázquez “con su fiscalización de los actos del gobierno y su entereza en decir responsablemente la verdad, era un obstáculo para los negocios ilícitos y para el peculado de los funcionarios públicos”. Refirieron que el alejamiento de Velázquez provocó que se desataran “muchas ansias de lucro fácil, y no tardaran en aparecer los primeros síntomas de desmoralización en las esferas administrativas”.

El brigadier Trujillo entra en escena

Con grados de oficial ganados en la persecución a los combatientes dominicanos contra la Ocupación en el Este del país, calumniados como gavilleros, ascendido a capitán por el gobierno interino del empresario azucarero Juan Bautista Vicini Burgos en 1922, y a teniente coronel por el Presidente Vásquez en 1924, al producirse la ruptura con el velazquismo ya Rafael Leónidas Trujillo Molina era general de brigada, jefe del Ejército Nacional.

Astuto y con gran sentido de la oportunidad, Trujillo aprovechó la irreconciliable pugna entre los viejos aliados para denunciar “imaginarias conspiraciones” y separar de las filas del Ejército a todo oficial que oliera al velazquismo sustituyéndolo por incondicionales a su persona y sus proyectos.

Concomitantemente, muchos de los puestos que ocupaban en el gobierno los seguidores del Vicepresidente pasaron a manos de correligionarios del licenciado Francisco J. Peynado, quien fuera el competidor de Vásquez en las elecciones de 1924. Los peynadistas tuvieron éxito fomentando la división entre horacistas y velazquistas al tiempo que cultivaban la amistad con el cada vez más influyente jefe del Ejército.

En 1927 Trujillo obtuvo del gobierno fondos ascendentes a medio millón de dólares para cubrir gastos del Ejército que de acuerdo con diputados de entonces fueron a parar a sus arcas personales. Los legisladores pidieron que antes de hacer la erogación se realizara una investigación sobre el destino de los fondos, lo que fue desoído por el Presidente Vásquez, quien “no quería disgustar a Trujillo, por creer ciegamente en su fidelidad”.

Trujillo hizo publicar en los cuarteles letreros calificando como “enemigos del Ejército Nacional” a los diputados que pidieron la investigación. Ante la queja de los legisladores, Vásquez dispuso el retiro de los escritos, pero no hubo olvido ni perdón para quienes osaron cuestionar las acciones del jefe militar.

Continuismo de Vásquez radicaliza las pasiones políticas

Un intelectual de reputado nacionalismo, Enrique Apolinar Henríquez, alborotó las avispas con un artículo publicado en Listín Diario al inicio de 1927, en el que advertía que de acuerdo con la Constitución vigente, aprobada en 1908, el período del Presidente Vásquez era de seis años, y no de cuatro como se contempló en el Plan de Evacuación para el retiro de las tropas norteamericanas.

Lo extraño para mucho fue que el planteamiento venía de un intelectual sin vínculos con el gobierno y su partido. Incluso, encontró la contradicción de otro nacionalista furibundo, el también intelectual Américo Lugo, quien en una serie de artículos publicados en el periódico Patria del los días 12 de marzo, 16 y 23 de abril, 4 y 18 de junio de 1927 argumentó que no podía invocarse la Constitución de 1908, debido a que había sido sustituida por el mismo Plan de Evacuación que aprobó las elecciones de 1924 para escoger un gobierno de cuatro años.

Lo cierto fue que los horacistas tomaron en serio los planteamientos de Henríquez y trabajaron hasta lograr la prolongación del período gubernativo hasta el 1930. Lugo vio en esas maniobras una intención de “que el general Vásquez no baje nunca del solio”, conscientes sus seguidores de que “la desaparición del general Vásquez del escenario político lo destruiría, como le ocurrió al jimenismo con la renuncia de Jimenes (Juan Isidro)”.

Con la utilización de todos los recursos del poder se impuso, constitucional y legalmente, la prolongación hasta el 1930 el período del Presidente Vásquez, y más aún, sus seguidores comenzaron a trabajar por su reelección en los comicios del mismo año.

Lugo le recriminaba al Presidente que después de haber sido un antirreeleccionista de toda la vida, haya claudicado en afán continuista. “Una de las reformas que él, como revolucionario, perseguía, era la reducción del período presidencial de seis años a cuatro. Y ahora resulta que permite que se trate de cumplir en él, en beneficio personal de él, un período presidencial cuya duración excesiva trató de restringir con las armas en la mano porque la consideró un mal para la República”, refería Don Américo.

Y seguía con su pluma urticante en el periódico Patria: “Cualquiera que sea su respeto por una Constitución en cuya violación incurrió como candidato a la Presidencia, su decoro como revolucionario propugnador de la reducción del período presidencial a cuatro años debe obligarle hoy, en su calidad de Presidente de la República, a propugnar con el ejemplo, con el sacrificio de sí mismo, por la reducción”.

Con su moralismo radical, Lugo le sentenciaba al Presidente Vásquez que ninguna ley “o precepto constitucional puede sujetarle al poder por un período mayor que el de cuatro años. Ninguna ley le obliga a permanecer en un puesto cuando la conciencia le manda respetar como hombre las reformas que como ciudadano amparó”.

Poca atención prestó el caudillo Vásquez, evidentemente, a las palabras de Lugo. Los tiempos políticos habían cambiado, tanto, que su rival en las elecciones del 1924, Francisco J. Peynado, había pasado en agosto de 1929, a ser su ministro de relaciones exteriores, mientras Velázquez, su compañero de boleta, era su adversario más implacable. Volvía a darse la expresión: el amigo de hoy es el enemigo de mañana.

Pugnas soterradas se daban entre sus seguidores por una eventual sucesión del liderazgo, en las que hasta su esposa Doña Trina de Moya intercedía a favor de sus preferidos. Su jefe del Ejército, en quien confiaba ciegamente, no desperdiciaba la menor intriga para aprovechar las diferencias en sus proyectos de poder.

Con motivo del cumpleaños del Presidente Vásquez el 22 de octubre de 1929, se organizó una concentración en la explanada frontal de la Mansión Presidencial, con la representación de un orador por cada provincia, en la que solicitaban la autorización del gobernante para postularlo con candidato en los comicios de 1930. Se trataba de un homenaje en conmemoración de su natalicio que al viejo le caía como una sublime serenata.

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