Opinión

El último debate de cara al balotaje entre Dilma Rousseff y Aécio Neves se organizó el viernes en la noche, a poco más de 24 horas de abrirse las urnas en todo Brasil; el match se produjo en medio de la serenidad que las últimas encuestas daban a los militantes y dirigentes petistas, envueltos en una campaña que se tornó tormentosa cuando un accidente de avión arrancó la vida a Eduardo Campos, candidato del Partido Socialista de Brasil, PSB, quien al momento del siniestro no representaba amenaza para la presidenta y el que finalmente se coló en la segunda vuelta.

Neves había sido relegado a un tercer lugar con la muerte de Campos que apenas marcaba un 8% en las preferencias del electorado, de acuerdo a todas las mediciones hechas hasta el día de la tragedia. El duelo nacional entregó una compasiva popularidad a Marina Silva, la segunda a bordo en la fórmula del PSB que, convertida en candidata, llegó casi a sacar de competencia a Neves, y a empatar luego y superar después a la candidata del PT.

Pero Silva comenzó a «marinar», un «verbo» que se desprendió del nombre de la candidata como consecuencia de sus excesivas contradicciones discursivas y sus constantes mudanzas partidarias, y que hoy emplean los brasileños para describir a una persona incoherente, zigzagueante, que se muda de ideas con facilidad. Este síndrome, sin embargo, pareció apoderarse del electorado que a partir del escenario creado por el accidente aéreo comenzó a dar señales tan indescifrables que las firmas encuestadoras no podían presentar un cuadro electoral con proyecciones confiables.

Así pues, entre las altas y las bajas de los candidatos, como resultado del «marinamiento» colectivo, Silva, inflada por las razones que expusimos, se desinfló hasta quedar fuera de la competencia. La antigua militante de izquierda, asumida por los sectores conservadores, que presentó un programa de gobierno que en lo económico era abiertamente neoliberal y en lo social progresista, un extraño invento que no podía explicar, no pudo avanzar para darle caza a su antigua compañera de partido, y Aécio retomó el segundo lugar en las preferencias electorales para disputarle la Presidencia a Dilma, zarandeada por el estancamiento de la economía, escándalos de corrupción y una prensa en manos de una oligarquía que no quiere al PT.

Aécio, del Partido Socialista Democrático del Brasil, PSDB, llegó a este debate con desventaja de entre 5 y 8 puntos porcentuales a embestir, confiado en que sus ataques, en combinación con una campaña mediática de último momento que pretendía ligar a la presidenta y a Lula, líder del PT, con los supuestos actos de corrupción en Petrobrás, podrían provocar un «marinamiento» colectivo final que le permitiera alzarse con las elecciones.

No sólo atacó en el debate, sino que hizo galas del dominio escénico con una sonrisa permanente que contrastaba con una Dilma de cara dura y movimientos toscos que, sin embargo, supo compensar con la fuerza, profundidad y contundencia de sus argumentos. «Los acusados de corrupción de mi gobierno fueron procesados en mi administración y están presos, ustedes promovieron la impunidad». Y así, con datos imbatibles como el de que 42 millones de brasileños han salido de la pobreza en los gobierno del PT, dejaba a Aécio dando vueltas entre consignas y promesas vacías. Al día siguiente las 4 encuestas publicadas favorecían a la candidata, lo que se confirmó el domingo con el anuncio de su reelección.

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