Opinión

El título de nuestro artículo podría parecer una reflexión económica, más no es así, ya que los hábitos de consumo de la población mundial, deben estar más relacionados a los recursos naturales y su sostenibilidad, que a indicadores económicos, que aunque nos dan una idea de la evolución de la economía de una nación, no toma en cuenta la resta que hacemos de los recursos que posee cada territorio.

Hay dos indicadores económicos que nos dicen cuanto consume y cuanto ahorra una sociedad, nos referimos a la propensión marginal al consumo y la propensión marginal al ahorro; partiendo de estos, los estudiosos de la economía suelen determinar cuanto ahorra o consume de su producción una sociedad.

Como resultado de medir la propensión al ahorro y al consumo, se puede colegir algunos aspectos concernientes al tipo de sociedad; los extremos en ambos indicadores son nocivos, una sociedad que consuma todo lo que produce tiene altos niveles de vulnerabilidad, ya que sus miembros poseen pocos recursos para hacer frente a las contingencias; igualmente una sociedad que ahorre todo lo que produce, tiende a presentar bajos niveles de aprovechamiento de los bienes que genera, ya que los recursos que se producen, al ir a los bancos, no son generadores de otras actividades productivas.

Esta es una noción básica, en términos económicos, de lo que ocurre con el ahorro y el consumo en una sociedad; ahora bien, que está sucediendo en términos ambientales con los actuales niveles de consumo que tiene el mundo? Sencillo, los que habitamos este mundo estamos demandando más de lo que necesitamos para vivir y más de lo que la tierra nos pueda dar; estamos sobre explotando los recursos naturales y no le estamos dando el tiempo de reposición que requiere la naturaleza.

Según el estudio “La huella del desperdicio”, elaborado por la FAO, 1300 millones de toneladas de alimentos se pierden cada año, con un valor de US$750,000 millones, que su producción conlleva la emisión de 3,300 millones de toneladas de gases de efecto invernadero (GEI); lo que sería suficiente para alimentar a las 850 millones de personas que pasan hambre en la actualidad. Esto definitivamente es una barbarie.

La medición del desperdicio se dividió en 2 etapas: la agrícola; de producción, recolección y almacenamiento, y la etapa de procesamiento, distribución y consumo. En los países de ingresos bajos, el mayor derroche se produce en la primera etapa, mientras que los países de ingresos medios y altos tienden a tener mayor desperdicio en la etapa de distribución y consumo.

Según estudios realizados, el comportamiento de consumo de los seres humanos y la tendencia de nosotros, de comprar más de lo que necesitamos y almacenar alimentos que muchas veces terminan en al zafacón, vienen como parte de un proceso de conducta inducida por la forma de vida de los pobladores nómadas, que tenían que buscar el alimento día por día, lo que motivaba a sus cuerpos a hacer reservas de energías extras y esto a su vez nos indujo a también tratar de hacer reservas en las despensas.

Aunque existen diferencias abismales entre el consumo general de los ciudadanos de países desarrollados a los de países subdesarrollados o en vía de desarrollo, es preciso aclarar que la tendencia instintiva de cualquiera de nosotros, es a demandar más de lo que necesitamos para vivir.

Esta tendencia heredada y a la vez fomentada por las técnicas del marketing, están generando una presión sobre los recursos naturales que la tierra no está en capacidad de resistir y son cada vez más extremas las manifestaciones de sobreexplotación que podemos apreciar en el ambiente que nos rodea.

Cada vez más estamos siendo bombardeados por campañas que nos inducen a consumir de forma irracional, generando muchas veces entre los consumidores lo que se le llama disonancia cognitiva del marketing; que no es más que las ideas contrarias que surgen en una persona, entre la compra de algo y el pensamiento de si adquirió un producto bueno o que realmente necesitaba.

Sería suficiente con hacer un pequeño ejercicio de memoria para que nos podamos dar cuenta de esto; traten de recordar cuantos celulares ha tenido en su vida, cuantos juguetes plásticos o de metal tuvimos en nuestra niñez o cuantos jabones y detergentes requerimos en la actualidad; todas esas cosas requieren de recursos naturales y la mayoría de ellas fueron a parar al cesto de basura, teniéndose que repetir, una y otra vez, el ciclo de demanda de los recursos requeridos para fabricar esos bienes.

Cada vez que usamos un producto estamos demandando algo de la naturaleza, y por ende fijando una huella ecológica que describe perfectamente como es nuestro comportamiento, nivel social y el grado de conciencia ambiental de un ciudadano; al igual que hoy podemos definir, por los desechos históricos, como eran los hábitos de consumo de nuestros antepasados, las generaciones venideras podrán determinar cómo nos comportamos nosotros en ese aspecto.

El gran reto de los ciudadanos de hoy día está en saber demandar las cosas que verdaderamente necesitamos, en no caer en la trampa que nos pone la competencia social, en formar a nuestros hijos con valores y menos apegados a las cosas materiales, a saber hacer un uso racional y sostenible de los recursos y a entender que una sociedad o persona no deben ser valorados por sus niveles de consumo, sino por la capacidad que tengan de usar lo que verdaderamente necesitan y preservar lo demás, porque de la misma forma que nosotros encontramos recursos, cuando Dios nos trajo al mundo, las generaciones venideras también esperan encontrar.

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