Opinión

Hace 25 años aconteció un suceso que abrió un nuevo capítulo en la historia de la humanidad. La caída del Muro de Berlín es considerado el momento que marcó el inicio del fin del régimen soviético, de la lucha ideológica que asedió al mundo desde el fin de la II Guerra Mundial y la apertura de Europa del Este a los procesos democráticos, al capitalismo y a la integración global.

Desde entonces, los actores más involucrados en la existencia del Muro continúan con una influyente posición geopolítica. Rusia ha recobrado su sitial geoestratégico, a partir de la explotación de sus recursos naturales; mientras que Estados Unidos ha mantenido su posición de mayor potencia mundial, a partir de la creación de alianzas con otros sectores geoestratégicos.

A pesar de ello, la globalización y el desarrollo económico de los últimos 25 años, ha permitido el surgimiento de otros actores con poder político y económico. Alemania se perfila como la potencia que lidera el bloque de una Unión Europea de gran importancia; China parecería surgir como la próxima gran potencia mundial; países de América Latina y África forman alianzas que fortalecen sus mercados, garantizan la democracia y generan desarrollo a su pueblo.

A un cuarto de siglo de la caída del Muro, el mundo ha aprendido lecciones en cuanto a la tolerancia, el debate de las ideas y, sobre todo, el respeto a la humanidad. El apartheid, el genocidio en la ex Yugoslavia, los sucesos en Ruanda y en Sudán, son acciones que, a partir de la caída del Muro, eran imposibles de ocultar, y al ser develadas ante el mundo, fueron condenadas por una raza humana que ha comprendido que su capacidad de aportar a un mundo mejor no está limitada al espacio que ocupa geográficamente.

La caída del Muro marcó el inicio de la construcción de los ciudadanos globales, aquellos que no viven de espaldas a lo que sucede en otro país que no sea el suyo. Claro está, la tecnología y los procesos propios de la globalización, han sido los canales y herramientas para esta actitud de solidaridad global.

Hoy en día, el mundo parece ser de todos. Es por ello que la comunidad global – al margen de los Estados y Gobiernos – condenó los sucesos de la Primavera árabe, de la guerra civil de Siria, los actos de violencia contra mujeres y niñas en varios países del mundo, como ha sido el caso de Malala. Y es, también, la razón por la cual los sucesos políticos y sociales de cualquier país nos interesan tanto.

Hace 25 años cayó un Muro físico, cayeron el cemento y las verjas; y con ellos las barreras ideológicas y culturales que dividían a seres humanos.

La caída del Muro nos ha enseñado que en un mundo globalizado, la integración entre los países es necesaria para el desarrollo económico y social. Más aún para países como el nuestro, que se sustentan en la capacidad de sus ciudadanos, y no en los recursos naturales o en la posición geográfica.

Esa integración nos somete a organismos de supervisión supranacionales, los cuales, por estar conformados por seres humanos, a veces están prejuiciados. Sus decisiones y opiniones nos conminan a ejercer nuestra capacidad de convencimiento a partir de argumentos, evitando acciones que nos aíslen ante la comunidad internacional.

Prescindir de ellos es cuestionar la existencia de una comunidad global. En un mundo globalizado, no podemos construir nuevos Muros, al contrario, debemos continuar destruyendo los que aún existen, que impiden a otros países integrarse a la aldea global.

Como afirmó la Canciller alemana, Ángela Merkel, en los actos del pasado 9 de noviembre: “La caída del Muro nos demuestra que los sueños pueden hacerse realidad y que nada tiene por qué seguir como estaba, sin importar lo altas que sean las barreras”.

Aunque el Muro cayó hace 25 años, aún persisten amenazas a la paz mundial. El escenario actual nos debe preocupar, ante las advertencias que hacen figuras mundiales, en cuanto a la posibilidad de una nueva guerra fría entre EEUU y Rusia; la cual, a todas luces, disminuiría el avance y desarrollo que ha experimentado el mundo en los 25 años que sucedieron a la caía del Muro de Berlín.

Por suerte, la educación y los medios de comunicación, especialmente el Internet, alivian el panorama para la comunidad global. El aumento drástico de la conciencia política universal dificulta la ocultación de las desigualdades y las injusticias, lo cual, seguramente, evitará una nueva Guerra fría y detendrá la construcción de nuevos Muros.

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