Opinión

Como Leonel Fernández terminó su presidencia con un respaldo popular de un sesenta por ciento, muy pocos meses después asistimos al inicio una campaña mediática impulsada por quienes siempre le han adversado con la finalidad de desprestigiarlo en lo personal y en su obra de gobierno.

No concluía el año 2012 cuando en redes sociales y medios de comunicación se pretendía confundir a la opinión pública con la acusación de que Leonel había sumido al país en un “hoyo fiscal”; no sólo se exageraron los números del déficit fiscal, pues sus detractores nunca aclararon que en sus cifras se incluían los subsidios obligados al Banco Central y al suministro de electricidad, sino que además convirtieron el déficit en un fraude fiscal, que obligaba a traducir a la justicia a su responsable.

Demás está decir que Leonel fue víctima de una campaña sistemática de calumnias y denuestos: lo sometieron ante la justicia por desfalco y lavado de activos, y aunque la querella fue desestimada por la fiscalía, la decisión fue recurrida instancia tras instancia hasta ser conocida por la Suprema Corte de Justicia, que terminó por rechazarla de modo categórico; lo pretendieron crucificar con artículos injuriosos y mensajes electrónicos; se le hicieron “juicios populares” para condenarlo por corrupto; se llamó a la población a protestar en las plazas y a este llamado concurrieron unos cuantos dirigentes de partidos de oposición y de organizaciones no gubernamentales que se ocuparon de gritar a todo pulmón contra el pretendido desfalcador de la cosa pública; y, lo peor de todo, recurrieron al escrache, un tipo de manifestación en la que un grupo de personas, supuestamente de la sociedad civil, se dirige al domicilio o lugar de trabajo de alguien para acosarlo, y hasta agredirlo, si es posible, y es así como vimos, por primera vez en la República Dominicana, como grupos de desaforados eran llevados a las puertas de la Fundación Global, Democracia y Desarrollo, para vociferar improperios, lanzar objetos contra su fachada y hasta de asaltarla, si los hubieran dejado.

La verdad a la postre siempre resplandece. Ya, para finales de 2013 la vocinglería se había acallado, lo relativo al déficit fiscal se había debidamente esclarecido, no sólo como respuesta a las falsas imputaciones, sino como declaraciones e informes económicos suministrados por las mismas autoridades nacionales, y Leonel Fernández continuaba, ahora desde su vida privada, ofreciendo sus servicios a la Nación. La campaña de desprestigio había terminado por desacreditarse y en las encuestas de opinión pública que se realizaban periódicamente por fuentes independientes, el ex–presidente iba paulatinamente incrementando su popularidad hasta el punto que en la última investigación efectuada por la Gallup figuraba ya con un cuarenta y cinco por ciento de apoyo, que si a este respaldo se le sumaban los indecisos superaba la barrera del cincuenta por ciento y las próximas elecciones de 2016 las ganaría en primera vuelta.

Esta robusta popularidad, mientras la oposición se fracciona, ha asustado a los adversarios. Las elecciones generales de mayo de 2016 se aproximan, por consiguiente, hay que volver a la carga, hay que reiniciar la campaña de desprestigio, pero su desesperación es de tal naturaleza, que ahora no bastan las calumnias y denuestos por medios de comunicación y redes sociales, es necesario la persecución y el acoso, hay que atacar la persona de Leonel Fernández en los escenarios a donde éste concurra, gritarle improperios, levantar cartelones injuriantes, lanzar huevos y escupitajos contra sus acompañantes.

El escrache de nuevo en la palestra. La furia contra Leonel Fernández. Como sucedió en Nueva York y como pretendieron hacerlo cuando éste se apersonó a un hotel para ofrecer una conferencia a un nutrido grupo de empresarios. Leonel y sus seguidores no deben defenderse contra estos métodos fascistas, pues si lo hacen serán turbas y paleros que agreden a la democracia. En cambio, “honorables” son los que van a Funglode a protestar y agredir y los que se apersonan a una actividad privada con fines confesos de hostigar y vejar.

Quienes así proceden buscan condicionar a la opinión pública, pero el refajo se le ve de lejos. A Leonel Fernández hay que desmeritarlo para bajarle la popularidad y ya no sólo se contentan con acciones judiciales, insolencias y ultrajes, sino que ahora recurren al acoso personal. Pero este pueblo conoce y aprecia la obra de gobierno realizada por Leonel Fernández y esas acciones no lo confundirán. Los vientos soplan cada día más fuerte y lamentablemente para sus adversarios, mientras más calumnian más acercan a la presidencia de la República al doctor Leonel Fernández. A más calumnia, más peledeísmo.

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