Opinión

No es fácil ser un joven en el mercado laboral de hoy en día. Aunque este ha mostrado una mejoría en los últimos años, las cifras de desempleo juvenil demuestran las grandes dificultades que enfrentan nuestros jóvenes en la búsqueda de un empleo decente que les permita emprender su carrera laboral. A pesar de que los jóvenes representan una sexta parte de la población mundial, constituyen un 37% de los desempleados del mundo.

Un reciente informe de la Organización Internacional del Trabajo plantea “el difícil acceso de los jóvenes al empleo” como una de las causas que impide a “las economías en desarrollo aprovecharse del bono demográfico”.

Las cifras indican que 9 de cada 10 jóvenes participan de la economía informal, ya sea como empleados temporales o en negocios informales, lo que impide que tengan acceso a un salario decente, seguridad social, estabilidad laboral y perspectiva de futuro.

Es preciso abordar el tema desde las políticas públicas, puesto que continúa en aumento el número de jóvenes que presiona al mercado laboral luego de obtener un título secundario o terciario.

Entre 1991 y 2014, la población joven económicamente activa disminuyó en 29.9 millones de personas, debido a que cada día son más los jóvenes que ingresan a la Universidad o a instituciones de estudios técnicos, dado que las estadísticas indican que 3 de cada 4 graduados de la Universidad han obtenido un empleo.

Sin embargo, esto nos lleva a cuestionarnos sobre la configuración del mercado laboral hacia el futuro y la capacidad de que este absorba todos los recursos humanos capacitados que egresan de los centros de estudio, muchos de los cuales están subempleados o tienen un empleo fuera de su área de experiencia.

Las políticas públicas sobre empleo son una gran preocupación a nivel mundial, razón por la cual se ha dedicado un capítulo completo al tema juventud en la Agenda de Objetivos Globales que sancionó la Organización de Naciones Unidas el mes pasado.

El enfoque adoptado por Naciones Unidas plantea un abordaje desde una alianza público-privada, donde el sector privado adopta medidas que permitan promover el empleo joven y el sector público asegure que los jóvenes puedan participar activamente de la sociedad.

El resultado será un aumento en el crecimiento económico, un apoyo al desarrollo sostenible y la promoción de la cohesión social en nuestros países.

Las investigaciones más recientes confirman que propiciar la participación de los jóvenes en el empleo productivo deja grandes beneficios en salud, participación ciudadana, protección al medioambiente y bienestar general de la población. Estudios citados por la OIT concluyen que “mientras más se propicia la participación productiva de los jóvenes se crean mayores oportunidades de desarrollo inclusivo.

La misma OIT recomienda la implementación de estrategias para promover el empleo juvenil, que articulen con las políticas macroeconómicas y las intervenciones productivas del Estado; a la vez que se propicia la adecuación de los conocimientos con las demandas del mercado laboral.

Esto constituye un gran reto para los gobiernos de Latinoamérica, por tener que enfrentar la percepción que tienen los jóvenes de que las condiciones económicas hoy son peores para ellos.

Una encuesta mundial de Gallup plantea que el porcentaje de jóvenes que consideran que las condiciones han empeorado, ha aumentado entre 2007 y 2014, lo que plantea la necesidad de abordar las políticas de juventud y empleo.

Una juventud que participa activamente del mercado laboral, en condiciones que propicien el desarrollo individual y colectivo, aporta a la construcción de economías más fuertes.

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