Opinión

Vivimos tiempos veloces en donde la memoria debe atrapar con mucha habilidad una inmensa cantidad de pensamientos fragmentados y rastrear los orígenes de su contexto para no naufragar en los mares de la perplejidad permanente, una enfermedad que se ha convertido en epidemia y a la que aún no se le conoce una cura efectiva.

La tentación de abandonar las búsquedas de solidez y significación efectiva en las ideas que sobrevuelan nuestra existencia es mucha, porque el esfuerzo para separar el trigo de la paja es enorme. Así de disperso es el ser humano en nuestra era.

La utilidad de la filosofía actual tal y como lo enunciaba Luis Calero, filósofo español, es luchar contra la idiotez, buscando los caminos que evadan las autopistas de la extrema simplificación de los mensajes en los medios, y que si cediéramos a la tentación les llamaríamos “medios de incomunicación”.

La llaneza en las ideas atenta contra la complejidad integral del pensamiento individual y colectivo de los integrantes de la sociedad en la que nos desenvolvemos. No confundir sencillez con simpleza, pues lo sencillo está lleno de complejidades y no del significado trivial que se le asigna en ciertas ocasiones.

Los entrecruzamientos del cine con otras disciplinas lo hacen complejizar sus contenidos, someterse a un autoanálisis y a continuación examinar los significados ajenos para integrarlos armoniosamente a su corpus de pensamiento. Así evita convertirse en un Frankenstein, con parchos mal pegados y denunciando visualmente los elementos superfluos.

Un grupo de imágenes presentadas aleatoriamente y con toda la intencionalidad de provocar una reacción al espectador por parte de los cineastas, no debe extrañar a nadie, pues el artista toma un punto de partida, propone su discurso y a partir de ahí todo cambia. Tenemos entonces tantos discursos como personas en la sala y eso a mi parecer fue lo que le paso a Lev Kulechov y su experimento usando al actor Mosjukin.

Explorar las interioridades humanas es una tarea que se plantean directores que desean cruzar las fronteras de la banalidad y pasearse por los laberintos del ser, por el pozo insondable e íntimo de los sueños, los deseos y las acciones, un cine que han practicado Carl Dreyer o Ingmar Bergman, entre otros.

Como afirma el profesor Julio Cabrera, filósofo argentino, el cine posee un concepto-imagen que guarda diferencias con el mismo concepto-imagen de la literatura. Es la potenciación de esa impresión de realidad que les da ese poder expresivo a las imágenes en movimiento y que amplifica la eficacia emocional del cine.

A través del gesto, de la mirada, este arte puede tratar suplir lo que expresan los monólogos interiores en la literatura, y al que por supuesto es imposible alcanzar en cotas expresivas, contentándose el cineasta con el acercamiento expresivo a la emoción que provocan unas sensaciones, si se quiere más inquietantes que las producidas por las letras.

En la literatura el lector cuenta con el pie de ayuda de una descripción relativamente precisa, de un mapa de lo que siente el personaje. Ambos, lector y escritor, caminan juntos en ese proceso. Pero en el cine, el espectador esta huérfano de ese apoyo ya que cuenta con menos elementos o pistas para meterse en la piel del personaje, aunque no es menor la riqueza expresiva del séptimo arte, pero si más trabajosa.

No estamos llamando a un culto desmedido a las imágenes ni una adoración sumisa al gesto. Los grandes de este arte nos introducen a un bosque poblado de figuras mágicas, de bustos parlantes y enanos desagradables, como lo han hecho Guillermo del Toro en El Laberinto del Fauno o Todd Browning en Freaks.

Pensar el cine es un ejercicio que se completa con la tarea de verlo, de vivirlo, respirarlo y construirlo. Aquellos espectadores que asisten a una sala a gritar en las escenas de acción atracándose de palomitas y después olvidan lo que vieron sin problematizarlo, dejan el proceso incompleto.

Esos duendes llamados directores, oficiantes de imágenes en movimiento que caminan en la cuerda floja entre lo popular y lo culto, el arte o el comercio, tienen una dura tarea para armonizar intereses, las más de las veces contrapuestos, los que hay que negociar como buen diplomático para salir a puerto y no hundirse sin remedio en los pantanos de la falta de compromiso artístico.

¿Y cuál es la complejidad del cine si su caso es muy parecido al de las otras artes? Pues esa, que es un arte colectivo y costoso necesitado del talento de un estratega militar y de la sangre fría de un banquero, todo en uno. La explicación por la que muchos han fracasado no es por carecer de habilidades artísticas, es por no saber conducirse con serenidad y malicia.

Dirigir o producir está más cerca de la profesión de encantador de serpientes de lo que se cree, pues contentar a tanta gente como los inversionistas, los espectadores, los críticos, a los propios artistas o técnicos, no es una faena que se puede cumplir con facilidad o sin derramar una gota de sangre.

Los diferentes niveles de dificultad para realizar filmes en países como los nuestros, que recién inician su andadura, permite a los nuevos cineastas colarse con visiones frescas sobre temas viejos y así ocupar un nicho en el mercado global que les permita sobrevivir y financiar su próxima realización.

La versión de la historia que nos cuenta el hacedor de cine no tiene por qué coincidir con la versión o las versiones oficiales, basta que esté conectada a la vida real y cotidiana. Y lo que nos narra debe entretenernos tanto como aquellos relatos nocturnos de los abuelos a la luz de una lámpara, porque como decía Buñuel: Está prohibido aburrir en el cine.

En estos días triviales, los cinéfilos más inquietos buscan obras no prescindibles que le transformen las usuales imágenes sobre su entorno y otros mundos más lejanos, en ideas explicadas de manera menos alambicada para asimilar una realidad que es cualquier cosa menos simple.

La cultura de los bellos rostros y las violentas explosiones no nos da una idea del laberinto en que vive el ser humano actual. Pequeños filmes como Dólares de Arena, Tú y Yo, o Amín 339, con sus personales formas de narrar, de deconstruir las verdades usuales, son las llamadas a mostrarnos el panorama de lo real y no tan maravilloso del espacio en que vivimos.

Un mundo complejo exigen un arte que haga de la complejidad su modus vivendi expresivo, y esa es la función que convierte al cine y a sus realizadores en el ADN de nuestra época, en el vocero lúcido de una sociedad confusa en búsqueda de una identidad.

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