Opinión

Hace muchísimos años Marx afirmaba que la violencia es la partera de la historia y que toda sociedad vieja lleva en sus entrañas otra nueva. De ser así y de cara a la violencia generalizada de nuestra sociedad, no sabemos si el parto será de una sola criatura o será múltiple, tales son los niveles en que nos encontramos.

Un jefe policial de nuestro país afirmaba de manera tajante que esa violencia era solo una percepción de los medios de comunicación y la influencia de ellos en los ciudadanos, queriendo significar, no la ausencia de hechos violentos, sino su magnificación. La verdad es que sí es real. No si necesariamente es mucha o poca, pero se siente, porque nos ha tocado de cerca más de una vez.

¿Cuál pudiera ser el origen de ese fenómeno? Como todo hecho social su explicación no es simple. Puede ser existencial: La deuda social acumulada, y ciertas circunstancias de nuestras interioridades como humanos que se juntan para formar una tormenta perfecta que nos pongan en el camino de la violencia.

Los atracos, los asesinatos de mujeres, hombres y niños, la conducción temeraria en las calles, el irrespeto a las leyes de tránsito o el ruido que nos impide descansar, todas son formas violentas que expresan un malestar interno del agresor, y por esto, es indispensable no simplificar las causas de estos disturbios de la cotidianidad.

Aquellas personas que creen firmemente en la tesis de que son los tiempos actuales los que han producido estas agresiones a la paz ciudadana, se les puede contestar de la misma forma: Que aquellos polvos trajeran estos lodos y que si estamos como estamos, el fallo viene de tiempo atrás. Existen muchas responsabilidades en quienes nos educaron, pues de algún modo, algunas cosas no les salieron bien.

Lo de culpar a los medios por proyectar imágenes que incitan a cometer hechos penados por la ley es tan viejo como la humanidad misma, explicación facilista de aquellos que no tienen una respuesta de estas actividades violentas que afectan al ciudadano.

El cine es un espejo y no necesariamente el de Andrei Tarkovski, que refleja muy gráficamente esa violencia que nos aflige en lo real y nos divierte cuando se transforma en una obra dramática que observamos en la comodidad de nuestras casas o en las salas de exhibición.

I Saw the Devil (2010), la cinta que dirigió el coreano Kim Jee-Woon sobre un despiadado asesino en serie Kyung-Chul (Choi Min-Sik), y un agente de la seguridad buscando venganza, Soo-Hyun (Lee Byung- Hun), cuya novia fue asesinada brutalmente por el sicópata.

Entre el asesino y su perseguidor se establece un juego del gato y el ratón en donde el agente de seguridad cae en los juegos sangrientos de este monstruoso ser que disfruta torturando lentamente a sus víctimas, cortándolas en pedazos con una precisión digna de un chef, pero en este caso se trata de personas.

Kyung-Chul es un inteligentísimo sicópata caníbal retratado de manera escalofriante y certera por el director Jee- Woon, en este thriller de venganza cuyos exagerados niveles de violencia no son aptos para todos los estómagos, llegando a ser reeditada incluso, para no caer en una categoría restrictiva o inspirar crímenes basados en el filme.

Como suele pasar en ciertas ocasiones en donde los afectados toman la justicia en sus propias manos, Soo-Hyun, quien es a su vez un agente de la ley, emprende un largo camino para vengarse, y como también suele suceder, a veces sus métodos guardan alguna coincidencia con los del asesino.

I Saw the Devil ilustra la frágil frontera que existe entre normalidad y violencia, legalidad o crimen, porque en nombre de la venganza se pueden utilizar los métodos que nos acercan al transgresor, igualando víctima con victimario. Esa conciencia es lo que nos puede salvar de caer en la misma categoría del delincuente.

Joel Schumacher ha creado con Un Día de Furia (Falling Down) 1993, el retrato perfecto del ciudadano arrinconado por las circunstancias, que estalla en furia arremetiendo contra todo y contra todos, pasando de ciudadano modelo a rebelde anti-sistema.

Michael Douglas interpreta a William Foster o “D-Fens”, empleado despedido de una compaña de defensa, divorciado, y que se dirige a visitar a su hija el día de su cumpleaños aunque su ex esposa le ha dicho que no vaya. Él se ve atrapado en un atasco de tráfico y allí, algo que ocurre le pone nervioso, por lo cual se sale del vehículo y sigue a pie.

El periplo de “D-Fens” lo hace enfrentarse a una serie de hechos que en otras circunstancias este ciudadano modelo, trabajador concienzudo y padre ejemplar hubiese tomado con calma, pero ese es su “día de furia” aludiendo al título del filme, y ya sabemos que la ira solo necesita una pequeña chispa para desatarse.

La escena en la tienda de comida rápida es sintomática para darnos un panorama del mal servicio que tienen algunos negocios, mezclados con la falta de calidad de los productos, una situación que padecemos continuamente y que es fuente de no pocos disgustos, pues no solo se atiende mal al cliente, sino que se le vende un producto que no es el que se muestra en la publicidad.

Ese acorralamiento de la sociedad a un individuo puede producir los resultados que vemos en el personaje encarnado por Michael Douglas, alterar su normal comportamiento y transformar a un ciudadano pacifico en una airada y violenta persona con resultados posiblemente catastróficos.

Lo mostrado en estos filmes nos demuestra las variadas causas y motivaciones de estos hechos que solo necesita una pequeña válvula para desatarse y afectar a todo un conglomerado de personas víctimas de la agresión de los excluidos sociales, que buscan compensar sus carencias al precio que sea.

Ni el cine ni los medios audiovisuales en general son instigadores de los hechos delictivos en la importancia que les atribuyen ciertos analistas, basados en unos argumentos con gran ausencia de solidez en los datos, y presupuestos argumentales cuyo rigor es muy cuestionable.

I Saw the Devil y Un Día de Furia (Falling Down), establecen la línea de un cine que muestra y analiza la violencia desde una perspectiva crítica y responsable, que pone el dedo en la herida, dejando ver las motivaciones sociales de la violencia que nos afecta.

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