Hablan los hechos

Las predicciones de la Unión Europea indican que unos tres millones de personas más podrían llegar al viejo continente antes de que termine próximo año, provenientes del África, Siria, Irak y Afganistán.

En el 2014 fueron registradas 216,054 llegadas, mientras que en lo que va de año son más de 744,000 los inmigrantes que lograron llegar a Europa cruzando el mediterráneo en precarias embarcaciones, o sea, tres veces más. Los muertos y desaparecidos en el intento suman 3,440, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Los cálculos de este organismo especializado de la ONU indican que en el período noviembre 2015-febrero 2016 llegarán a Europa solo desde Turquía unos 5 mil refugiados por día.

Mientras, la Comisión Europea estima que la afluencia incontrolada de refugiados probablemente comience a descender después de 2017.

La mayoría de los visitantes no invitados siguen llegando a través de Italia y Grecia. Entre los países más afectados figuran Hungría y Austria, los cuales han sido literalmente desbordados por las nuevas oleadas de africanos y asiáticos que huyen de las guerras, de la opresión política y de la pobreza.

El país europeo con mayor cantidad de extranjeros por habitante es Suecia (14.3%), que perderá cerca del 0,5 % de su PIB a causa de los refugiados, según estimaciones de algunos economistas. El país escandinavo, que durante muchos años se ha destacado por su flexible política migratoria, acaba de tirar la toalla al anunciar formalmente que el gobierno no está en capacidad de garantizar vivienda a los nuevos inmigrantes.

Según los cálculos de los propios suecos, antes de que termine el año llegarán a su territorio unos 190,000 refugiados adicionales, los cuales se encontrarán con la mala noticia, al decir de las autoridades, de que no dispondrán de un techo sobre sus cabezas.

La UE dice que el impacto real en los presupuestos nacionales de la crisis migratoria es difícil de predecir por la falta de datos completos y confiables sobre exactamente quiénes están llegando y si se quedan, pero los países comunitarios más afectados están planteando ya la flexibilización de la meta sobre déficit para aliviar la carga de los refugiados.

Alemania, la economía más grande de Europa, es uno de los destinos preferidos por los que emigran. El gobierno de Ángela Merkel calcula en cerca de un millón la cantidad de inmigrantes que habrán llegado a su territorio a finales del presente año. Según las autoridades de este país, de los que hasta ahora han solicitado asilo político solo la mitad califica para obtenerlo, razón por la cual pueden ser deportados.

El gobierno de Merkel, a pesar del cambio de actitud de los ciudadanos alemanes frente a los extranjeros que llegan en masa al país, y no obstante las amenazas de sus aliados de la Unión Social Cristiana (CSU) y de las presiones de la propia Unión Demócrata Cristiana (CDU), se mantiene firme en su política migratoria.

Ha sido justamente la firme posición de Alemania, que ejerce el liderazgo en el bloque comunitario, lo que ha obligado a sus miembros a asumir, aun a regañadientes, una determinada cuota de sacrificio. Sin embargo, no ha sido posible ponerse de acuerdo sobre una solución conjunta al problema y muchos se resisten a la redistribución de los refugiados en función de cuotas obligatorias. De los 160,000 migrantes que deben ser reubicaos en dos años, solo 120, 000 han sido trasladados a las naciones encargadas de auxiliarlos.

El desorden en la gestión de la crisis ha sido más que evidente. Por ejemplo, mientras Austria se queja de que Eslovenia empuja a los inmigrantes hacia su territorio, lo que la hizo tomar la decisión de levantar una barrera a lo largo de su frontera con este país, Alemania se ha quejado ante Austria por razones similares. Una especie de “voleibol migratorio”.

El bloque comunitario no ha encontrado forma de contener los flujos migratorios. La última fórmula que se concibió para ello fue una propuesta a Turquía para que se quede con los refugiados en su territorio a cambio de una ayuda de mil millones de euros. La UE también planteó conceder otros mil millones de euros a la ONU y otras organizaciones internacionales para que financien los campos de refugiados alrededor de la frontera siria.

Ángela Merkel se ocupó de llevar personalmente la propuesta que permitiría la gestión fuera de Europa del problema de los refugiados al presidente turco Recep Erdogan, quien la rechazó. El mandatario, que acaba de anotarse una resonante victoria electoral, está actualmente abrumado por el problema de los kurdos que habitan en el sureste del país y que desean su independencia. Además, Turquía ya alberga en su territorio a 1,8 millones de refugiados.

Esta crisis está causando serios trastornos en Europa. Pero lo peor es que no se vislumbra en el futuro inmediato un alivio de las causas reales del problema, en primer lugar la guerra en Siria, la expansión del Estado Islámico y la situación caótica de algunos países africanos, sobre todo de Libia.

El manejo de este problema por parte de Europa sentará precedentes que habrán de gravitar en un mundo afectado significativamente por los flujos migratorios. Las agrias discusiones han puesto al desnudo a una Europa que presumía de sus capacidades para garantizar el derecho al libre tránsito.

La mayoría de los que llegan al viejo continente son personas que temen por sus vidas y que conforme a las leyes internacionales deben recibir protección y un trato digno. Pero el compromiso de Europa con los refugiados no es solo legal, sino también moral. La UE es corresponsable de las políticas que han llevado el caos a buena parte de los países expulsores de migrantes.

Debido a estos factores, los buques de guerra europeos han tenido que ser usados ahora para escoltar hacia puertos seguros a grupos de inmigrantes que en otras circunstancias hubieran sido perseguidos por los organismos de seguridad fronteriza. Y en vez de ir a prisión son provistos de alojamiento, ropa, dinero, traductores y asesoría legal.

En los países desde donde zarpan los refugiados las ofertas para viajar a Europa se hacen hasta vía internet. Y la UE parece que desistió de demandar responsabilidades por la organización de unos viajes ilegales que nadie fuera de las fronteras comunitarias intenta evitar.

Lo que estamos presenciando es una corriente humana que fluye hacia el continente europeo en condiciones excepcionales. Al tratarse de un fenómeno tan abrupto y de gente con gran apego a sus raíces milenarias, no es difícil prever cambios significativos con el paso del tiempo en el estilo de vida y la cultura del viejo continente. Cambios importantes habrán de producirse, inevitablemente, en el orden social.

Pero Europa es un continente en declive demográfico, por lo que jamás podría resistirse a los flujos migratorios, independientemente del impacto que ello pudiera tener en su identidad cultural. De hecho fue la Gran Depresión lo que interrumpió el ingreso regulado de inmigrantes. Estos flujos, cuando se producen conforme lo va demandando la marcha de la economía, suelen tener repercusiones graduales, poco perceptibles para las generaciones del presente y con choques culturales relativamente leves, dada la capacidad del medio social de imponer sus valores cuando se trata cantidades relativamente pequeñas de nuevos integrantes.

España fue un país de emigrantes hasta prácticamente los años 80, cuando se produjo un descenso espectacular en la tasa de natalidad, que se ubicó por debajo de la tasa de sustitución. El despegue económico que concomitantemente se produjo desde entonces en el país ibérico ayudó a convertirlo en un país de inmigrantes, produciéndose un crecimiento inusitado su población, que pasó de 25 a 38 millones de habitantes en menos de tres décadas, fundamentalmente a expensas de la inmigración. Y esto sin que se produjeran mayores traumas culturales.

Desde luego, todo esto tiene un límite, sobrepasado el cual se corren grandes riesgos, pudiendo verse comprometida, incluso, la propia unidad nacional. Los movimientos separatista que existen en diversas partes del mundo así lo demuestran.

Lo que actualmente vive Europa con la llegada masiva de extranjeros pudiera calificarse como lo que algunos denominan shock demográfico y cultural. Que por ser tan abrupta y producirse en un contexto de altas tasas de desempleo y restricciones de todo tipo, provocan fundados temores en la población local, dificultándose el proceso de integración con grandes riesgos de conflictos sociales.

Occidente se enfrascó en un proceso de reorganización geopolítica del mundo que quiso justificar presentándolo como el producto de un “choque de civilizaciones”, visión que tomó cuerpo luego de los atentados del 11 de septiembre y la ofensiva lanzada por Estados Unidos y sus aliados contra los denominados países del “eje del mal” (adviértase que semejante expresión le dio a esa operación un sutil carácter de guerra religiosa).

Pero cuando Samuel Huntington expuso a principios de los años 90 la teoría de la guerra de las civilizaciones tal y como la conocemos hoy, nadie imaginaba que menos de 30 años después la humanidad estaría a punto de ver otra especie de Guerra Santa en el siglo XXI.

En el marco de la primavera árabe Occidente y sus aliados se sirvieron del terrorismo para alcanzar objetivos estratégicos en países como Siria, Libia y Yemen, en el marco de la denominada primavera árabe. Una consecuencia de esa alocada política es el Estado Islámico (EI) y el caos que se vive en estas naciones y Egipto.

Según la inteligencia rusa, el EI tiene miles de hombres fuertemente armados en Afganistán y es alto el riesgo de que estos grupos, a los que se siguen sumando bandas criminales, invadan el Asia central.

Que en este contexto se esté produciendo hoy la llegada masiva de refugiados a Europa provenientes de países pertenecientes a lo que en su momento se bautizó como “eje del mal” y a consecuencia del denominado “choque de civilizaciones”, con el consecuente peligro para la seguridad e identidad cultural en el Viejo Continente, no deja de ser una ironía. Es como si dijéramos que el enemigo está llegando a casa. Que los bárbaros invaden Europa.

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