Opinión

Hoy varios días después de su muerte no me repongo del dolor devastador de su partida.

Sabía que por sus precarias condiciones de salud, un día amaneceríamos con la desagradable noticia de su muerte, paro aún así, el dolor no ha sido menor.

A don Radhamès Gómez Pepín, fallecido un día de octubre cuya fecha no quiero recordar, le conocí una tarde plomiza de abril cuando mis ojos por primera vez hicieron contacto con una sala de redacción de un periódico. Transcurría el año 1995.

Era apenas un estudiante de periodismo y la vocación por el oficio me hizo llegar a las instalaciones del periódico el Nacional del cual era director ese ilustre periodista santiaguero de mil batallas.

Me apasionaba ver con la rapidez que don Radhamès miraba todas notas que escribían los periodistas y su agilidad y dedicación para elaborar los títulos de la portada del periódico que saldría ese día. Era algo indescriptible.

Pero también me impresionaba su increíble desprecio a los formalismos y privilegios que le eran inherentes a su condición de director de unos de los periódicos impresos más emblemáticos y competitivos de la República Dominicana.

No paraba mucho en su oficina, siempre bolígrafo en mano para hacer las correcciones de lugar a las link noticiosos que le presentaban el sub director o cualquier periodista de la redacción , conversaba con deleite, pero con claro acento cibaeño, con los reporteros y visitantes luego de terminada la tirada del periódico.

Recuerdo sus chistes en plena faena cargados de picardía, como una manera de desestrezar el momento, pero también debo decir que don Radhamès era ¨malapalabroso y berrín chero¨ cuando el momento lo ameritaba.

Lo recordaré siempre, don Radhamès, como usted dijo una vez en una entrevista que se le hiciera en un encuentro en la ´´Esquina Joven´´, del periódico Hoy, ¨ Quiero que me recuerden como un gran contador de chiste… así será. Hasta siempre, maestro.

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