Opinión

Se ha escrito bastante filosofía sobre el ejercicio del poder y el arte de Gobernar. Es interesante el análisis de la noción de gobierno desde la antigüedad clásica, helenística y romana; hasta el advenimiento del cristianismo, durante el marxismo y en su configuración moderna, puesto que en cada uno encontramos un conjunto de valores y antivalores que nos ayudan a configurar una conciencia del buen gobierno.

Monseñor de la Rosa y Carpio, en el marco del Primer Congreso “Laicas y Laicos Católicos en la Vida Pública”, ha expuesto sobre los “Principios del Buen Gobernar”, descritos en una obra del mismo nombre que reúne un gran número de mensajes y reflexiones de la Conferencia del Episcopado Dominicano, los cuales nos aportan una noción interesante del buen gobierno.

Reflexiones como esta resultan de gran valía en momentos en que se cuestiona, a nivel mundial, el desempeño ético de muchos gobiernos y de organismos internacionales.

En su conferencia, Monseñor de la Rosa y Carpio esbozó un conjunto de principios, guías y condiciones que deben tener quienes dirigen y quienes aspiran a dirigir los destinos de la Nación, puntualizando que el objetivo último del ejercicio de gobierno es lograr el Bien Común con eficiencia y honestidad.

No se puede desarrollar una administración justa, honesta y eficiente, sin guiarnos por “el deber y objetivo” que tiene cada servidor o funcionario público, que es el de “lograr eficazmente el Bien Común conciliando la libertad, la justicia y la igualdad en una genuina sociedad participada (sic)”.

Asimismo, no se puede analizar el Buen Gobierno desde la dimensión de quienes ejercen el poder, únicamente. Se requiere, por igual, desarrollar “la subjetividad” de autogobernarse y el ejercicio del poder descentralizado, como lo plantea el maestro Michel Foucault en sus teorías de la “gubernamentalidad”.

Gobernar abarca un conjunto de dimensiones de la condición de un ser humano en sociedad, que condicionan el desempeño mismo del poder. El cuestionamiento a la legitimidad de las acciones emprendidas desde el Gobierno, las razones mismas de tal o cual decisión y la función social de las políticas públicas, demandan del liderazgo político y de los ciudadanos, un desempeño ético y apegado a principios.

Como bien expone Monseñor de la Rosa y Carpio y lo contempla la obra, gobernar es servir honesta y eficazmente; exigir, promover y defender el bien común; preocuparse especialmente de los más débiles y necesitados; proteger los recursos naturales; respetar la legítima libertad y castigar el libertinaje.

El Episcopado ha planteado que “la prudencia, entre otras, es la virtud fundamental del Gobernante”. El aragonés Gracián, jesuita y filósofo, decía, y suscribimos, que se requiere “un gobierno acertado de las acciones humanas” para enfrentarse con éxito a un mundo competitivo y hostil.

El conjunto estructurado de valores y comportamientos apegados a la moral y a la ética, inspirados por las convicciones culturales y religiosas, por las buenas conductas sociales y las convenciones escritas y no escritas, constituyen, en resumen, los Principios del Buen Gobernar, que debemos promover, interiorizar y ejercer responsablemente, cada día, desde cada función que nos toque desempeñar.

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