Editorial

El embajador de los Estados Unidos en el país anda muy a prisa con su agenda. Tanto, que en ocasiones luce agitado y atropellante.

Sobre todo lo dicho por el señor James W. Brewster durante el tradicional almuerzo de la Cámara de Comercio, se han destacado sus consideraciones sobre el preocupante problema de la corrupción, un grave fenómeno que afecta a muchos países en el mundo, incluyendo a esa gran nación, Estados Unidos de América, que representa en República Dominicana.

En nuestro país nadie osaría negar la existencia de ese mal. Pero de la misma manera seria igualmente osado no reconocer los esfuerzos y medidas puntuales tomadas durante los últimos años por las administraciones del PLD a favor de la transparencia en el Estado.

Los ejemplos en ese sentido se hacen presentes en casos como el de la Ley de Compra y Contrataciones, creación de la Comisión de Ética, incorporación de la figura de los veedores, integrados en su mayoría por reconocidas personalidades de la sociedad civil, ampliación de los concursos y la puesta en vigencia de la Bolsa Agroempresarial, entre otras.

Al parecer, en su prisa por destacar su plausible cuestionamiento al fenómeno de la corrupción, el diplomático no solo pasó por alto esos esfuerzos o detalles tan relevantes, sino que prácticamente pasó su rolo moral sobre todo el estamento político y burocrático estatal de la nación. Un exceso de esos en el que jamás debe incurrir la diplomacia frente a ninguna nación, incluyendo, por supuesto, a los Estados Unidos.

Quizás por esa actitud inconsecuente o más bien injusta de «meter a todo el mundo en el mismo saco», como afirmara el secretario general del PLD, senador Reinaldo Pared Pérez, las réplicas y el rechazo no se han hecho esperar.

Y probablemente por esa misma razón, la mayoría de la población y connotados líderes de opinión hayan calificado este nuevo incidente del hiperactivo embajador estadounidense como una actitud injerencista, impropia por demás e inaceptable.

últimas Noticias
Noticias Relacionadas